Ignacio Camacho-ABC
- Las elecciones autonómicas le traen a Sánchez al pairo. Las ha entregado de antemano para desesperación de sus candidatos
Las elecciones son ante todo un juego matemático donde la circunscripción –no la ley D’Hondt, que sólo es un método de asignación de escaños– ejerce una influencia determinante en el resultado. Este factor, que escapa a la percepción de muchos ciudadanos, es el que Sánchez tiene más presente en sus cálculos; de ahí su desacomplejado empeño en favorecer a los socios catalanes que sostienen su mandato. En Cataluña el bloque sanchista (PSC, los Comunes y el separatismo en conjunto) le saca a la derecha una ventaja media de treinta diputados, distancia sustancial que los adversarios deben superar en el resto de España donde, aun ganando, los diferenciales son bastante más ajustados. El actual calendario de comicios autonómicos le trae al pairo; los ha dado de antemano por perdidos para desesperación de sus propios candidatos. Incluso en Andalucía, donde a escala regional le espera un descalabro, su suelo de voto fijo en las generales suele ser alto.
Por eso no tiene el menor reparo en recibir en la Moncloa a Oriol Junqueras, sobre el que continúa pensando una condena de inhabilitación, y llegado el caso tampoco lo tendrá para verse con Puigdemont en Bruselas. El orden es relevante en primer lugar porque el respaldo de Junts no serviría de nada sin el de su rival independentista y éste no tolera que el prófugo le adelante en el protocolo de preferencia, y en segunda instancia porque los presupuestos de la Generalitat también dependen de Esquerra. El presidente está trabajando para Illa, su principal garantía electoral a la hora de hacer cuentas, el dirigente que ha logrado captar una sustantiva parte de antiguos votantes de Ciudadanos y de Convergencia. Más allá de la concreción de los acuerdos sobre la excepción fiscal, se trata de proyectar la imagen de preferencia por un territorio donde el sentimiento de singularidad –léase supremacía– aglutina a capas sociales de composición muy heterogénea.
Y si para eso hay que blanquear a un golpista, se procede sin remordimientos. Ya lo viene haciendo desde hace mucho tiempo: indultos, amnistía, desprecio al Supremo, trato de privilegio, manifestaciones expresas de deferencia y respeto. Hasta ahora sin embargo no se había producido ningún encuentro, salvo que haya sido en secreto, pero el pulso interno entre separatistas reclamaba un gesto simbólico de despenalización política y moral, un movimiento explícito y abierto. Desde el punto de vista de Junqueras hay que entenderlo: si tienes un aliado leal y aspiras a conservarlo no puedes sentir escrúpulos de estrecharle la mano en directo. Y Pedro ya no está en condiciones de andarse con miramientos por una foto de más o de menos. Fuera complejos. El perjuicio al partido en Aragón, Castilla o Andalucía es el precio de una operación de autorrescate a costa un puñado de subalternos. Fusibles para evitar –ya veremos– que el cortocircuito acabe en incendio.