ABC 19/11/13
JUAN CARLOS GIRAUTA
· Para que la preservación del recto relato de los hechos sea posible, algunas decisiones tendrían que venir a apuntalar la razón de la democracia
La excarcelación de una tropa de sacamantecas antes de la fecha que el Supremo y el Constitucional habían previsto –y con ellos la mayor parte de la sociedad española, y por supuesto las víctimas–, está provocando daños que podrían ser irreparables. Daños a las víctimas de los beneficiados, por razones obvias; daños al resto del colectivo por la lógica empatía; daños en el proceso intelectual y moral de creación de sentido, al desdibujarse el único relato admisible sobre el terrorismo en España; daños a la cohesión de las bases y votantes del Partido Popular por deterioro de valores que ellos consideraban definitorios; daños a la credibilidad del gobierno Rajoy, acusado (sin pruebas) por José María Aznar de seguir la «hoja de ruta» de Zapatero, los compromisos con la ETA. Algunos de estos daños tiene reparación; otros, no.Sé por el presidente de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas que la excarcelación de Domingo Troitiño, uno de los autores de la masacre del Hipercor en Barcelona, ha reabierto las heridas de personas que necesitaron tratamiento psicológico durante años y que hoy lo vuelven a necesitar. Para ellas, lo sucedido desde la sentencia de Estrasburgo es una prolongación de la mortífera onda expansiva desatada el 19 de junio de 1987, que dejó 21 muertos, 45 heridos, incontables traumatizados y un largo olvido de las autoridades catalanas solo recientemente corregido. No podemos evitar estas nuevas punzadas del viejo dolor, ni las que sufren los familiares de los jóvenes guardias civiles asesinados en la plaza de la República Dominicana de Madrid por el otro Troitiño, Antonio, que accionó el explosivo. Pero sí podemos dar nuestro calor a las víctimas, recordarles que no están solos, explicarles que jamás nos olvidaremos de ellos, honrarles, escucharles, condolernos. Esto vale para todo el colectivo de las víctimas, que se han ganado el derecho a manifestar su dolor y su opinión en los términos que consideren oportunos, sin que a ninguno de nosotros nos asista el de poner sordina a sus palabras o retirar sus pancartas. A las víctimas, altavoces y respeto. Punto.