Manuel Marín-Vozpópuli

  • El PP y especialmente Vox temen una fuga de votantes por la derecha favorecida por todo tipo de satélites sanchistas. Y por mínima que sea, son votos que restarían escaños.

Quien crea que las elecciones generales, se celebren cuando se celebren, serán para la derecha un plácido día de picnic, y quien dé por hecho que los 200 escaños sumados entre PP y Vox están asegurados de antemano, incurre en el más absurdo de los cálculos mentales. La derecha ya cometió en 2023 el error de sostener aquello de “esto está hecho” y de pronosticar que a un sanchismo terminal sólo faltaba fabricarle el epitafio. “Hará lo que sea para continuar… No olvidemos lo que ocurrió en 2023”, advirtió el fin de semana pasado el líder de Vox, Santiago Abascal, en Vozpópuli. En el PP, quizás prematuramente eufórico, hay quien no ha interiorizado aún las decepciones sucesivas en las urnas de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía.

Al PP y a Vox, que al fin han superado el punto de congelación y de desentendimiento absoluto -solo han tardado ocho años de pérdida de tiempo, recursos y energías-, la soberbia electoral y el engreimiento preventivo nunca les fueron demasiado bien. Al revés. Por eso no les conviene ser reduccionistas en esta espera tan ansiosa y agónica hacia las urnas. El temor que ambos partidos puedan tener a una reacción atípica del sanchismo está más que justificada. Los escrúpulos de Pedro Sánchez son como el agua, incoloros, inodoros e insípidos, y eso es lo que tiene la amoralidad en el poder. Pero cualquier eventual convulsión electoral puede no residir únicamente en los pucherazos encubiertos de nietos ficticios, o en el ensayo de incendios callejeros con la manipulación política de una anciana para medir la capacidad de la izquierda para movilizarse. No son solo los vientos desde la izquierda… No. A la derecha de la derecha están ocurriendo cositas raras, muy raras.

El sanchismo ha encontrado en las vendettas y en los odios irreconciliables de la derecha el abono necesario para intentar fragmentar el voto, y que miles de ellos se conviertan en inservibles. Ha encontrado ese abono en el partido de Alvise Pérez, Se Acabó la Fiesta (SALF); lo ha encontrado en Iustitia Europa, un partido cuyo líder, Luis María Pardo, está ávido de micrófonos y cámaras, y es utilizado sin rubor por la izquierda mediática para que logre fraguar y fragmentar el voto en Madrid; y lo ha encontrado en Iván Espinosa de los Monteros, un tipo carismático e inteligente que, por elegancia o por lo que sea -nunca ha querido explicarlo en serio-, se sintió traicionado en Vox y, aunque no ha optado por fundar ningún partido, la política es su metadona. Dice no querer liderar nada y niega que su fundación, Atenea, sea el germen de una formación política. La presenta como una suerte de ‘think tank’ aportador de ideas útiles al debate público y bla bla bla. Pero anda loco por el tema, como a su vez lo busca con ahínco la conservadora liberal Miriam González, reputada jurista y esposa de Nick Clegg. Se les transparenta la política en las venas, la ambición en la mirada, el ego a cada paso, y no engañan a nadie.

