Eduardo Mozo de Rosales-El Correo

  • Europa acierta con Mercosur, India y Australia pero se lía con Pekín. Molestos con Trump, buscamos su mercado e inversiones en actuaciones individuales

La historia ha visto pasar muchos imperios, pero solo China permanece. La expresión mandarín ‘el imperio del medio’ alude a esta percepción histórica como el centro del mundo civilizado, no solo geográfico sino también político y cultural, que solo decae durante el siglo XIX, ‘siglo de la humillación’.

Después de la Guerra mundial, EE UU crea un nuevo orden, pero antes de la caída soviética China despierta, apostando por un capitalismo vigilado, que le saca de la pobreza para convertirle, tras ingresar en la OMC, en la fábrica del mundo. Occidente, que solo veía una oportunidad de mercado, le regalaba todo su saber hacer, sin exigirle sus obligaciones. Muchas empresas europeas allí implantadas ven como su tecnología acaba en otras manos y hacen las maletas de vuelta a casa.

La idea de que China se fuera amoldando al sistema occidental fracasa, porque impulsa un modelo mixto que permite crecer a la empresa privada, pero sin soltar el férreo control del partido, como un pájaro enjaulado. Hoy es el segundo país con más millonarios del mundo y la preocupación es que acaben ninguneando al partido, pero la lección que recibe Jack Ma, dueño de Alibaba, parece suficiente para poner orden.

El éxito económico da alas a China, que pide paso y ceba el concepto de Sur Global por oposición al norte occidental. Xi Jinping anticipa en Davos una globalización más equilibrada y menos occidental. La rivalidad está servida porque Occidente piensa que China ha utilizado el sistema para burlarlo, subvencionando su apuesta por sectores estratégicos, bien elegidos, que ahora nos inundan de coches eléctricos y paneles solares más baratos y eficientes. Esta reflexión, que viene de lejos, estalla con la guerra comercial de 2025, de la que China sale fortalecida porque logra diversificar su exportación que logra récord. Después Trump toma Venezuela y acecha Cuba, pero encalla en Ormuz, poniendo en bandeja a Pekín presentarse al mundo como alternativa.

EE UU, aún hegemónico por décadas, lidera el mundo financiero, las grandes tecnológicas y mantiene la primacía del dólar. Por su parte, China cuenta con la mayor capacidad industrial y va por delante en robotización, minerales y sectores de futuro. Su economía crece, pero su mercado interior decae por su menor población y el colapso del gigante inmobiliario Evergrande, lo que exige más exportación. Ambas son las grandes potencias que se disputan el futuro, pero hay una gran diferencia entre ellas, porque EE UU es, pese a todo, una democracia, mientras China es una dictadura de partido único que controla su población con reconocimiento facial en su vida diaria.

Son dos modelos de gobernanza, dos sistemas de valores, dos visiones del mundo que compiten en IA, geopolítica y aventura espacial, pero deben colaborar en lo financiero y climático. Nosotros buscamos primar los derechos del individuo y Oriente, el bienestar colectivo, pero China mira a largo plazo mientras nuestra premura electoral no permite alargar la mirada. Xi no se desgasta en consensos ni elecciones y su meritocracia funciona, aunque el partido establece y no negocia los derechos de las minorías, que no pían. Además, la tradición china apuesta por el tesón y el trabajo, tanto en el bazar de su calle como en las torres de Shanghái, donde las luces están siempre encendidas. Imagínese lo que duraría un líder occidental que alabase el trabajo duro.

El presidente Brasileño Lula acierta al recordar en Barcelona que la democracia debe demostrar su superioridad sobre el autoritarismo, pero demasiados lideres occidentales desvirtúan esa democracia cuando llegan al poder. Tiene razón Lula, pero la democracia no puede despistarse porque dentro no generamos mucha confianza -especialmente en los jóvenes- y fuera ya no admiten lecciones de moral.

Europa acierta con los tratados con Mercosur, India y Australia, pero se lía con China al considerarle demasiadas cosas a la vez: socio, competidor y rival sistémico. Molestos con Trump, cortejamos a Xi, siguiendo la estela del líder canadiense Carney, pero quizás buscamos en actuaciones individuales ganarnos su mercado e inversiones, mientras dejamos a la UE que ponga las pegas. No se trata de sustituir un bienvenido Mr. Marshall por un bienvenido Mr. Xi, sino de apostar por nosotros construyendo buenas relaciones y límites con ambas potencias, porque el dominio occidental irá a menos.

China no es un imperio que temer sino a conocer, pero al que hay que acercarse sabiendo que somos diferentes y evitando atajos. Nos une la importancia de la familia y la comida, pero ellos siguen apostando por la tradición y un liderazgo basado en el buen gobierno, la virtud y el respeto, lo que no nos sobra. Pronto veremos si las cosas se serenan en Ormuz y Trump visita Pekín porque se trata, solo, de que las dos potencias, que se la juegan en la IA, se pongan de acuerdo y allanen el camino a los demás.