Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Como Francia, también España vive por encima de sus posibilidades desde hace tiempo

“Tras vivir diez años en Alemania para huir del socialismo y de François HollandeAlexandre regresó a Francia en 2022. ‘Para ser sincero, estoy pensando en irme otra vez. Tengo la impresión de que aquí no hay piloto en el puente de mando. Los líderes no saben qué hacer aparte de subir impuestos o acumular leyes. O saben cuál es la solución, pero no se atreven a implementarla por miedo a ofender, o incluso a perder, a su electorado’, lamenta este consultor informático de 48 años. Este hombre soltero, ‘de derechas en lo económico, pero de izquierdas en lo social’, ya no cree ‘en la política en absoluto’ y no ha votado desde que en 2012 optó por la papeleta Sarkozy. ‘Estoy totalmente desilusionado. Peor aún, estoy democráticamente cansado, saturado por un torrente de información que no conduce a ningún cambio político a la altura de los desafíos. A esto se suma una sensación de estancamiento estructural. Tengo la impresión de que, hagamos lo que hagamos, votemos lo que votemos, nadie escucha. Ninguna herramienta democrática parece funcionar ya'». Es el arranque de un artículo aparecido ayer sábado en Le Figaro. En el mismo número, un editorial firmado por Yves Thréard aludía a «la exasperación que aumenta a medida que los primeros ministros se suceden y el país se hunde cada vez más en lo desconocido. La crisis es profunda, general, política, económica y social. (…) Asistimos a un largo declive que los franceses encuentran cada vez más difícil de soportar. El malestar no hace más que crecer. Una fatiga democrática se ha apoderado del país».

«Hagamos lo que hagamos, votemos lo que votemos, nadie escucha»

Fue François Bayrou quien, el 10 de agosto, con los franceses en plenas vacaciones, dio la voz de alarma: “Francia ha llegado al abismo”. Este mes de septiembre, la Asamblea Nacional tendrá que votar el destino del proyecto de Presupuestos para 2026 presentado en julio que prevé un ajuste de 44.000 millones y la supresión de dos días feriados, amén de otras medidas de ahorro fiscal. «Si Francia rechaza este sacrificio, las agencias de calificación serán implacables y los prestamistas nos tendrán a su merced», advirtió el primer ministro. «Nuestro país nunca ha estado ante un desafío de tal magnitud desde 1962». Bayrou tiene razón cuando habla de la urgente necesidad de equilibrar las cuentas públicas para escapar de la «trampa mortal» de una deuda que a finales de marzo alcanzó los 3.345.400 millones de euros (113% del PIB), con aumento de 184.600 en solo un año, lo que supone que cada segundo que pasa Francia se endeuda en casi 6.000 euros (exactamente 5.838). El último superávit presupuestario galo data de 1974, bajo la presidencia de Giscard d’Estaing, lo que quiere decir que Francia lleva 50 años viviendo de prestado y por encima de sus posibilidades, con un gasto público que ha pasado del 40% del PIB en los setenta al 57,1% en la actualidad, guarismo muy superior al de España (45,4%), pero también a la media de la eurozona (49,4%) y no digamos ya de la propia OCDE (42,6%). Las prestaciones sociales galas (pensiones, salud, desempleo) por sí solas representan casi un tercio del PIB, muy lejos de la media europea (19,3%). Es parte de la llamada “paradoja francesa”, la de un país con un gasto social récord y una insatisfacción igualmente récord. Un país cabreado, dispuesto a echarle la culpa de todo a los políticos, pero que reniega del trabajo, una especie de maldición, que abomina de los sacrificios (la idea de Bayrou de considerar laborables el 8 de mayo y el Lunes de Pascua ha sublevado al francés común), que consume el doble de antibióticos que Alemania sin que pueda decir que su salud es mejor que la del alemán medio, y que siempre se muestra dado a la protesta, presto a quemar la calle. Al final de la era Pompidou, Francia y Suiza tenían el mismo PIB per cápita. Hoy, el suizo es de 92.000 euros, mientras que el de Francia se ha quedado en 42.000 (32.590 el español). Una Francia sin futuro.

