Guy Sorman-ABC
- Los ucranianos han demostrado su capacidad de innovación al aprovecharse de las fallas del pesado sistema militar ruso
La debacle rusa que intentan ocultar la propaganda de Putin y sus aliados ideológicos se mide, por tanto, en objetivos no alcanzados, en territorio no ganado y, lo que es peor, en bajas. Se estima que el Ejército ruso ha perdido un millón de hombres en cuatro años. En este momento pierde alrededor de mil hombres al día, una cifra superior a la tasa de reposición. A estas bajas militares se suman las ‘anulaciones’: cualquier soldado en el frente que retroceda o se debilite es abatido en el acto, ‘anulado’. En otra coyuntura, estos reclutas –alistados más o menos a la fuerza– solo serían maltratados, mal alimentados y desatendidos
Putin, que desde el inicio de este conflicto ha tenido dificultades para reclutar, ya casi no lo consigue. Este Ejército, desde el principio, era además muy poco ruso. Para no socavar la confianza que aún le otorgan los rusos occidentales, en particular los de las grandes ciudades, Moscú y San Petersburgo, Putin movilizó a su carne de cañón en las provincias orientales, donde las víctimas pasaban más inadvertidas. Cuando esta fuente comenzó a agotarse, el relevo lo tomaron los mercenarios: presidiarios liberados y luego venidos de lejos. Recordamos a los 10.000 norcoreanos enviados al frente, sin preparación, desde Pionyang. Ya no se habla de ellos: han desaparecido, probablemente todos muertos.
Los reclutadores rusos buscan ahora mercenarios en el Sahel africano, Nepal y la India. Estos reclutadores hacen promesas vanas, dando a entender que los voluntarios conducirán camiones o vigilarán edificios. Apenas llegan al lugar, reciben quince días de preparación militar y son enviados al frente. Pocos regresan; las familias que se quedan en el país reciben algunas compensaciones económicas, pero las malas noticias circulan y los candidatos a la masacre son cada vez menos numerosos. En total, se estima que las tropas disponibles, lanzadas contra el fuego ucraniano, disminuyen cada día. Este Ejército ruso, que no es muy ruso, también sufre grandes pérdidas en el mar y en la propia Rusia: destrucción de refinerías y almacenes de municiones, eliminación de dignatarios en pleno Moscú. El mar Negro, que era un objetivo importante al comienzo del conflicto –ya que es por allí por donde Ucrania exporta y sobrevive– está hoy controlado por Kiev; en el contexto de la historia de Rusia, este revés es espectacular. Por el contrario, los rusos tienen un mayor control del espacio aéreo que los ucranianos. Estos últimos, abandonados por Donald Trump, solo tienen una capacidad limitada para interceptar los misiles que destruyen las instalaciones civiles de Ucrania, en particular las centrales térmicas. Rusia cuenta con que el frío congele a la población ucraniana en las ciudades para minar su moral. Hasta ahora, ha sido en vano. Y se acerca la primavera, lo que pone de manifiesto el fracaso de esta estrategia de congelación.
Las guerras rara vez se desarrollan tal y como las imaginan quienes las deciden y, en la mayoría de los casos, tienen poca experiencia militar. Solo al término de los conflictos se pueden extraer lecciones. Este conflicto aún no ha terminado, pero las primeras lecciones ya son evidentes. La primera, bien conocida por los historiadores desde la antigüedad, es que un ejército solo vale por la moral y la libertad de acción de que disponen los militares. Por parte ucraniana, se anima a cada soldado a mostrar iniciativa y desarrollar su propia estrategia. En el bando ruso ocurre lo contrario: los hombres son enviados al matadero.
Una segunda lección, derivada de la primera, es que los soldados solo luchan si sienten que su causa es justa. En Ucrania, este es el caso. Esto confirma que, en cualquier conflicto entre la democracia y la autocracia, la democracia, tarde o temprano, acaba imponiéndose: la derrota anunciada de Putin es una derrota del despotismo más que una derrota de Rusia. Tercera lección: hoy en día, ninguna arma es más decisiva que otra. Se imaginaba que Rusia, potencia nuclear, demostraría sobre el terreno su superioridad técnica. Pero el papel ahora determinante de los drones ha anulado la ventaja de Rusia. Esto será válido para cualquier conflicto futuro, ya que cualquier nación es capaz de equiparse con drones, un arma barata y fácil de manejar. De ahí se desprende otra lección: quien gana es quien innova. Los ucranianos han demostrado su capacidad de innovación al aprovecharse de las fallas del pesado sistema militar ruso. Esto también será válido para las guerras presentes y futuras.
Por último, una característica de las guerras contemporáneas es que no tienen un principio ni un final, ni un verdadero vencedor, ni un vencido irremediable. Ya se trate del conflicto entre Rusia y Ucrania, que dura más de diez años, o del Oriente Próximo, Libia o África Central, ya no es posible, como antes, enmarcar los conflictos con una fecha clara de inicio y una fecha clara de conclusión. Estas guerras contemporáneas no tienen ni principio ni fin; se encienden, se apagan y perduran. Llegaríamos a añorar la época napoleónica, cuando un ejército se enfrentaba a otro; el asunto solía resolverse en un día, seguido de un tratado de paz, lo que no impedía que se repitiera unos meses más tarde. Pero entre la paz y la guerra había una frontera clara que permitía a las sociedades organizarse en consecuencia. Este ya no es el modelo actual y la razón por la que los europeos no tienen más remedio que retomar su tradición militar y equiparse en consecuencia, con vistas a los conflictos futuros que puedan o no producirse. Esta perspectiva forma ahora parte integrante de nuestra vida en sociedad y hace indispensable una Unión Europea armada, con o sin los Estados Unidos.