Teodoro León Gross-ABC

  • Las etiquetas de los casos de corrupción son determinantes de los marcos con que se reciben en la opinión pública

Cada vez que alguien escribe ‘caso Leire’ –según la expresión popularizada en las redes– muere un gatito. A estas alturas es un pecado imperdonable de inocencia. Esto no va de una fontanera friki, sino de los promotores de una Cloaca de Estado. Se repite el mismo error que al denominar caso Koldo al primer gran escándalo del sanchismo que abrió el agujero negro de la corrupción: identificarlo con el nombre del antiguo portero de puticlub que le llevaba chicas al ministro, por más que fuera un manijero listo que grababa todo como salvoconducto al futuro, le rebajaba absurdamente el calado a la trama del número 2 del sanchismo que había sido jefe del Estado Mayor de Ferraz como secretario de Organización, mano derecha del presidente en el asalto al poder con falsa bandera. Las etiquetas de los casos de corrupción son determinantes de los marcos con que se reciben en la opinión pública.

El lenguaje por supuesto es un arma, lejos de los versos de Miguel Hernández, y un arma poderosa en lo que se conoció tiempo atrás como guerra psicológica o guerra política. Resulta clave para blanquear o estigmatizar generando el relato de la legitimidad moral. Por eso el Pentágono cuidaba cómo bautizar sus operaciones: la invasión de Panamá en 1989 fue ‘Causa justa’; Somalia en 1992, ‘Restaurar la esperanza’; Haití en 1994, ‘Rescate de la democracia’, y así tantas, como ‘Libertad duradera’ tras el 11-S. Responde a un principio básico de la propaganda, como sintetiza Guy Durandin: la existencia de palabras hace creer en la existencia de cosas y genera juicios de valor. Si una campaña militar lleva en el nombre ‘Democracia’ o ‘Esperanza’ hace pensar al público en positivo que aquello va de democracia o esperanza. Las palabras forman y deforman la percepción de la opinión pública.

La izquierda siempre ha sido mejor en esto. Como el Pentágono, está curtida en fabricar marcos. Por eso el PSOE insiste en su victoria de 2023, milonga que ha cuajado entre su público; y una y otra vez reiteran que son mayoría, aunque no lo sean, y por eso carecen de presupuestos; o califican todo de ‘constitucional’, incluso aferrarse al poder sin dimitir hasta 2027. Y entre todas las palabras, ninguna ha sido más rentable que ‘progresista’ como sinónimo de izquierdista. Jueces progresistas, fiscales progresistas, prensa progresista, mayoría progresista, que incluye a los sindicatos o la educación, todos progresistas aunque hagan políticas reaccionarias. No se equivocaba Orwell vinculando la corrupción con el lenguaje. Pues eso, cada vez que se dice caso Leire, se traslada al imaginario que esto va de una ‘fontanera’ friki en lugar de un escándalo mayúsculo de Cloacas de Estado infiltradas en la Fiscalía general, la Guardia Civil, la SEPI y otros circuitos esenciales. Así se le regala el primer punto a la cloaca.