Carlos Herrera-ABC
- Al exministro, este y algún otro caso –la lista no acaba con las mascarillas– le costará perder la libertad algunos años
De acuerdo: todo lo que se está evidenciando en el juicio del caso Ábalos ya lo sabíamos. No ha surgido nada sorprendente por desconocido hasta el momento de redactar estas líneas (aún queda parte de las comparecencias del jueves). Pero que se sustancien las peripecias en sede judicial mediante el testimonio de los protagonistas eleva el caso a oficialmente grave. No es la primera vez que se enchufa a alguien en una empresa pública, también de acuerdo; pero sí es cierto que todo lo visto y oído, junto, constituye un inaudito caso de desahogo y sinvergonzonería que causa absoluta perplejidad. Un ministro coloca a dos amigas, una de relación erótico-sentimental y otra de amistad digamos política, en cargos menores de empresas públicas para que ni siquiera vayan a trabajar y cobren un modesto estipendio cada mes. La que va a trabajar pero no trabaja –se pasa el día leyendo libros de trenes, según su propia declaración– deja de acudir al centro de trabajo porque, lógicamente, no le dan tarea alguna, y es expedientada por el jefe de sección correspondiente. Al final, el expedientado es él por meterse donde no lo llaman y atreverse a mover papeles de una enchufada del ministro. A la otra le paga el piso –y la comida del gato– la trama que trinca de las mascarillas defectuosas con el jefe, y tampoco aparece por la empresa de la que ni siquiera sabe pronunciar su nombre correcto. En el secreto de la contratación de estas dos perlas estaban, lógicamente, algunos cargos superiores y otros intermedios de sendas empresas públicas: excepto el puntilloso jefe de servicio expedientado ninguno puso reparos. Hasta la presidenta de Adif, Pardo de Vera, tuvo que dar un toque de atención para que se las dejara en paz.
Estas revelaciones, que evidencian tráfico de influencias y algún delito más, no han supuesto reproche alguno por parte de los muy progresistas socios del PSOE sanchista. Ni una palabra. Coinciden estas sesiones –en las que afloran también pagos irregulares en la sede socialista y testimonios de dinero ingresado en bolsas de basura– con la apertura del periodo del pago de impuestos sobre la renta. Y con el aumento de cuotas a los autónomos que este Gobierno cleptómano y voraz acaba de imponer a personas como usted. Ya es mala suerte. Ni siquiera los excitados colaboradores de Sánchez ignoran el daño que suponen esas revelaciones en sede judicial justo en los momentos en los que hay que rasgarse, que no rascarse, el bolsillo para mantener, entre otros, a la pléyade de directivos colaboracionistas con las enchufadas varias. A Ábalos, este y algún otro caso –la lista no acaba con las mascarillas– le costará perder la libertad algunos años. Esperemos que al Partido Socialista le cueste votos en próximas convocatorias electorales. Andalucía sin ir mas lejos.