Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo
- El único plan es la codicia, la soberbia y la ignorancia, la receta del desastre
En ningún momento he dudado de que Trump iba a traicionar a la oposición venezolana, pues María Corina Machado sufre un triple hándicap insuperable. Para empezar, ya sabemos que Trump tiene un serio problema contra las mujeres en posiciones de poder. Además, Machado posee la legitimidad democrática de su victoria electoral, de manera que el emperador no podría controlarla por completo. Sería una aliada, no una vasalla. Y por último, le dieron a ella el Nobel de la Paz; no a Trump. Por lo tanto, no me sorprendió en absoluto que el presidente de EE UU despreciase abiertamente a Machado, negando que la representante de la coalición ganadora de las elecciones gozase del apoyo del país. Desprecia en Venezuela la legitimidad democrática que está desmantelando en su país.
Por otra parte, Venezuela no es una tiranía personal como la de Putin en Rusia, Ortega en Nicaragua o Erdogan en Turquía. El chavismo es una dictadura de partido, como la URSS o el Irán de los ayatolás. Me parece dudoso que el resto de la oligarquía militar que usurpa Venezuela vaya a dejarse matar o capturar con tanta facilidad como el propio Maduro, que al parecer dormitaba tranquilamente en su palacio de gobierno, protegido por un reducido número de guardaespaldas.
No es tan extraño pensar que Maduro podría haber sido traicionado por algunos de sus propios compañeros, hartos de su necedad, su infantilismo y su incompetencia. Eso explicaría que los estadounidenses supieran exactamente dónde dormía su objetivo y que sus defensas fuesen tan endebles. Si Maduro hubiera descansado en un búnker subterráneo bien oculto, custodiado por varios regimientos armados hasta los dientes, todavía seguiría al mando. Sin embargo, tras su aplastante derrota electoral, se había convertido en un lastre para el chavismo; un bufón que les avergonzaba.
Por lo tanto, el chavismo consigue un doble beneficio: se libran de un líder que se había convertido en una carga, sin ensuciarse las manos abiertamente. Al mismo tiempo, regalan a Trump una victoria que les ayudará a pactar con él, cediendo mucho en el tema del petróleo y dejando a Cuba a los pies de los caballos a cambio de seguir al mando. Trump, jactancioso y exagerado como siempre, habla abiertamente de la vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez como de una subordinada que conservará el poder mientras obedezca las órdenes, como Lukashenko con Putin en Bielorrusia.
Trump, que como de costumbre vive en su propio mundo paralelo de fantasías y delirios, dice que ahora están en Venezuela cuando en realidad no lo están; se han limitado a entrar y salir en una incursión relámpago. Y añade que van a quedarse para gobernar el país, o más en concreto, su sector petrolífero, porque eso es lo único que menciona en su discurso. Ahora bien, si no envía tropas terrestres, no va a tener control alguno sobre el país, y un gran despliegue naval no puede mantenerse por tiempo indefinido por motivos económicos y otras crisis que estallarán en otros lugares. Por lo tanto, durante las próximas semanas vamos a ver toda clase de regateos indignos entre Trump y la oligarquía chavista, condimentados con los típicos exabruptos trumpistas y algún que otro ataque aéreo, hasta que se pongan de acuerdo en el reparto del botín. Pero ni siquiera esto será el final.
Recordemos que en 2003 los estadounidenses invadieron Irak, un país de 25 millones de habitantes, 438.000 kilómetros cuadrados y una geografía árida pero muy llana excepto las montañas kurdas. Les opuso resistencia activa tan solo una parte de la minoría suní, un 20% de la población, que bajo la tiranía de Sadam habían formado el grupo dominante y se negaba a perder ese privilegio. Esa minoría por sí sola se las apañó para mantener una insurgencia durante ocho años, que solo pudo ser vencida mediante fuertes sobornos a los líderes tribales, aprovechando las disidencias internas entre los integristas de Al-Qaida y el resto de la comunidad suní.
Nunca se debe desdeñar la cólera de las masas desesperadas y enardecidas. ¿Qué podría suceder si Trump intenta ocupar un país de 28 millones de habitantes, sin divisiones sectarias que lo debiliten, el doble de extenso que Irak y con una orografía infernal de montañas y junglas, donde les odian a muerte tanto los chavistas como la oposición, vilmente traicionada e injuriada? Eso sin contar con que las empresas petrolíferas de EE UU rebajarían los sueldos, eliminarían los derechos sindicales, pagarían muy pocos impuestos, o ninguno, repatriarían casi todos los beneficios y en muchos casos reemplazarían a la mano de obra local por su propia gente.
El único plan de Trump es su soberbia y su codicia, condimentada con su ignorancia y su necedad, y esa es la receta del desastre.