Mikel Buesa-La Razón

  • El conocimiento vuela siempre a lugares inesperados donde hay hombres dispuestos a adquirirlo y políticas orientadas a asimilarlo

Cinco décadas han transcurrido desde que el Departamento de Defensa de Estados Unidos afirmara en un informe que «la contradicción inherente al capitalismo es que, más que explotar el mundo, lo desarrolla puesto que difunde la tecnología y la industria, levantando contra sí a los competidores extranjeros». De ahí que propugnara restringir la transferencia de tecnología y limitar contractualmente su empleo en los países hacia los que las empresas americanas orientaban sus inversiones. No era, por cierto, nada nuevo porque más de un siglo antes Gran Bretaña había hecho lo mismo prohibiendo la emigración de sus artesanos y la exportación de sus máquinas más sofisticadas para tratar, como señaló Adam Smith en su Riqueza de la Naciones, «de abatir a nuestros vecinos y terminar en lo posible con la incómoda competencia de rivales tan odiosos como desagradables». Sin embargo, el progreso acaba siendo inmune a tales procedimientos cuando los países que no sólo reciben la bendición del conocimiento, sino que se esfuerzan en aprender a superarlo, dedicando recursos a la noble, incierta y, con suerte, gloriosa tarea de alcanzar el liderazgo tecnológico. Estados Unidos, Alemania y otros países centroeuropeos, primero, y Japón, más tarde, lo hicieron en un pasado pleno de enseñanzas que muchos han olvidado. Ahora, en el curso de lo que llevamos de siglo, China muestra esa misma trayectoria, que le ha llevado a instalarse en el liderazgo de algunas industrias, como la de los automóviles eléctricos, la computación avanzada y ciertos sistemas de armas. Y, lo mismo que en el pasado, se ha instalado en el reverso de la fuerza, haciendo rebrotar la vieja idea del control estatal de las tecnologías mediante la supervisión de su empleo en el exterior –como, por ejemplo, en sus recientes inversiones en España– para impedir que la información sensible, la propiedad intelectual y el talento crucen fácilmente su frontera y acabe beneficiando a sus competidores foráneos. En eso está el gigante asiático prohibiendo el despliegue internacional de sus ingenieros o limitando los servicios de consultoría y los programas de formación de personal fuera de China. Fracasará, sin duda, porque el conocimiento vuela siempre a lugares inesperados donde hay hombres dispuestos a adquirirlo y políticas orientadas a asimilarlo.