Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Con este gobierno la destrucción de España escribe capítulo tras capítulo dentro y fuera de la Península

Mientras Pedro Sánchez denunciaba una «violación de la integridad territorial de España» y agradecía a la vez la colaboración del violador, que es Marruecos, ninguna autoridad marroquí ha invertido ni un segundo en negar el objetivo final del asalto, que es quedarse con Ceuta y con Melilla.

Hubiera sido bien sencillo: bastaba con negar tales intenciones, ubicar el gravísimo episodio en el ámbito legal y humanitario oportuno y reconocer la condición española de las ciudades limítrofes con sus fronteras. Y eso no ocurrió y nadie en el gobierno se lo pidió.

Tampoco lo hizo en 2021, en otro asalto masivo saldado igualmente con decenas de muertes olvidadas por quienes luego dan lecciones de humanidad cada cinco minutos. Y desde luego no se produjo esa declaración de Rabat ni siquiera cuando Pedro Sánchez «escribió» una carta a Mohamed VI difundida antes en Marruecos que en España para entregarle el Sáhara.

Que el Rey marroquí se haya negado a respetar a Ceuta y Melilla y que ninguna de las crisis o concesiones sanchistas haya tenido por contrapartida un gesto diplomático en ese sentido es la mejor prueba de que impulsa, tolera o explota episodios tan dantescos como la invasión ceutí, negada cobardemente por quienes siempre piensan más en Sánchez que en España.

Hasta el punto de tolerar que, para escapar de su negligente incompetencia, el presidente socialista se haya tirado casi toda la crisis en una tumbona en La Mareta y el ministro de Interior haya atacado vergonzosamente a la Inteligencia española, la mejor del mundo en materia magrebí, insistiendo en la mentira de que no le había advertido nada al Gobierno.

El subtexto de todo está en que para la confusa y frívola izquierda española, que se ha tragado el regalo saharaui a un dictador perpetrado por un miembro del mismo partido que en tiempos llamaba hermano al Frente Polisario, Ceuta y Melilla no son importantes: están lejos, son un vestigio folclórico de una historia «colonialista» y, en el fondo, tiene todo el sentido que acaben integrándose en Marruecos.

Y si a eso se le añade que para defenderlas sería necesario desplegar al Ejército, llevar allí al Rey, mimar a ambas ciudades con inversiones que nunca llegan y reforzar su españolidad con símbolos e instituciones que refuercen su identidad y demuestren la innegociable vocación del resto de España de ampararlas; queda clara de antemano la renuncia a pelear por ellas.

Especialmente cuando, a todos los razonamientos que perpetran para avalar la rendición, se le suma uno muy particular del presidente: su incapacidad manifiesta, por razones desconocidas pero con seguridad inconfesables, para desairar a Mohamed VI, con quien pasó de ofenderle acogiendo en España al líder del Frente Polisario a honrarle con la cesión del Sáhara, con el espionaje de su teléfono mediante y la sensación de que, desde entonces, puede ser extorsionado que él tragará con tal de mantener a resguardo sus secretos, en manos ajenas.

Si además España no se moviliza, Europa no se moja, se maniata al Rey Felipe VI y nadie se atreve del todo a desairar al caudillo de Rabat, el futuro parece escrito y solo es cuestión de tiempo conocerlo: Ceuta y Melilla dejarán de ser españolas, Canarias no lo tiene claro y la senda destructiva de España, visible desde Gibraltar hasta el País Vasco o Cataluña, avanzará como nunca si Pedro Sánchez, el buzo de La Mareta, sigue teniendo la posibilidad de pagar sus deudas con cheques al portador costeados, obvio, por los españoles.