Rebeca Argudo-ABC

  • Casi al mismo tiempo que un cargo de este Gobierno abre la boca, se empeña la realidad en mostrarnos el reverso

Casi al mismo tiempo que el ministro de Transportes, Óscar Puente, sostenía sin sonrojo que el tren en España vive ahora su mejor momento, y que no hay hoy aquí mi miajita de caos ferroviario, se suspendía la circulación del AVE entre Madrid y Andalucía por un incendio en el vagón en Ciudad Real y más de doscientas personas eran evacuadas.

Casi, casi, al mismo tiempo que el presidente de RTVE, José Pablo López, difundía un manifiesto defendiendo el debate político plural en la (su) televisión pública, el rigor y la independencia, contemplábamos las primeras imágenes del enésimo programa de propaganda ideológica disfrazada de entretenimiento informativo en su parrilla, con más caras serviles al frente.

Al mismito tiempo, o casi, que Diana Morant exigía de nuevo responsabilidades al presidente Carlos Mazón por las consecuencias de la gota fría de Valencia, conocíamos el dato de que cuatro de cada cinco familias afectadas que pidieron ayudas al gobierno de Pedro Sánchez para artículos de primerísima necesidad no las habían recibido.

Al mismo tiempo (y, si no al mismo, por poco) que la ministra de Igualdad, Ana Redondo, dolida y afectada, hacía pública su solidaridad para con la mediática activista Sarah Santaolalla, por las críticas recibidas (por ser mujer, claro) tras insultar, desde la televisión pública y de todos, a cada ciudadano que vota libremente a formaciones políticas que no comparten sus ideas, la periodista Elisa Beni recordaba la clamorosa ausencia de esa misma defensa y apoyo cuando era ella la que sufría los denuestos por parte de cargos públicos debido al ejercicio de su profesión.

Al mismo tiempo, más o menos, que el ministro de Transformación Digital acusaba a Isabel Díaz Ayuso de «racismo puro» por manifestar su rechazo ante el reparto obligatorio de menores inmigrantes propuesto por el Gobierno central, sabíamos que Cataluña y País Vasco quedaban exentas de este con base a una serie de cálculos muy bien traídos que les permite prescindir de ser solidarios con los que vienen a pagarnos las pensiones (ora pagarnos las pensiones, ora limpiar el culo de nuestros mayores; lo que convenga en cada momento).

Al tiempo, el mismo casi, que los literalistas se echaban las manos a la cabeza por las palabras de Santiago Abascal sobre el buque de Open Arms, que llegaba a Canarias en plena crisis migratoria y a la que se refería como «barco de negreros» y reclamaba «confiscarlo y hundirlo», y la ministra para la ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen (la ministra menos conocida de la historia, probablemente) advertía que esas palabras eran inadmisibles, nos enterábamos por boca de una comandante del Ejército de cómo opera y colabora la ONG con las mafias que trafican con personas, por lo que se abrió proceso penal contra ella en Italia o Libia, por ejemplo.

Casi al mismo tiempo, casi, que un alto cargo de este Gobierno abre la boca, se empeña la realidad, tozuda e insidiosa, en mostrarnos el reverso de tal afirmación. Ya es mala pata.