Manuel Valls-El Español
  • La captura de Nicolás Maduro es una buena noticia. Es hipócrita invocar el Derecho internacional como una garantía de inmunidad y, por tanto, de impunidad.

La captura de Nicolás Maduro por los agentes antidroga de la DEA ha dejado atónito al mundo.

El Gobierno estadounidense sostiene que la intervención es legal, basándose en un auto de acusación formal presentado ante los tribunales norteamericanos. Se puede dudar de ello.

Pero no nos equivoquemos de debate.

La salida de Maduro es una buena noticia. Es hipócrita invocar el Derecho internacional como una garantía de inmunidad y, por tanto, de impunidad.

Sucesor mediocre de Hugo Chávez, Maduro ha presidido el destino de su país durante trece años, en los que el país ha perdido el 70% de su PIB.

Ha destruido su industria petrolera, empobrecido y hambriento a su población.

Más de ocho millones de personas han abandonado el país. Es decir, una cuarta parte de sus habitantes.

Se trata de uno de los mayores éxodos de nuestra época, que compromete la estabilidad de toda la región.

Formado en el totalitarismo cubano, aliado de Rusia, de Irán y de Hezbolá, Maduro ha impuesto el terror y la arbitrariedad encerrando en mazmorras, torturando o matando a sus opositores, o empujándolos al exilio. También, amañando las elecciones.

Hay que recordar por último que Venezuela presenta formas avanzadas de narcoestatización.

Sectores de las fuerzas armadas y de la policía gestionan el tráfico de droga procedente de Colombia, el poder político garantiza la impunidad, la economía ilícita se vuelve más rentable que la economía oficial.

Venezuela es uno de los principales nudos logísticos del tráfico mundial de cocaína. Todo el Caribe sufre sus consecuencias. Las Antillas francesas están así desbordadas por la droga y la violencia.

Asfixiar a Cuba

La captura de Maduro también ha ilustrado el Corolario Trump de la doctrina Monroe (1823), mencionado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional.

Ese «corolario» pretende legitimar la exclusividad estadounidense sobre todo el continente, que empezaría en Groenlandia y terminaría en Tierra del Fuego.

«Supervisar un proceso de transición democrática es una cosa. Colonizar el país con ese pretexto es otra»

De la retórica se ha pasado a los hechos, con el objetivo claramente disuasorio para los dirigentes de la región que pudieran tratar de reforzar sus vínculos con Pekín y Moscú.

Cortar el acceso de Cuba al petróleo venezolano debe permitir igualmente asfixiar al régimen de La Habana mientras se espera su eventual caída. Lo que representaría una ganancia política interna incuestionable para Donald Trump y Marco Rubio.

Donald Trump, JD Vance y Marco Rubio durante la reunión en la Casa Blanca con las petroleras.

Donald Trump, JD Vance y Marco Rubio durante la reunión en la Casa Blanca con las petroleras. Reuters

Supervisar un proceso de transición democrática es una cosa. Colonizar el país con ese pretexto es otra. Trump se ha mantenido en la ambigüedad y da la impresión de actuar sin principios, como un depredador, con un único objetivo: hacerse con el petróleo venezolano.

Gran dosis de ingenuidad

Desde su elección en 2024, Venezuela tiene un presidente legítimo, Edmundo González, y una dirigente moral, la valiente María Corina Machado, premio Nobel de la Paz. Les corresponde a ellos conducir la transición democrática.

Esta exige el diálogo con todos, pero apostar por alguna forma de «chavismo reformador» parece muy arriesgado. La nueva presidenta, Delcy Rodríguez, es un pilar del régimen totalitario y corrupto.

Es también el momento para que la comunidad internacional actúe. Sobre todo Europa y, en particular, Francia y España, tan vinculadas por su historia a Venezuela.

Paradójicamente, cuentan con izquierdas (de Jean‑Luc Mélenchon a Pablo Iglesias) cómplices de la dictadura criminal.

El exvicepresidente Pablo Iglesias, en la 'Uni de Otoño' de Podemos.

El exvicepresidente Pablo Iglesias, en la ‘Uni de Otoño’ de Podemos. Europa Press

En este sentido, su defensa ferviente del modelo chavista o castrista (la tiranía bajo el sol al ritmo de la salsa) no resulta sorprendente, pero lleva hasta el colmo la vergüenza de todo espíritu democrático.

Cuando no se reacciona a tiempo, no basta con invocar un «Derecho internacional» angelical y poco creíble por ineficaz. Hace falta una gran dosis de ingenuidad o de cinismo para creer que las democracias pueden plantar cara a los tiranos sin recurrir a la fuerza.

Europa debe exigir, apoyándose en particular en las resoluciones de la Organización de Estados Americanos, la puesta en marcha de una transición democrática, la liberación de todos los presos políticos, el retorno de los exiliados, el levantamiento de las sanciones que pesan sobre los responsables de la oposición y la celebración de elecciones libres.

Ninguna de las incertidumbres mencionadas debería impedir, sin embargo, celebrar con alegría la caída de un tirano que ha avergonzado al mundo.

Pero todo está todavía por escribirse y sólo el pueblo venezolano, soberano, puede empuñar la pluma.

*** Manuel Valls, ex primer ministro de François Hollande, ex ministro de Ultramar bajo Emmanuel Macron.