Editorial-El Correo
- Descorazona que PSOE y PP, interpelados por el ‘caso mascarillas’ y la ‘trama Kitchen’, vean con tanta nitidez la gangrena ajena y no la propia
La coincidencia de dos juicios de la envergadura de los que sientan en el banquillo al exministro de Interior del PP Jorge Fernández Díaz por la ‘trama Kitchen’ y al que fuera titular de Transportes del PSOE José Luis Ábalos cristaliza el mal que puede encarnar la corrupción germinada en las entrañas del Estado. Tanto a Fernández Díaz como a Ábalos, junto al resto de imputados en ambos procedimientos, les asiste la presunción de inocencia, que se acreditará o no tras el contraste de las pruebas recopiladas en sus respectivos sumarios, el desfile de testigos -entre ellos y por ‘Kitchen’, el expresidente Mariano Rajoy- y las declaraciones de los procesados. Pero lo que ambas instrucciones judiciales han hecho aflorar ya es la existencia de conductas presuntamente delictivas que apuntan a dos demoledores episodios de corrupción institucional de distinta naturaleza.
La supuesta utilización de una mal llamada ‘policía patriótica’ y de fondos públicos reservados para neutralizar los secretos contables que el extesorero del PP Luis Bárcenas -condenado a su vez por prácticas ilícitas- podría esgrimir contra el partido entonces dirigido por Rajoy y Dolores de Cospedal remite a una podredumbre intolerable en un Estado democrático. El ‘caso mascarillas’, primer juicio a la red que nació con el nombre de Koldo García, describe una vieja fórmula de enriquecimiento personal amparada, en este caso, en la influencia del entonces ministro Ábalos y con el agravante de haberse beneficiado de la angustia social por la pandemia.
El PP de Núñez Feijóo no puede cargar con las eventuales responsabilidades contraídas por el PP de Rajoy, pero esto no exime al partido de anteponer la obligada limpieza de la democracia a la preservación de los intereses propios. Los populares no han de limitarse a levantar una trinchera frente al señalamiento por parte de sus rivales, sino que deben construir un nítido cordón sanitario frente a comportamientos deleznables. En la otra acera, el Gobierno y el PSOE no pueden eludir que Ábalos fue el escudero del presidente, ni el desdoro retrospectivo que implica que Pedro Sánchez llegara a La Moncloa sobre una moción de censura galvanizada por la ‘Gürtel’ y argumentada por el exministro hoy enjuiciado. Descorazona que los dos grandes partidos vean con tanta nitidez la gangrena ajena y no la propia. Y que no asuman que la corrupción, sea pasada o presente, no permite escapatoria.