Rebeca Argudo-ABC

  • Empieza a parecer el Antonio Resines de la política. Tanto amor, tanta paz, tantas cosas chulísimas
Según la RAE, odio es antipatía y aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea. ‘Hodio’, con h, otra cosa: la versión posmoderna (y sin guillotina) del jacobino Comité de Salvación Pública que se sacó de la manga, en la Francia del Terror, la Convención Nacional, pero con un chin de aspiración censora vestida de buenas intenciones. El observatorio (otro más, sí) se presentó, tratando de evitar la palabra ‘observatorio’, en una cumbre contra el odio. No me gustaría parecer crítica en exceso, pero considero que Sánchez se está encasillando. Empieza a parecer el Antonio Resines de la política. Tanto amor, tanta paz, tantas cosas chulísimas, coqueteando peligrosamente con el perroflautismo pacifista acumbayá, a dos consignas de recuperar la camiseta serigrafiada con un «¿y si hubiera una guerra y no fuese nadie?» Puedo imaginarle perfectamente subiendo a TikTok un vídeo en la cama con Begoña, mientras la sirvienta de Moncloa les ahueca las almohadas, posando por la paz y en protesta por la guerra en Irán. Mientras suena ‘Imagine’, por supuesto. A su lado, Gandhi parece hoy un camorrista pendenciero. Y tan por la paz y el amor está, tan con el índice y el corazón en uve apuntando al cielo, que nos va a vigilar para asegurarse de que militamos en la cofradía del «haz el amor y no la guerra». Y no solo eso: va a haber un ‘ranking’ «público y transparente» en el que se comparará el nivel de odio de las redes sociales. Desconozco si hay premio para el ganador, que sería el que más odio generase, o para el perdedor, que sería el más cordial de entre los participantes. A mí lo que me gustaría es que pudiésemos votar desde casa, como en Eurovisión cuando España participaba en Eurovisión y se retransmitía Eurovisión. Habría, déjenme que imagine, una selección de los peores mensajes de odio y entonces nosotros, el público, podríamos puntuarlos, de cero a diez. Cero el menos ofensivo, casi rozando lo cariñoso. Diez lo más deleznable. Deberíamos tener en cuenta, para ser justos y ecuánimes, tanto el contexto (si media confianza y chanza o virulento enfrentamiento) como, por supuesto, la pertenencia del receptor y el emisor a determinados colectivos. Si la víctima del odio es mujer de izquierdas y analista política, o eurodiputada, es más grave que si, pese a ser mujer, es conservadora. En la escala de puntuación del ‘ranking’ del odio, calificaría el máximo agraviar a una persona transexual lesbiana racializada de extrema izquierda, con capacidades especiales y diversidad funcional física. Cero a un varón blanco cisgénero y heterosexual de mediana edad, con estudios superiores, trabajador por cuenta propia (o rentista), apellidos compuestos y votante de derechas. Yo daría mi voto a Óscar Puente o Pedro Vallín, pero seguro que están fuera de concurso por profesionales.