Pedro J. Ramírez-El Español

La noticia llegó en plena reunión del Emérito de Podemos con Echenique y «las Melli». Ellas no lo saben, pero así es como llaman a Irene Montero y Ione Belarra sus compañeras de Gobierno. «Las Melli»: «las Mellizas».

Como de costumbre, el orden del día que les reunía bajo un retrato de su benefactor, Jaume Roures, caracterizado como el Joker, constaba de dos puntos: 1º) Cómo fastidiar a Pedro Sánchez. 2º) Cómo hundir a Yolanda Díaz. No ha quedado acreditado que en esta ocasión el presidente y la vicepresidenta estuvieran representados por muñecos de vudú a los que les clavaran alfileres.

Un rictus de estupor pintó sus cuatro semblantes. ¿Cómo? ¿Que el discurso que leerá Tamames el martes se ha filtrado a un medio nada sospechoso de afinidad con Vox y cualquiera puede ya consultarlo, descargarlo, subrayarlo, refutarlo y ridiculizarlo online?

El diagnóstico fue común: una cosa es ser facha o prestarse a parecerlo y otra llegar a esa degradación en la chapuza. Lo único importante, o al menos lo más importante, en una moción de censura en la que no salen las cuentas, es el factor sorpresa. Coger al enemigo a contrapié al presentarla y, sobre todo, deslumbrar a la opinión con un discurso inesperado. O sea, lo que tú, Pablo, hiciste en junio del 17.

«Las Melli» y Echenique se explayaron entonces en la evocación de la gran intervención del hoy Emérito, cuando sentó como premisa aquel «Si amas a tu país, debes conocer su historia». Y cuando fue haciendo extensiva su moción de censura contra Rajoy a los Borbones, uno a uno, al Marqués de Salamanca, a los turnistas Cánovas y Sagasta, a Silvela, a los dictadores Primo de Rivera y Franco Bahamonde, al asesinado Calvo Sotelo y al propio Fraga, padre de la Constitución de la que surgió el «régimen del 78».

—¿Te acuerdas del escalofrío que sacudió a la bancada de la derecha cuando hablaste de «toda la sangre azul que envenena el cuerpo de la patria»?

—¿Y de la cara que pusieron cuando fustigaste a «las élites extractivas» que habían ido trenzando la «trama nacional patrimonialista»? Todo el mundo le entendió: era la moción de censura del 15-M.

—Bueno, reconoceréis que lo de la «moderna autocracia absorbente» de Tamames, tampoco está mal.

—Venga, ya. No vas a comparar… Si hasta el director de EL ESPAÑOL tuvo que reconocer que en el discurso de Pablo estaba todo el linaje de la verdadera izquierda, pasando por el gaditano «Robespierre Español», por Romero Alpuente que decía que «la guerra civil es un don del cielo», por Riego y Torrijos (héroes y mártires), por Roque BarciaSixto CámaraMateo MorralNekens o el vitriólico Bonafoux.

—Es verdad. Al leer los dos discursos te das cuenta de que la reputación intelectual de Tamames está muy sobrevalorada. Su texto es un pastiche desordenado, no hay hilo conductor, no hay relato.

—Sí, todo muy frondoso. Y de repente te saca lo de los bosques. Ramón de los Bosques… el abuelo de Robín de los Bosques.

—Porque para «culto a la personalidad» el suyo. Debería poner como subtítulo del discurso «la decrepitud del macho Alfa» o «el heteropatriarcado a los 90».

«Tamames, terco como una mula al acarrear su vanidad, ha preferido este final de partida y en el pecado vive ya una cruel penitencia»

—Bueno, no seáis malas. Con que Tamames está trasnochado y casi todo lo que dice chirría con el mensaje de Vox, ya contábamos. Lo único inesperado es que fueran tan tontos que le dejaran ir repartiendo el discurso con diez días de antelación. Eso no estaba en el guion. Y es una gran putada.

—¿Tanto como para que tener que cambiar de estrategia?

—Mirad, siempre que nos atizaban con la cita de Ortega sobre los «payasos» y los «jabalíes», lo que me preocupaba no era que nos vieran con colmillos, pero sí con zapatones y nariz postiza.

—Claro, es lo que dijo Tarradellas, «en la vida se puede hacer todo, menos el ridículo».

—¿Y qué arreglo tiene ahora esto, Pablo?

—De momento lo único que se me ocurre es que habléis con el compañero Tezanos para que en el CIS que sale el viernes le dé un pequeño chutecito a Vox. Incluso aunque sea a costa nuestra… que los ponga de terceros, que no se nos vengan abajo.

