CARLOS SÁNCHEZ-EL CONFIDENCIAL

  • El capitalismo popular de Thatcher es hoy financiero. Los banqueros centrales son los reyes. El mundo vive hoy sobre una montaña de liquidez que beneficia a Airbnb o salva los PGE

Airbnb, la célebre plataforma de alquiler de viviendas turísticas, salió este jueves a cotizar en Wall Street con un resultado espectacular. La compañía valoró inicialmente la empresa en un rango situado entre 44 y 50 dólares por acción, pero, en la noche del miércoles, y viendo la fuerte demanda de títulos, colocó acciones entre nuevos inversores a 68 dólares. El primer día de cotización, sin embargo, esos mismos títulos ya valían 144,71 dólares, precio con el que se cerró la sesión. Es decir, prácticamente el triple de lo que en principio habían valorado la compañía sus gestores. Airbnb ya capitaliza en Bolsa, en pleno desplome del turismo, que es su única fuente de ingresos, y con graves problemas reputacionales debido a un modelo de negocio que irrita a muchos vecinos, 82.900 millones de dólares, casi el doble que el Banco Santander y lo mismo que Goldman Sachs, el banco que ayudó a su colocación en el mercado.

DoorDash, una plataforma de reparto de comida a domicilio, se estrenó en Bolsa un día antes que Airbnb con un éxito similar. Sus acciones cerraron el miércoles a 186 dólares, lo que supone un alza del 86% respecto de la oferta inicial. Ya alcanza un valor de mercado de 55.590 millones de dólares. DoorDash, en su último ejercicio fiscal, registró unas pérdidas netas de 667 millones de dólares sobre una facturación bruta de 885 millones. En el segundo trimestre de este año, sin embargo, anotó unas ganancias de unos escuetos 23 millones de dólares a consecuencia de la pandemia, que obligó a las familias a quedarse en casa.

El año 2020 se cerrará con una deuda global de unos 280 billones de dólares, lo que supone multiplicar por tres el PIB del planeta

Como es obvio, el frenesí comprador de acciones tecnológicas no ha caído del cielo. Tiene que ver, por un lado, con la aceleración que ha supuesto la pandemia en el consumo de bienes y servicios relacionados con la tecnología, pero también con las políticas ultraexpansivas diseñadas por los bancos centrales y los gobiernos de todo el mundo, que se han visto obligados a crear ingentes cantidades de dinero para contener las consecuencias económicas de la pandemia. La patronal bancaria mundial ha estimado que 2020 se cerrará con una deuda global de unos 280 billones de dólares, lo que supone multiplicar por tres el PIB del planeta.

Dinero gratis

Este mismo jueves, como se sabe, el Banco Central Europeo (BCE) aprobó una nueva inyección de 500.000 millones, con lo que su potencia de fuego mediante la compra de todo tipo de activos a los gobiernos y a las empresas privadas suma ya 1,85 billones de euros, una cantidad muy similar a lo que piensa gastar el conjunto de la UE en los próximos siete años (incluyendo los fondos de recuperación). Lagarde, su presidenta, ha anunciado que seguirá prestando al 0% hasta mediados del año 2022 y, lo que es no es menos relevante, ha dejado claro que esta política monetaria ultraexpansiva estará vigente «durante el tiempo que sea necesario».

En la literatura económica existe un cierto consenso en que todas las crisis financieras empiezan con oleadas de optimismo que, pasado el tiempo, acaban en borrachera. De hecho, las increíbles subidas de las tecnológicas han empezado a recordar a muchos analistas lo que sucedió a finales de los años 90 con las puntocom.

Lo que cambia en esta ocasión, sin embargo, es el papel activo que están teniendo los bancos centrales, cuyo mandato inicial, cuando todavía estaban en manos privadas, era exclusivamente preservar el valor de la moneda. Posteriormente, ampliaron sus competencias y se encargaron de suministrar liquidez y garantizar el cumplimiento de determinados objetivos de inflación, aunque en algunos casos, como la Reserva Federal, su mandato explícito se extendió a apuntalar el crecimiento en aras de lograr el pleno empleo.

Los bancos centrales son los auténticos ‘policy makers’, quienes con sus decisiones sostienen la economía. Los gobiernos son comercializadores

En la actual crisis, los bancos centrales han dado otro paso adelante y ya hay pocas dudas de que son los auténticos ‘policy makers’. Es decir, quienes con sus decisiones sostienen la economía, dejando a los gobiernos como comercializadores de sus decisiones de política monetaria.

