- Al final, todo se reduce a estar con los Estados Unidos o con China y un demócrata no debería dudar
Es verdad que algunas decisiones y no pocas palabras de Donald Trump son confusas, contradictorias o directamente provocadoras, muy en la línea habitual de un personaje que lo mismo recubre un gran plan geopolítico con una chulería, bien para lograr toda la atención y poner el asunto en primer plano del foco mundial, bien por darse un gustazo ciertamente bochornoso; que se permite una decisión frívola y alocada en asuntos menores.
Pero nada de eso, y mucho menos los gritos desesperados del chavismo descarado o light que recorre Hispanoamérica y la propia España, camuflado de una supuesta defensa de la legalidad internacional que les importa un bledo, anula la evidencia feliz de que América ha librado al mundo de un dictador, de que su perverso régimen está más cerca de caer, de que su impacto mundial gracias a sus alianzas con China, Rusia o Irán ha quedado cortocircuitado y que sus vecinos ideológicos han puesto sus barbas a remojar.
Las consecuencias de esa brillante operación son de una magnitud tal que pretender que, a los cinco minutos de ejecutarse, todo esté resuelto, la democracia restituida, la paz garantizada y el Gobierno legítimo de María Corina Machado reconocido, es de una clamorosa ingenuidad en la que muchos han caído, incluido un servidor.
La realidad, aunque con el subidón de adrenalina democrática esperáramos lo mejor y de inmediato, es que desmontar una feroz dictadura inmersa en un eje internacional con perversas aspiraciones hegemónicas, es que nada de esa dimensión puede imponerse de un día para otro.
Y la realidad, también, es que para lograr el objetivo es probable que haya que incluir en la dieta algún sapo de proporciones tan inmensas como permitir que Delcy Rodríguez y los generales, miembros todos del Clan de los Soles, ostenten un poder intervenido por un tiempo perecedero pero sin fecha conocida de caducidad.
Descontaminar el chavismo requiere de la colaboración de quienes incluso lo intentaron perpetuar, al menos en las dosis necesarias para contrarrestar las fuerzas involucionistas que aspiren a mantener el sistema aun sin su cabecilla: esa colaboración puede ayudarles a librarse del camino penal de su jefe, nunca para mantener una versión edulcorada del mismo régimen con un supervisor en Washington que tutele aquellos intereses económicos americanos estratégicos y mire para otro lado en todo lo demás.
La nula beligerancia de la oposición venezolana a la hoja de ruta de la Casa Blanca y la claridad de Marco Rubio al respecto del horizonte soberano y democrático de Venezuela merecen mucha más atención que las frases gruesas y las urgencias del resto: si hay que decepcionarse en el futuro porque al final todo queda en la vieja historia del Gatopardo y esto va de que Trump tenga un protectorado ajeno a los derechos humanos, tendremos tiempo.
Ahora toca confiar en las intenciones finales de una gran democracia que, en un mundo agitado en el que China quiere dominar, es la única esperanza de que no lo consiga.
Porque no nos engañemos: todo va de quién es el patrón para los próximos siglos, y cada episodio venezolano, ruso, africano, palestino o groenlandés forma parte de un pulso mayor que decantará la balanza o al menos la fortaleza del segundo clasificado para no ser demasiado sometido por el primero.
Y si ése es el marco, cada uno debe retratarse. Unos lo hacemos encantados con la detención de un dictador cruel y, más allá de eso, con la idea práctica y romántica de que América siga siendo el imperio más benévolo de la historia y encuentre la manera de recuperar su confianza en una Europa hoy inane pero siempre necesaria.
Y otros, los que se olvidan de la «legalidad internacional» cuando Pedro Sánchez regala el Sáhara a Marruecos o Putin invade Ucrania y ahora la exigen para defender a un criminal, también se retratan a su manera: la de Sánchez, auxiliando una vez más al chavismo y poniéndose al lado de los populistas latinos, después de muchos años blanqueando a una dictadura y algunos menos, pero también muy evidentes, cortejando y dejándose cortejar por China.
A América siempre se le podrá reconvenir, desde la confianza en su alma democrática, cuando las tormentas de la historia golpeen en la costa de nuestras vidas. A China y a todos sus satélites tiránicos, no. Aunque todo es muy complejo, saber dónde se quiere estar es bien sencillo. Con los buenos, básicamente, aunque no sean perfectos.