Consciente de que su proyecto de PGE para 2026 no superaría la división partidaria de la Asamblea Nacional, el propio Bayrou sorprendió al país al anunciar el 25 de agosto que presentaría una moción de confianza en la Asamblea el próximo 8 de septiembre, tras la declaración de política general. Una decisión más que arriesgada casi suicida, ¿pecado de soberbia?; un golpe de mano destinado a poner a los partidos ante el espejo de sus responsabilidades, pero en todo caso un envite fallido porque faltó tiempo para que la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon (La Francia Insumisa), verdadero especialista en la organización del caos, anunciara su disposición a tumbar la moción, y que la derechista Le Pen (Reagrupamiento Nacional) hiciera otro tanto (Marine se ha disculpado argumentando que la carta que dirigió en julio a Matignon tras la presentación del proyecto de PGE, en la que enumeraba las prioridades de RN, en particular el coste de la inmigración y la ayuda médica estatal (AME), ha permanecido sin respuesta), por no hablar del PS y de los Ecologistas. Con casi total seguridad Bayrou no logrará el lunes 8 la confianza de los diputados, lo que obligará a Emmanuel Macron a nombrar un nuevo primer ministro (otro más de los fusibles de quita y pon que viene usando a conveniencia) o a disolver la propia Asamblea y convocar nuevas legislativas, con el propio Macron, en primera línea de fuego y ya sin parapeto alguno, convertido en el objetivo a batir por unos y otros. Francia parece de verdad asomada al abismo. En redes sociales ha nacido un tal «Movimiento 10 de septiembre», tras el que se adivina la mano de LFI, cuya consigna es «bloquearlo todo» y los ferrocarriles (SNCF), las farmacias, los controladores aéreos, los hospitales, los taxistas, el comercio minorista, el sector energético, los funcionarios de Hacienda… anuncian huelgas para un otoño más que caliente, con la intersindical llamando a una movilización general el 18 de septiembre. ¿Queda algo por bloquear en Francia?

En la realidad paralela española reina el silencio

El país vecino sigue sumido en un debate social y en un panorama sindical anclado en la gloriosa leyenda de las prestaciones sociales pagadas a crédito. Adormilado por el dulce vaivén del Estado Beneficencia («una forma de socialismo encubierto más que un modelo de capitalismo civilizado», Mathieu Bock-Côté) desde que Mitterrand rebajara en 1981 la edad de jubilación de los 65 a los 60 años, la quinta semana de vacaciones pagadas, la semana laboral de 39 horas, etc., la Francia que gasta demasiado y mal, que traspasa a sus hijos la carga de la deuda, que ni trabaja ni produce lo suficiente, que es víctima de un crecimiento raquítico (0,3% en el segundo trimestre), se enfrenta al veredicto inapelable de las agencias de rating (Fitch el 12 de septiembre, Moody’s a finales de octubre, Standard & Poor’s en noviembre). El muro de la realidad se acerca. El bono francés a 30 años está en su nivel más alto (4,38%), y la diferencia entre el coste del préstamo galo a 10 años y el de Italia se ha reducido a 8 puntos básicos, en comparación con los más de 100 puntos de hace dos años. Mientras, la tasa de ahorro alcanza máximos históricos, muestra de la preocupación por el futuro que embarga a las familias francesas. Mes tras mes, el clima empresarial se deteriora. La economía se congela. El espectro de una crisis al estilo griego (recorte de las pensiones del 30% y del salario de los funcionarios del 15%) está más cerca que nunca. El propio ministro de Finanzas, Eric Lombard, se ha encargado de advertirlo: «pedir la intervención del FMI es un riesgo que tenemos delante». Con un déficit público que este año alcanzará el 5,4% del PIB y un servicio de la deuda que en 2026 absorberá la friolera de 75.000 millones (100.000 en 2027), no hay vuelta atrás. Y los políticos, ¿qué dicen? La clase política francesa está pensando ya en las presidenciales de 2027, otra oportunidad para un nuevo reparto de la tarta del dinero público. Se explica así ese «cansancio democrático» que embarga a los Alexandre galos ante la deriva de un país aparentemente decidido a suicidarse a cámara lenta. ¿Asistimos al final de la V República?

Como Francia, también España vive por encima de sus posibilidades desde hace tiempo, esclava de un Estado del Bienestar imposible de financiar sin el recurso a la deuda. El canciller alemán Merz ha tenido el valor de decir en voz alta lo que todo el mundo sabe pero nadie se atreve a mencionar: Alemania no tiene la capacidad económica para sostener su modelo de bienestar universal. «Ya no podemos garantizar la sostenibilidad financiera de este sistema», uno de los más completos de Europa, ahora cuestionado por la presión demográfica —envejecimiento de la población—, la alta inmigración (tampoco parece que los inmigrantes turcos vayan a pagar las pensiones de los jubilados alemanes) y el tamaño de una deuda que está obligando a reformar/reducir derechos y prestaciones. Con un endeudamiento que va camino de los 1,7 billones (1.690.000 millones a finales de marzo), equivalente al 103,4% del PIB, el pago de intereses de la deuda española se comerá este año la cifra récord de casi 42.000 millones (41.726 exactamente), según previsiones de la AIReF. El problema de nuestra deuda (la mitad que la del vecino país, para un PIB igualmente la mitad que el galo) tiene la misma descomunal dimensión que la francesa, pero mientras en París y Berlín la adopción de medidas drásticas ocupa el primer plano del debate público, en España está incluso mal visto hablar de ello. En la realidad paralela española reina el silencio. Con una economía sostenida mayoritariamente por el consumo público y los fondos europeos, Sánchez no solo ha despilfarrado el mayor estímulo fiscal y monetario de la historia española reciente sino que insiste en ahondar la gravedad del problema aumentando el tamaño de nuestro Estado del Bienestar en lugar de recortarlo o reconducirlo. Justo lo contrario que Francia o Alemania. Todo se reduce a un juego de trileros o un ejercicio de prestidigitación, como el que la ministra Marisú Montero nos anunció el viernes: la condonación parcial de la deuda de las CC. AA. por un importe de 85.000 millones, medida destinada a enmascarar el cupo catalán y a dar cierto aire a la candidata Montero en las autonómicas andaluzas de 2026. ¿Desaparece esa deuda? No, se traslada de las Comunidades al Estado, se carga al bolsillo de los taxpayers hispanos.

