Jon Juaristi-ABC

  • Si estamos en racha, ¿a qué viene tanta impaciencia?

El ínclito Sánchez se desplazó el pasado miércoles a Roma para ver al Papa y recibir su bendición (no vaya a ser que asuntos imprevistos le reclamen la próxima semana en Siracusa o Vitigudino y no pueda acompañar a León XIV en momento alguno de la visita pontificia a España). Con este motivo, se ha recordado su doble e inmutable declaración de principios: una, que no convocaría elecciones hasta 2027, para velar así hasta el final por el bienestar de los españoles, y dos, que decidió no convocar elecciones hasta acabar la legislatura porque, después de haber consultado con personas que saben mucho más derecho que él, llegó a la conclusión de que no existían motivos para celebrar los comicios antes de lo previsto.

Aclaro que ambas razones me parecen perfectamente razonables. Por una parte, todos somos perfectamente conscientes, o deberíamos serlo, del interés que Sánchez tiene en que lo pasemos pipa bajo su paternal amor. Por otra, a nadie le cabe duda, o no debería caberle, de que hay un número infinito de personas que saben más derecho que Sánchez. Hay un precedente que refuerza este segundo argumento. Recordarán ustedes que, a comienzos de la pandemia, y después de que las feministas del PSOE hubieran contagiado el covid a media España en las macromanifestaciones del 8 de marzo de 2020 con la benévola anuencia de Fernando Simón, epidemiólogo de cabecera de Moncloa, el susodicho Sánchez consultó con este y con otras personas que sabían mucho más de Ciencias de la Salud y de la Enfermedad que él mismo, antes de concluir que debía declarar –y declaró– el estado de Emergencia Nacional y que debía imponer –e impuso– el confinamiento total a toda la población, con excepción de su ministro de Transporte y de un número aún por conocer, pero elevado en cualquier caso, de ‘escorts’ adjuntas al equipo habitual de trabajo de dicha cartera.

Lo que me desazona es no saber qué pesa antes en el ánimo del soplavidrios: si el desvío que le consume por la felicidad del pueblo o el dictamen de los Doctores de la Ley. Con uno de estos dos ‘macguffins’ va más que sobrado. En cualquier caso, hago votos para que se cumpla su voluntad y no la de Anasagasti ni la de Feijóo, y que la legislatura se alargue un año más, a ver si para el invierno de 2028 no queda ni el recuerdo del PSOE, y que de cualquier municipio de España haya desaparecido el último concejal de dicho partido, por llamarlo de alguna forma. No tengo objeciones a que quede uno por plaza de Sumar. Siempre hará falta alguien que se ocupe de recoger la basura. Mientras tanto, nos divertiremos esperando cada día una revelación como aquella que imaginó Borges pensando en su futuro exégeta Zapatitos: «Sepa usted, amigo, que su señora, con el pretexto de trabajar en una sauna con final feliz (en 2027), hace tráfico de influencias».