Miquel Escudero-El Correo

Una pregunta que nadie debe rehuir contestar es si de verdad nos importan la libertad y la dignidad de las personas. No tengo claro que importen lo suficiente. Para merecer el respeto de nuestra condición, es capital que los ciudadanos tengamos conciencia de las manipulaciones con que, día tras día, se nos está bombardeando; en cualquier tipo de relación social, económica o política. A menudo, se oyen exclamaciones airadas e impotentes como la de ‘¿se creen que somos tontos?’. Pues sí. Por esto para muchos la realidad queda suplantada, de forma fatídica, por la apariencia. Y damos por seguro lo que no es exactamente así.

Muchos insisten en que Trump está loco y que por esto ha atacado a los regímenes de Venezuela y de Irán. No creo que lo esté. Él sabe lo que hace, aunque sea prepotente, cruel, detestable y odioso. El rechazo rotundo a sus comportamientos no hace buenas las cortes de Jamenei y de Maduro; aunque algunos lo pretendan y se desentiendan de los miles de víctimas que estos han ocasionado entre sus compatriotas: asesinados, apresados y torturados. Entre despiadados anda el juego.

En ‘Historia para el mañana’, Roman Krznaric denuncia que mil millones de personas carecen de acceso al agua potable y que el número de quienes cada año mueren por beber agua sucia y contaminada es diez veces mayor que el de quienes mueren en todas las guerras juntas. Pero apenas se habla de esto o no lo suficiente; no se genera una conciencia eficaz.

Baltasar Gracián dijo que, en general, las cosas «no pasan por lo que son, sino por lo que parecen». Parece un enredo, pero nos conviene destreza para filtrar bien lo que se dice y lo que pasa.