Curioso: nadie habla de dictadura; nadie se atreve

En realidad la gravedad de la crisis española es superior a la francesa porque, por encima de su dimensión política y económica, incluso social, es fundamentalmente una profunda crisis institucional, es descarnada crisis de régimen, crisis de vaciamiento constitucional en la que la Ley ha dejado de regir en toda su dimensión. Es un final de era y el principio de un régimen de partido único, el Gobierno de una extrema izquierda en minoría, esta vez sin necesidad de Revolución de Asturias, sostenido por el nacionalismo de derechas catalán y vasco. Curioso: nadie habla de dictadura; nadie se atreve a calificar el actual experimento español de lo que en realidad se ha convertido. Bayrou se irá el lunes 8 a su casa si pierde la moción de confianza y ve derrotado su proyecto de Presupuestos para 2026. El Gobierno socialcomunista español va camino de su tercer año sin PGE y aquí no pasa nada. Sánchez se cisca en el mandato constitucional, en los checks & balances y en los usos y costumbres de cualquier Estado democrático. Sánchez no es un demócrata, sino uno más de esa oleada de dirigentes autocráticos que hoy puebla el panorama político internacional. El jefe de una banda de malhechores dispuesto a eternizarse en el poder para hacerse rico. Lo decía aquí este jueves Carlos Souto («El huevo de la serpiente en el Estado») de forma magistral: «Cuando los modelos autocráticos de explotación del poder gobiernan demasiado tiempo, no quedan instituciones, quedan ruinas organizadas. El problema de los Gobiernos que se aferran al poder con cualquier argucia semidemocrática es su legado. Y no es únicamente económico. El verdadero problema es la colonización vertical del estado: la ocupación paciente, milimétrica, de cada organismo, cada empresa pública, cada dependencia del Estado».

El truhán se ha tomado cuatro semanas de vacaciones en medio de la mayor crisis que haya conocido España desde la muerte de Franco, tiempo durante el cual una serie de incendios, la inmensa mayoría provocados, han calcinado cientos de miles de hectáreas en la mitad oeste del país. El sátrapa se ha limitado a echar la culpa a los llamados «barones regionales» del PP. Un Estado voraz succionador de recursos públicos, «que reeduca a la población a la vez que la infantiliza» (de nuevo Bock-Côté), se muestra impotente para socorrer al país cuando ocurre cualquier tipo de catástrofe natural. Ocurrió con la pandemia, ocurrió con la Dana valenciana y ha vuelto a ocurrir con los incendios. Pedro nunca tiene culpa de nada. Y protegido por una acorazada mediática presta a disculpar todas sus tropelías —el más claro ejemplo de la cual es esa vergonzosa TVE, ente público en ruinas sostenido por los impuestos del contribuyente y convertido en una televisión de partido, en TelePedro— parece que el personal se traga todo tipo de sapos, para escarnio de cualquier espíritu mínimamente libre. Cansancio democrático, cierto. Un régimen de engaño masivo para una ciudadanía tratada como un rebaño. Mañana lunes, el delincuente vocacional que nos gobierna volverá a repartir su acostumbrada ración de alfalfa informativa desde TVE hablando del «calentamiento global« y otras fantasías. Los pocos pirómanos detenidos con las manos en la masa están ya en libertad, y la mayoría descansa en su casa muertos de risa. Lo peor de lo que está ocurriendo en España no es la corrupción abrasadora de la cúpula socialista con Sánchez a la cabeza, sino la corrupción moral de la gente de a pie. Es, como decía el jueves Souto, «la corrupción del de abajo». La del funcionario dispuesto a servir al partido antes que al país, la de la oficina que deja de prestar servicio al ciudadano por exigencia de la superioridad política, la de Juan Español que agacha la cabeza ante lo que ve en espera de que también a él le alcance la pedrea del subsidio, la del poderoso que conoce o participa en casos dignos de juzgado de guardia pero calla por miedo o precaución y, en fin, la de esos millones de españoles que siguen dispuestos a votar socialismo aún conscientes de que el socialismo, como ha ocurrido en todas partes, en todas las épocas, terminará llevándose al país por delante.