FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • No hay una solución clara cuando volvemos a los temores por la seguridad y empieza a tambalearse el consenso en torno a nuestros fundamentos normativos

Todas las encuestas predicen la más que probable victoria de Trump en las próximas presidenciales estadounidenses, así como un considerable aumento del voto a partidos de extrema derecha en las elecciones europeas. Parece que hemos entrado, así, en un momento populista similar al del año 2016, cuando el magnate se hizo con la presidencia americana y el Brexit desencajó por completo el proyecto europeísta. Lo más extraordinario, sin embargo, no es ya solo que fenómenos similares puedan seguir replicándose ―con Le Pen a las puertas, por ejemplo―, sino que no hayamos encontrado los instrumentos necesarios para contrarrestarlos. Es más, muchas de las propuestas de dichos grupos van calando cada vez más en los partidos conservadores del continente y también en algunos socialdemócratas, como atestigua el giro del Partido Socialista danés en la cuestión migratoria. O incluso en partidos de extrema izquierda, como en la tan prometedora escisión de Die Linke alemana liderada por Sahra Wagenknecht. Una opción ideológica se desvanece y se busca insuflarle algo de vida recurriendo al arsenal dialéctico de su supuesto gran opositor. Si, como afirmaba Gramsci, la clave para el éxito político es la búsqueda de la hegemonía en el discurso, no cabe duda de que la extrema derecha no está errando en su estrategia, al menos en todo lo que hace a la supuesta “invasión migratoria” y a la demonización de la política establecida.

Si esto es así, como digo, es porque algo falla en los intentos por emprender una adecuada defensa de lo que venía siendo hasta ahora el campo ideológico que sostenía los elementos liberales de la democracia. El acierto estratégico de los populismos consistió en presentar a todos sus rivales como un conjunto indiferenciado frente al cual se erigían como la única alternativa, como los auténticos representantes de los intereses nacionales. La simpleza de sus consignas facilitó el establecimiento de una política tribal, emocionalizada y casi exclusivamente identitaria. Frente a ella, sus adversarios se presentaban o bien como meros gestores de un complejo entramado sistémico, o ―sobre todo en las versiones de la izquierda woke―, como defensores de un identitarismo fraccionador y divisivo. No nos engañemos, en estos momentos de retorno de la realpolitik la identidad nacional no tiene rival. Más aún cuando los que tiene enfrente se enredan también en particularismos de diverso signo y compiten entre sí por hacerse un hueco en el mercado electoral o, llegado el caso, cuando su anterior abominación retórica de los populistas se trasmuta en aceptación cuando los necesitan para acceder al gobierno. Y esto último no hace más que reforzar la idea de que, en efecto, no les guían los principios de los que tanto presumen, sino el bendito poder. Otra vuelta de tuerca en la desconfianza hacia la política democrática.

¿Qué hacer entonces? No hay una solución clara cuando por doquier se reduce la autonomía de lo político, cuando volvemos a los temores hobbesianos por la seguridad y empieza a tambalearse el viejo consenso en torno a nuestros fundamentos normativos. Y este es el factor decisivo. No en vano, lo que nos produce el rechazo de estos movimientos es su dimensión iliberal. Pero, ¿hay alguien ahí que de verdad defienda la necesaria pervivencia de los elementos liberales de la democracia? Mi impresión es que se perciben cada vez más como un estorbo que como el verdadero presupuesto de todo gobierno democrático.