- Sánchez dobla la rodilla ante Mohamed VI la pleitesía que le niega a Felipe VI deambulando del «manual de resistencia» al del «perfecto agachado»
Cuando Leopoldo Calvo Sotelo comunicó el 25 de febrero de 1981 en su investidura, su intención de adherir a España a la Alianza Atlántica, lo que materializó en mayo de 1982 con el «no» de un PSOE que rectificó referéndum mediante, fueron muchas las presiones de Estados comunistas y no alineados –su marca blanca– para que desistiera. Por eso, cuando el ministro José Pedro Pérez-Llorca, recibió la solicitud de un encuentro por parte de la diplomacia china se lo tomó a cuenta de inventario. Sin embargo, la sorpresa del «zorro plateado» fue morrocotuda al trasladarle Pekín que veía con buenos ojos el ingreso en la OTAN. En una coyuntura de litigios limítrofes con la URSS, China aplaudía esa resolución y lo rubricaba con una perla: «Procura llevarte bien con tu confín, pero sin derribar jamás la valla».
Justo en los antípodas de una España que vence su soberanía al vecino imposible del «lejano Magreb de ahí enfrente», en definición del exembajador Alfonso de la Serna, como ejemplifica la última operación marroquí para que 60.000 súbditos, emulando la marcha verde de 1975 sobre el antiguo Sáhara español, invadan Ceuta 48 horas cruzando a nado la frontera española para darle una patada a Sánchez en su talón de Aquiles, que éste ha acusado con servil sumisión de quien ha colocado la Moncloa bajo pabellón marroquí. De ahí que, en lugar de llamar a consultas a su embajadora, Albares citara a capitulo al embajador italiano por querer restringir a España el libre tránsito europeo por el descontrol de la frontera meridional del Viejo Continente.
Es más, el presidente felicitaba al invasor por replegar a su milicia de mojaítos a los 48 horas, lo que redunda en la idea de que no fue como esgrime el Ejecutivo cosa de mafias, salvo que incluya entre ellas al régimen alauita, porque nada sacaban con ello y, desde luego, difícilmente podían retrotraer a sus lugares de procedencia a estos descamisados. Atendiendo al clásico «cui prodest?» («¿A quién beneficia?»), se trata más bien de un autohomenaje que, a costa de más de setenta muertos, se dio Mohamed VI en la efemérides de su entronización. Solo un Estado puede lanzar 60.000 personas sobre una ciudad de 85.000 en tan poco tiempo y, una vez universalizado el mensaje que pretendía trasladar, ordenar su retorno como en 2021 –entonces fueron unas 8.000– a raíz de que sus servicios secretos descubrieran que el líder del Frente Polisario, Brahim Gali, se hallaba de tapadillo en un hospital de Logroño para recibir asistencia estando en busca y captura por la Justicia española.
No es fácil, desde luego, ser amigo con Marruecos. Para Rabat, lo importante no es si se avanza poco o mucho en su expansionismo, sino en persistir hasta cobrarse, luego del Sáhara tras hackear el móvil de Sánchez y el de varios ministros, el pagaré de Ceuta y Melilla con aliados de la solvencia de EE.UU. e Israel desde que, tras suscribir los pactos de Abraham de 2020, Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y Tel Aviv reafirmó sus lazos con Rabat. En cuanto Sánchez puso patas arriba la política exterior en 2021 para retomar la estela de Zapatero con Venezuela y China, EE.UU. e Israel han cesado de promediar a uno y otro lado del Estrecho inclinándose por la reivindicación marroquí de la «descolonización» de dos ciudades españolas desde 1497 (Melilla) y 1668 (Ceuta), esto es, previo al existir de Marruecos. Con EE.UU. e Israel armando y proveyendo programas espías al régimen alauita, amén de arroparlo en foros internacionales, y con Sánchez puesto en la picota por sus socios europeos, España navega a la deriva con un timonel sujeto a los embates de su vecino expansionista y de sus socios separatistas.
No verlo es de ciegos aunque haya quienes finjan su ceguera imaginando que la operación de Ceuta carece de general evocando cuando Günter Schabowski, portavoz de la Alemania Oriental comunista, anunció confuso el 9 de noviembre de 1989 una nueva normativa para marchar al extranjero precipitando la caída del Muro de Berlín aquella noche. A nadie escapa que esta provocación es inseparable de la estancia del pasado 20 de julio de Sánchez en Argelia para recoser los tratados bilaterales rotos tras modificar España su postura sobre el Sáhara Occidental y conceder la nacionalidad a más de 70.000 saharauis nacidos cuando era provincia española, así como a sus familiares.
