Juanjo Sánchez Arreseigor-El Correo
Historiador, especialista en el mundo árabe contemporáneo
- Además de reforzar las barreras físicas, debemos reconciliarnos con EE UU e Israel. Aunque el obstáculo es Mohamed VI
Está muy bien indignarnos por la crisis de Ceuta, pero lo que cuenta es prevenir que se repita. Lo primero y más fundamental, sin lo cual cualquier otra estrategia sería vana, es echar del poder al presidente Pedro Sánchez, que ya ha demostrado por activa y por pasiva que está férreamente decidido a no efectuar su trabajo. Eso ya basta para descalificarlo como servidor público, al margen de cualquier otra consideración. Cuando un barco navega peligrosamente entre huracanes, piratas y arrecifes, y los tripulantes le piden instrucciones al capitán, este no puede decirles que tiene derecho a vacaciones y que ya hablará con ellos al día siguiente. Pedro Sánchez no tiene derecho a vacaciones porque un presidente del Gobierno es un servicio de emergencias de 24 horas, como los bomberos, la policía, las ambulancias o el ejército. Su derecho a descansar se desvanece cuando suenan las sirenas de alarma y todo el mundo tiene que correr a sus puestos.
Muchos argumentarán que, pese al fiasco ceutí, es indispensable votar por Sánchez porque la izquierda va a mantener siempre una política socioeconómica más favorable a las masas que las derechas. Ahora bien, la coalición de gobierno actual no puede considerarse de izquierdas cuando se sostiene con los votos del PNV y de Junts, que van a defender siempre los derechos de los propietarios y de los patrones contra los arrendatarios o los asalariados, como se acaba de ver en el tema inmobiliario. Y el propio Sánchez ha ejemplificado el viejo refrán de que solo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena.
Pero lo más importante: es muy buena cosa para los ceutíes gozar de plenos derechos laborales, servicios públicos, derechos de las mujeres y de las minorías, o poder acceder a una vivienda digna. Aunque de nada les sirve si carecen de protección frente a amenazas exteriores que pueden inundarles de un día para otro. Y no nos engañemos: si Pedro Sánchez no defendió Ceuta, tampoco nos defendería a ninguno de nosotros llegado el caso.
Se argumentará también que las derechas van a ser mucho peores, y la verdad es que Vox se ha esforzado a este respecto, hablando de privatizar las pensiones, como si el ejemplo de EE UU no fuese lo bastante horripilante y disuasivo, pero soy lo bastante viejo para haber visto seis cambios de gobierno -este será el séptimo- y en cada caso, los que gobernaban profetizaban el apocalipsis si ganaban los aspirantes. Siempre ha sido una exageración y ahora también lo es. Por otra parte, un gobierno que insiste demasiado en ese argumento es un gobierno que no ha hecho sus deberes y quiere que le regalemos el aprobado por su cara bonita.
Una vez en el poder el nuevo gobierno, la segunda medida es reforzar las defensas físicas de Ceuta y Melilla; diez o doce mil soldados en cada ciudad, y construir fosos, murallas, campos de minas cubiertos de alambre de espino electrificado… para imposibilitar físicamente nuevas avalanchas, aunque la policía marroquí no mueva un dedo para impedirlas. Proteger el flanco marítimo es más complicado, pero se puede hacer.
Pero lo tercero y más importante, es la parte política. Aquí el mayor peligro es que Alberto Núñez Feijóo se confíe demasiado, creyendo que la crisis de Ceuta se debe tan solo a la incompetencia, debilidad o estupidez de Sánchez. Nada más lejos de la realidad: aunque Feijóo o su ministro de Exteriores fuesen Richelieu, Bismarck y Churchill en una sola pieza, no estaría en su mano resolver el problema ceutí mediante negociaciones, porque el obstáculo estructural viene del lado marroquí, fuera del alcance de cualquier gobierno español. El sultán absoluto de Marruecos, Mohamed VI, quiere ser nuestro enemigo; de hecho, necesita imperativamente ser nuestro enemigo. Marruecos no es su país, es su rancho, y quiere ampliarlo todo lo que pueda. Su trono no puede sobrevivir si no nos echa encima a todos los emigrantes posibles. Cualquier gobierno español que se niegue a ver esta realidad incómoda está condenado a repetir los fracasos de sus antecesores.
Las medidas políticas incluirían una legislación estricta que descalifique de antemano para la ciudadanía a todos los que entren ilegalmente, medidas económicas y comerciales, presiones en la Union Europea, reconocer a la república saharaui, reconciliarnos con EE UU e Israel, aliarnos con Argelia y un largo etcétera. Feijóo va a necesitar su propio George Keenan que le escriba un nuevo Telegrama Largo, trazando una estrategia global para contener al enemigo sin llegar a una guerra abierta.
Por desgracia, la guerra depende en última instancia de la voluntad del enemigo, así que es posible que el conflicto armado no se pueda evitar.