artes, 3 de noviembre de 2026, 17:57
Está muy extendida la afición a no atender a quien te habla, a no escucharlo (a veces, aún sin estar en desacuerdo con lo que se oye), a entender lo que se quiere oír y no se dice. Este hábito de indiferencia, menosprecio y manipulación es pésimo: es la falta de respeto que niega la convivencia. No sólo imposibilita la acogida y comprensión de la realidad humana, azuza los conflictos que pueda haber hasta estimular unas reacciones desmesuradas.
La escritora neoyorquina Sarah Schulman publicó hace diez años el libro El conflicto no es abuso (editado ahora por Capitán Swing). El título es elocuente, señala la confusión entre conflicto y abuso y reclama el reconocimiento de las injusticias concretas que se cometen y la consiguiente exigencia de hacerse cargo de ellas, con sentido de responsabilidad para corregirlas. Parte Schulman de que la perfección es inalcanzable, pero que siempre es posible lograr cambios positivos. Reformismo frente a revolución. Para ella, la verdadera pregunta es por qué alguien prefiere señalar enemigos antes que asumir su propia responsabilidad. Un párrafo que vincula la falta de autocrítica con el afán de dominar y excluir:
«La obstinación por estar en lo cierto y la negativa a ser autocrítico se expresan como una forma de dominio que depende de la capacidad para evitar o excluir a la otra parte».
Todo esto es aplicable a nuestra realidad política de hoy, pero no sólo a ella: hay vida más allá de la política, hay vida cotidiana en cualquier nivel. Sarah Schulman es una activa militante de la causa LGTBIQ+ (alambicado acrónimo de lesbiana, gay, trans, bisexual, intersexual, queer y más). En este ensayo, afirma haber aplicado una perspectiva en lo queer, esto es, una mirada que no se atiene a las normas tradicionales de la sexualidad e identidad de género. Aquí quiero destacar, sin embargo, que su perspectiva alcanza más allá de estas cuestiones concretas y no se reduce a repetir letanías de palabras talismán. Expresa una obligación de ecuanimidad:
Si «no estamos dispuestos a cambiar nuestras narrativas para integrar las razones conocidas de otras personas e iluminar las desconocidas, no podemos resolver los conflictos de una manera productiva, equitativa y justa».
El asunto es querer resolver de verdad los conflictos con sentido de justicia. Conflicto no es sinónimo de opresión. No se pueden confundir estos conceptos, es un error. Si éste se extiende socialmente, acaban por aceptarse como naturales reacciones desproporcionadas y brutales, en las calles o fuera de ellas. Y se hace imposible mantener diferencias de posición o actitud sin ir a la ‘guerra’. Dominados por un grave enojo, se exageran los daños, se desestima examinar los detalles y la importancia de entender el orden de los acontecimientos. La vida social queda así condenada al regreso a tiempos tenebrosos.
En algunas páginas de El conflicto no es abuso, Sarah Schulman aborda el antiguo conflicto de Gaza, pero planteando, de forma genérica, el desplazamiento ocasional de oprimidos a opresores: una venganza que puede llegar a alcanzar una crueldad fuera de todo límite. El afán compulsivo por castigar tras recibir un ataque armado o un disgusto o castigo colectivo, del orden que sea, lleva a perseguir chivos expiatorios de quienes no se sabe con certeza qué han hecho realmente. De ahí provienen los linchamientos y la tragedia destructiva de un acoso generalizado.
En busca de la debida reparación de las ofensas recibidas, se postula que hay que castigar sin miramientos. «Nos han hecho daño y sentir miedo, ahora les toca a ellos sufrir y estar despavoridos», es la vieja ley que muchos quieren renovar. Así se perpetúan las cadenas de represalias y de un rencor nunca satisfecho. Interminables víctimas.
No hay consuelo para las personas traumatizadas y heridas por la crueldad de quienes tienen, o tuvieron, reacciones brutales o nunca aceptan tener alguna obligación o responsabilidad. Cada cual debería tomar cartas en el asunto, en lo que le atañe a él y a su entorno próximo.
Siempre son demasiados los prejuicios automáticos y heredados que se tienen contra distintos grupos humanos, de la índole que sea. Pueden ser muy nocivos. Para reducirlos drásticamente, es provechoso tener con ‘los otros’, ‘los malos’, algún tipo de contacto impregnado de respeto a partir de su condición de personas. Lo que late en el fondo de esta propuesta es reconocer la absoluta necesidad y exigencia de vivir en paz y no en guerra, con verdad y con sentido de la justicia. Es inexcusable.