A medida que Sánchez premia los chantaje de Marruecos, más intemperante se muestra la Monarquía alauita al fiar la seguridad de Ceuta y Melilla al humor de Mohamed VI al que su carta otorgada reserva el rol de valedor de la «auténtica integridad territorial» del reino hasta retratar a los presidentes españoles con el mapa al fondo del «Gran Magreb» –el territorio que Marruecos considera propio y que abarca el sur del Sáhara, Canarias, Ceuta, Melilla y parte de la Península–, o con la bandera española con el escudo boca abajo que, en el lenguaje militar, significa «plaza tomada o sitiada». Sánchez, empero, comulga con ruedas de molino con tal de ir tirando –su política se sustancia en vivir al día– sin importarle que su vasallaje hipoteque irreversiblemente los intereses de España.
Una vez le ha servido a Marruecos el Sáhara en bandeja de plata, pronto abrirá atajo la doctrina sobre Ceuta y Melilla del que fuera asesor del expresidente Zapatero, el diplomático Máximo Cajal, quien armó en su día una notable tremolina al auspiciar, «cualquiera que sea su modalidad y plazo, la definitiva marroquinidad de ambas plazas». En su libro Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar: ¿dónde acaba España?, propugnaba entregar Ceuta y Melilla a Marruecos al entender que eran «una afrenta permanente a la integridad territorial del país colindante sin que quepa al respecto invocar el argumento de sus respectivas poblaciones». «El destino futuro de Ceuta, Melilla, los peñones de Alhucemas y de Vélez, y de las Chafarinas viene impuesto –añadía– por la Geografía, como sucede con Gibraltar, pero sobre todo por el imperativo ético que corresponde a un nuevo concepto del orden internacional».
Por desgracia, Sánchez dobla la rodilla ante Mohamed VI la pleitesía que le niega a Felipe VI deambulando del «manual de resistencia» al del «perfecto agachado» que describe el sociólogo Saka Tong, japonés de nacimiento y criado en México, ofreciendo como consejo para salir ileso fingir no darse nunca por agraviado. De ahí que Sánchez exonere a Marruecos y asegure que es un socio absolutamente fiable que no entraña amenaza alguna para Ceuta ni para España, pese a violentar la unidad de España por quienes vitoreaban «¡Viva Pedro Sánchez!» al modo de «¡Viva Zapata!».
Pero Sánchez, dándole la vuelta a los versos de Lorca, es blando con las espuelas y duro con las espigas. De esa guisa, en medio de una gran crisis nacional, no sólo Ceuta, sino también España en su conjunto son plazas de soberanía con quien se pone a tocar la lira como Nerón compartiendo con sus seguidores de Instagram sus canciones del verano mientras goza de vacaciones de sultán en La Mareta. En ese brete, todo aventura que Mohamed VI o su heredero recorrerán las calles de Ceuta y Melilla antes que Felipe VI, quien lo tiene vedado por el Gobierno del cortesano del rey de Marruecos, pero que sí anduvieron don Juan Carlos y doña Sofía en 2007, pese a su alegato –mediante un mensaje, no en una alocución como era menester– a preservar Ceuta. Supondría tener que asumir en primera persona una papeleta como la de su padre cuando, en funciones de Jefe de Estado por la agonía de Franco, hubo de afrontar la pérdida del Sáhara tras aquella marcha verde encabezada por un enorme retrato de Hassan II y una no menor enseña estadounidense.
Es tal el deterioro y la carencia de decoro, que ahora ni siquiera hay cartas para jugar de farol como Adolfo Suárez con Hassan II cuando participaban en una cacería con el Rey de España. Al aventurar alguna teoría sobre la monarquía parlamentaria que el ilustre huésped encajó malamente, lo que le impulsó a dar un órdago a la grande deslizando que podría conquistar Ceuta y Melilla, aquel chuletón de Ávila no se anduvo con rodeos: «Es posible que, en un ataque sorpresa, sea difícil defender ambas plazas, pero sepa que nuestros Ejércitos bombardearían Rabat y Casablanca». Hassan replicó estupefacto: «Ustedes no harían eso», a lo que su interlocutor apostilló: «En nuestros planes estratégicos, todo está previsto, Majestad». Genio y figura, desde luego, pero al menos daba la impresión de existir alguien dispuesto a tirar del otro lado de la cuerda oponiendo aguante.