Jon Juaristi-ABC

  • Ahora que el Coco ha venido, nadie sabe cómo ha sido

La cocaína no es un opiáceo como el opio propiamente dicho, la morfina o la heroína: no se extrae, como estos, de una papaverácea, vulgo amapola. Ni siquiera es un cañabáceo como el cáñamo indio o hachís y la marihuana, también conocidos como grifa y maría, respectivamente, y por muchos más motes cariñosos: chocolate, costo, hierbajuana e incluso jonebelarra entre las últimas generaciones eusquéricas. No. La cocaína, como su propio nombre indica, viene de la coca, kuka en quechua, una eritroxilácea andina, que, como los cafetos, tiene propiedades euforizantes. Por eso es de una impropiedad palmaria incluir su comercio, por muy ilegal que sea, en la categoría más general del narcotráfico. Los narcóticos adormecen, sedan. La cocaína, por el contrario, pega el subidón.

El capitalismo, en sus diversas fases y variedades, ha recurrido tanto a los narcóticos como a los estimulantes. Las economías precapitalistas también, pero no de forma sistemática: mezclaban las semillas o el aceite de adormidera con el pan, el vino o la leche, para hacer la vida soportable. El capitalismo británico, orientado a la colonización de Asia y África, no aspiraba tanto a la generalización del uso de los narcóticos entre los colonizadores como al monopolio de su comercio entre los colonizados (las dos guerras del opio, en el siglo XIX, respondieron a tal objetivo). En cambio, el capitalismo de las Américas, como antes los imperios andinos, promovió el uso de la coca, primero entre los pringados de la mita, y después entre los currantes y directivos del complejo militar-industrial que auspiciara y bautizara Eisenhower. A una primera fase del mismo le bastó la cocacola. Hoy no puede prescindir de la cocaína.

La cocaína pone donde la farlopa cuelga, pero ambas inducen experiencias paradisíacas. Es curioso cómo se asemejan las palabras ‘cocaína’ y ‘cucaña’, Cockaygne en inglés. El país de Cucaña o Cockaygne designaba, ya en la Edad Media, la utopía de la sobreabundancia, del excedente inagotable, de la Cornucopia o del Caldero Mágico. Pero también la lucha a muerte por quedárselo todo: «Madrid del cucañista…», escribía Antonio Machado, que ni se olía, el pobre, de qué iba lo del darwinismo social.

La guerra entre Trump y Maduro no ha sido una guerra entre la democracia y el socialismo. Ha sido una guerra por el control de la cocaína, una cucaña trágica entre dos camellos de altura disputándose, con pretextos petrolíferos, el monopolio del tráfico del fuel verdaderamente imprescindible para el funcionamiento de la IA (ía, ía, o), nueva Granja de MacDonald Trump o Casa de Papito («¡Papá, no sufras, la patria está en buenas manos!», cantaba el niño). En fin, Madurín, dos Cocos luchando por el papel del Payaso de Derry. Por ahora es Delcy, la Coca, la que mejor se coloca en esta carrera loca.