¿Qué cositas raras están ocurriendo a la derecha de la derecha? Si el PP era el “socialismo azul” para Vox, el partido de Abascal es una simple derechita verde domesticada para Iustitia Europa, por ejemplo. O no es lo suficientemente antisistema para los fanáticos de Alvise Pérez. Luis María Pardo anda a bofetadas virtuales con Abascal y viceversa, y se les nota demasiado. Pardo es un abogado que logró prosperar tras haber ejercido como taxista y como guardia civil. Proviene de la base. No es un rancio heredero revenido y envuelto en gomina y pulseritas, algo que Iustitia atribuye a muchos dirigentes de Vox como parte de su impostura política, y nadie le regaló sus estudios. A base de canutazos y de una imagen rígida de corbata permanente se ha fraguado una iconografía de azote de la corrupción y de luchador contra el sistema bipartidista del 78. Lo mismo que Podemos en 2014, pero al revés. Y quiere que se le note que la derecha auténtica, la fetén, es él. Se presentó a las elecciones europeas en 2024 y logró 27.407 votos. Inútiles a cualquier efecto electoral, pero le permitieron darse a conocer. A ello sumó sus múltiples apariciones como acusador en procesos penales contra la corrupción de PSOE y PP. Habla de un “reinicio moral” de España, de “superar el régimen del 78”, de una “reforma constitucional” (es de suponer que para derogarla de facto), y de la “despartidización (sic) del Estado”. Su ampuloso lema se basa en esta máxima: “Los gobiernos globales y corruptos, el aumento del control social y la dominación por parte de unas élites involucradas en negocios globales son los que toman las decisiones, unas decisiones que nos merman la libertad y la soberanía nacional”. Y además es profundamente crítico con el Gobierno de Israel, al punto de que la organización Acción y Comunicación sobre Oriente Medio se querelló contra él y su formación, acusándole de incitación al odio contra los judíos y de difundir discursos de carácter antisemita. Él, desde luego, lo niega. Pero su animadversión es elocuente.

Se Acabó La Fiesta nace como una alternativa radical a cualquier modo de derecha conocida. Alvise es un iconoclasta con un discurso subversivo que ha crecido al calor de fanáticos de las redes sociales. Se fabricó una imagen de destructor irreverente del sistema y probó suerte en las europeas de 2023, como antes hicieron otros advenedizos y frikis de la derecha profundamente odiadora del comunismo y el socialismo tipo Ruiz-Mateos o Jesús Gil. Populismo por arrobas, discursos insultantes e incendiarios, carencia de complejos y el mundo por montera con soflamas sin calado político real. De nuevo, la percha del verdadero garante contra la corrupción, contra el sistema de partidos, contra la delincuencia, contra la inmigración de todo tipo, contra el multilateralismo en un planeta repleto de complejos, y un concepto de la soberanía nacional no especialmente definido más que en lo emocional. Un español con dos cojones y punto. Eso le bastó para obtener el 4,58 por ciento de los votos en los comicios europeos, una cifra nada desdeñable si se equipara con Sumar, que logró el 4,67. Los 800.763 votantes de Pérez le dieron un euroescaño. Y después, en las elecciones de Aragón, por ejemplo, logró 17.983 votos, suficiente para restar un escaño a Vox o al PP. Sirva como elocuente el dato de que Podemos obtuvo poco más de 6.000 votos en esas elecciones, y el PAR apenas superó los 8000.

Pérez, en cualquier caso, lleva acumuladas seis causas penales en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, alguna de ellas por corrupción. En concreto, por la financiación ilegal de SALF. El pasado 1 de julio, el Tribunal Supremo incoó una nueva causa especial al eurodiputado para que sea investigado por un delito de desorden público, tras unas publicaciones que hizo en su canal de Telegram relacionadas con unas protestas agrícolas en febrero de 2024. Hoy, Alvise Pérez dispone de  144.200 seguidores en la red social X, de 492.000 en Facebook, de 600.900 en Telegram, de 334.000 en Youtube, y de 527.000 en Tik Tok. Son cifras nada desdeñables… y amenazantes para el PP o para Vox.

Sencillamente, el PP y especialmente Vox temen una fuga de votantes por la derecha favorecida por todo tipo de satélites sanchistas. Y por mínima que sea, son votos que restarían escaños. Temen, en definitiva, que Sánchez potencie a la ‘ultra-ultra derecha’ para darles dimensión, aumentar su grado de conocimiento público y fomentar su implantación electoral de manera definitiva. Diversos sondeos atribuyen a Vox en torno al 18 por ciento de los votos en unas elecciones generales, y al PP, alrededor del 34 por ciento. Restarles por la base, reducir el voto de Vox hasta el 15 por ciento por ejemplo, podría implicar una pérdida “común” de un número relevante de escaños que en ningún caso obtendrían ni Iustituia Europea ni SALF. ‘Qui prodest?’. ¿A quién beneficia de nuevo una derecha a bofetadas?