Karina Sainz Borgo-ABC

  • Marruecos goza de inversión internacional y prosperidad económica. En lugar de volcar ese progreso en sus ciudadanos, Rabat los utiliza como avanzadilla

Los seres humanos, desplazados en masa, han sido el arma predilecta de tiranos y autócratas. Es barato y efectivo. Nadie se atrevería a disparar contra ellos y, si así ocurriese, el escenario repercutiría en favor de quien los usa. Cuando Erdogan anunció que dejaría de impedir el paso de migrantes hacia Europa, miles de personas acudieron a la frontera terrestre del río Evros. Atenas calificó lo ocurrido como un ataque organizado contra las fronteras exteriores de la Unión Europea. Al año siguiente, en 2021, Alexander Lukashenko facilitó desplazamientos de migrantes de Irak, Siria y Afganistán desde Bielorrusia hacia Polonia, Lituania y Letonia, en represalia por las sanciones europeas. «Coerción migratoria», así lo definió la politóloga norteamericana Kelly M. Desde la Convención sobre los Refugiados de 1951 se han documentado más de medio centenar de episodios en los que gobiernos o actores no estatales utilizan los desplazamientos humanos como instrumento político.

El siglo XXI ha sido el escenario más claro, pero no el único. En 1975, cerca de 350.000 civiles marroquíes fueron movilizados hacia el Sahara Occidental. España, aún en los estertores del franquismo, no arremetió contra la población civil –hombres, mujeres, niños, familias–, lo que consumó la ocupación del territorio y aceleró tanto los Acuerdos de Madrid como la retirada española. Tras la implantación del espacio Schengen, en 2002, Rabat impulsó la ocupación del islote de Perejil y mostró su disposición de crear hechos consumados en el área del Estrecho. A lo largo de los años, siguieron los asaltos coordinados y masivos a las vallas de Ceuta y Melilla, solo que con dimensiones aún mayores: en 2021, cuando Marruecos relajó temporalmente los controles y permitió la entrada de 10.000 personas, menores en su mayoría, y las más reciente, esta semana, cuando cerca de 60.000 personas entraron directamente desde la playa marroquí, muchas de ellas a nado, con un teléfono móvil protegido en una bolsa de plástico y un flotador como único apoyo para cruzar el mar. En un mismo día, Ceuta, una ciudad de 20 kilómetros, recibió de golpe el 60% de su población.

Miles de jóvenes deambularon por playas, parques y avenidas buscando comida, agua o un lugar donde descansar. La combinación de calles vacías de vecinos, miles de personas vagando sin rumbo, comercios cerrados, presencia militar, vehículos policiales y playas cubiertas de flotadores daba la imagen de una invasión. ¿Lo fue? Marruecos goza de inversión internacional y prosperidad económica. En lugar de volcar ese progreso en sus ciudadanos, Rabat los utiliza como avanzadilla. Si se ahogan en el mar o desfallecen de hambre en el camino, eso le da igual a Mohamed VI. Al resto no. Justo ahí radica la eficacia de la estrategia.