Airbnb, DoorDash o los presupuestos generales del Estado, este sentido, beben de esa misma realidad. El Tesoro español contempla para este año un endeudamiento neto de 110.000 millones de euros, lo que da idea de la dependencia del banco central para hacer política económica.

Política de prioridades

De hecho, esta es la gran diferencia de la actual crisis en Europa con la anterior. Los gobiernos gastan, pero no porque hayan aumentado sus recursos propios o hayan encontrado nuevos yacimientos de recaudación, sino porque la deuda que emiten la compra la autoridad monetaria. Conviene recordarlo en tiempos en los que se presume de hacer políticas fiscales expansivas como si fueran fruto de la buena gestión. Otra cosa es la política de prioridades, que puede variar de un Gobierno a otro en función de su ideología.

Pero merece la pena recordar que hay dinero porque el banco central de turno lo crea y los gobiernos lo gastan según su criterio y en función de la correlación de fuerzas en el parlamento. Da igual que se trate de gobiernos de derechas o de izquierdas, nacionalistas o populistas. El dinero no entiende de ideologías.

Lo relevante es que hoy, sin los banqueros centrales, los gobernantes no tendrían ninguna capacidad de maniobra presupuestaria para hacer frente a las enormes necesidades de gasto que ha traído el virus, lo que convierte a los gobiernos en gestores de un dinero creado artificialmente, y que no solo se destina a inversión, sino a gasto corriente. Sin duda, porque hacer lo contrario en este contexto sería un suicidio colectivo.

El hecho de que la política monetaria no discrimine entre inversión productiva y especulativa debería preocupar a los gobiernos

El hecho de que el mundo esté hoy en manos de los banqueros centrales no es irrelevante ni neutral. Ni en términos económicos ni por razones políticas. Ni siquiera por causas morales. Entre otros motivos, porque con su política monetaria pueden estar contribuyendo no solo a crear burbujas de activos, sino a la construcción de nuevos oligopolios, que es una de las características del siglo XXI en el plano económico. Sin duda, gracias a un capitalismo financiero —muchas empresas con una enorme liquidez prefieren endeudarse— que ha enterrado al capitalismo industrial que el mundo ha conocido en los dos últimos siglos.

Mientras que en EEUU y Europa buscan aprobar leyes para evitar que las plataformas en línea o los grandes operadores tecnológicos —ahí está la demanda interpuesta contra Facebook— se vuelvan lo suficientemente poderosos como para aplastar a sus rivales, los bancos centrales siguen regando de liquidez los mercados de forma indiscriminada. Configurando, de hecho, un nuevo perfil del capitalismo que de forma progresiva lo aleja de la economía real.

El ponche y la fiesta

Esta colaboración necesaria, que diría un penalista, de los bancos centrales a la hora de crear burbujas y situaciones oligopolistas no es nueva, pero sí lo es su intensidad. Y el hecho de que la política monetaria no discrimine entre inversión productiva y la meramente especulativa, cuyo único fin es engordar el valor de los activos y después ordeñar los dividendos de la manera más copiosa posible, es un asunto sobre el que deberían reflexionar los gobiernos debido a que entra de lleno en la política de competencia. Básicamente, porque hoy el privilegio histórico de poder emitir moneda en régimen de monopolio se ha convertido en la clave de bóveda del sistema económico.

De hecho, eso que se ha llamado política macroprudencial, sin duda necesaria, no es más que entregar más poderes a los bancos centrales, cuya obligación ahora no es solo prestar dinero, sino prevenir y mitigar el riesgo de burbujas que pueden perjudicar a la estabilidad financiera. Es decir, hacer posible la célebre frase de William McChesney, presidente de la Fed durante los años cincuenta, para quien el trabajo del banco central era «retirar el ponche justo en el momento en que empieza la fiesta».

Nadie los ha elegido con la participación directa del pueblo, pero, sin embargo, hoy su fuerza se ha multiplicado gracias a que tienen el privilegio de poder emitir moneda. Como recuerda Liaaquat Ahamed en ‘Los señores de las finanzas’, Mayer Amschel Rothschild, el fundador de la dinastía, lo vio claro hace más de dos siglos cuando exclamó: «Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no me importará quién dicte las leyes».