Gabriel Albiac-El Debate
  • Los políticos españoles se dividen en dos categorías: delincuentes probados y delincuentes por probar. A eso deben asomarse las buenas gentes ante las urnas. Es triste, sí. Es lo que hay

En el umbral de un cambio de siglo que lo era también de milenio, tuve el capricho de alzar reseña de lo obvio: que el siglo que acababa –y que, ya sin remedio, sería el nuestro– fue la era de un solo proyecto, la escenificación del destino humano bajo arquetipo de batalla final entre dos iglesias mundanas: que a sí mismas se daban nombre de «izquierda» y «derecha». Y el consiguiente advenimiento, tras su resolutiva hecatombe, de una era celestial, depurada de conflictos mortíferos.

Había estado en juego, sí, a lo largo del no despreciable período que va entre 1905 y 1989, la erección de aquella religión nueva que, sin saberlo, recuperaba, en lengua modernísima, el apocalíptico catecismo que, en el Imperio Sasánida, predicara un santón gnóstico llamado Manes: el sincretismo extremo de quien, viéndose a sí mismo como Paráclito, amalgamaba platonismo tardío con cultos zoroástricos; y cristalizaba todo en una cosmología dual de la guerra inextinguible entre el principio de la claridad y el de la negrura. La luz y la oscuridad habrían entablado su combate en el inicio mismo de la creación. Y la promesa de victoria final del fulgor sobre las sombras era profetizada a los hombres puros como único sentido de sus vidas. Porque el sentido, al final, debe vencer siempre.

Toda esa fe neo-zoroástrica, reconvertida en asalto a los cielos de este mundo, fue sepultada, en el Berlín de 1989, por el derrumbe de un muro que era muchísimo más que una pieza de cemento. Que era el alma letal del siglo veinte.

Al mandar a la imprenta aquel libro mío, que explícitamente llamaba a «pensar contra la izquierda y la derecha», temí que fuera tachado de obvio. Para mi sorpresa, lo fue de ofensivo. «Izquierda y derecha», que eran ya solo amarga irrisión en el resto de Europa, seguían constituyendo en España una teología. Al margen de ella, ninguna supervivencia era tolerada. Decirse ajeno a las teatrales poses que su juego repartía sobre la escena exigía abandonar las tablas del teatro. Y contentarse con mirarlo desde lejos. Y a ratos sonreír y a ratos enojarse. Y nunca avenirse a gesticular con los farsantes. Y siempre saberlos a un paso muy tenue del delito.

Un cuarto de siglo ha pasado. Fosilizados en aquello que fue dogma homicida y que hoy se corrompió en metáfora, los españoles parecemos caminar, unánimes, hacia el despeñadero. Como zombis. Todo himno hecho alarido a voces destempladas. Toda épica vuelta en bandera que restalla sobre el vacío de nuestras huecas bóvedas craneanas. En las que hay solo consignas de hace un siglo. Y no queda ya sitio para alojar una idea. Vivimos en un pasado necrófilo y ni siquiera nos paramos a sospecharlo. Y, orgullosos, soñamos estar librando el combate hacia la salvación. Y no sabemos sospechar siquiera que nos adentramos solo en la pesadilla.

Esclavos de ese sueño, ni siquiera parece pasar por las mentes de nadie el impagable servicio que los adversarios del gansteril gobierno en ejercicio prestan al padrino de la Moncloa, al erigirlo en paradigma carismático de una mitológica izquierda que solo existe en las fantasías inducidas por despóticas pantallas. Y que tal ficción es lo único que le permite acunarnos en esta escena fabulada de un mundo apocalíptico que ya no existe, que perdió toda consistencia hace más de medio siglo. Y, al abrigo de la escenografía que envenenó los años treinta del siglo veinte, llamar a una batalla que dicen política y que es tan solo delictiva. Y, así, poder exhibirse como profetas de un progreso que tan solo lo es de sus propias cuentas corrientes.

Los políticos españoles se dividen en dos categorías: delincuentes probados y delincuentes por probar. A eso deben asomarse las buenas gentes ante las urnas. Es triste, sí. Es lo que hay. De eso tomaba nota mi libro Desde la incertidumbre. Hace un cuarto de siglo. Nada ha cambiado. Lo lamento.