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Naturalmente yo no estaba delante y la transcripción es apócrifa. Es probable que las palabras fueran otras, pero no el sentido de la reflexión. Cuarenta y ocho horas antes de su inicio la moción de censura ya está amortizada.

Lo ha reconocido su propio Svengali: «Nos han chafado el espectáculo», ha reconocido Dragó, admitiendo implícitamente la motivación circense que le llevó a hipnotizar en la marisquería aquella a Abascal y Tamames para que actuaran de manera grotesca en contra de sus intereses.

«No lo hagas, Ramón». Se lo dije yo, se lo dijeron sus mejores amigos y han acabado diciéndoselo sus discípulos. Todo en vano. Érase un hombre a un ego pegado, érase un ego superlativo, érase un ego sayón y escriba. Como al protagonista de la ópera de Shostakovich que triunfa en el Real, más le valdría haber perdido esa ‘nariz’.

Pero Ramón, don erre que erre, terco como una mula al acarrear su vanidad, ha preferido este final de partida bajo el resol de marzo y en el pecado vive ya una cruel penitencia. Lástima que ninguna disposición parlamentaria permita que el diputado Zamarreño presida el esperpento con su barba valleinclanesca.

«Al PSOE no le viene bien, de cara a la polarización que anhela, que Abascal y Tamames hagan el ridículo»

De Ramón a Ramón, pasando por Ramón. Más que crónica parlamentaria el martes tocará hilvanar greguerías. Si yo fuera votante de Vox, promovería una moción de censura interna contra Abascal por enfangar así la imagen del partido.

Al PSOE no le viene bien, de cara a la polarización que anhela, que Abascal y Tamames hagan el ridículo; pero el protagonismo y el aura de seriedad y solvencia que por vía de contraste adquirirá Sánchez, le compensará con creces. El otro gran beneficiado será el PP. Feijóo ni siquiera necesitará estar en la sala para que la pupila del voto útil, descarriado en Vox, le enfoque continuamente.

Por eso, el gran damnificado de este descalabro del otro extremo con el que se toca va a ser Podemos. Y sin cataplasma o consuelo alguno que aplicarse. ¿Cómo volver a hacer sonar las alarmas de la «alerta antifascista» si a la primera de cambio los peligrosos reaccionarios se convierten en torpes clowns que terminan dando lástima a fuer de risibles?

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Este análisis puede parecer contracultural e incluso surrealista, pero es hora de desvelar la agenda oculta de nuestros populistas de cara al ciclo electoral. Digámoslo claramente: Pablo Iglesias quiere que en diciembre la derecha desaloje a Sánchez de la Moncloa y yugule toda pretensión de Yolanda Díaz de apoderarse del actual espacio de Podemos.

Pero no puede ser cualquier derecha. Tiene que ser una derecha tan débil y fragmentada como para tener que incluir a ministros de Vox en carteras con peso político. Es su escenario soñado: un octubre de 1934 con los de Abascal en el papel de la CEDA.

Después de haber llegado a vicepresidente del Gobierno, el revolucionario camuflado hoy bajo el armiño de rey emérito de Podemos ya sabe que tocar de segundo violín en la orquesta del poder burgués no es conquistar los cielos. Si dimitió del cargo fue por la sensación de impotencia ante los límites de una gestión reglada por un marco constitucional que su socio mayoritario no estaba dispuesto a desbordar.

«Iglesias sigue imbuido de ese mito insurreccional que durante el siglo XIX y gran parte del XX corroyó las entrañas de los republicanos españoles»

Él sí que lo está. Por anacrónico que parezca, Iglesias (sin duda la personalidad más fuerte a la izquierda del PSOE desde el inicio de la Transición) sigue imbuido de ese mito insurreccional que durante todo el siglo XIX y tres cuartas partes del XX corroyó las entrañas de los republicanos españoles.

Su plan ya no es cambiar el Gobierno sino el régimen. Pero para ello necesita primero acabar con el PSOE. Y eso le parece asequible a corto plazo. Si ocurrió en Italia, si ha ocurrido en Francia, ¿por qué no en España?

Iglesias piensa que un PSOE como este, que ha renunciado a muchas de sus señas de identidad con tal de mantenerse en el poder, se autodestruiría el día que lo perdiera. Sánchez dimitiría y los barones se apuñalarían en la lucha por los despojos.

Sólo Unidas Podemos podría erigirse en alternativa a un gobierno de Feijóo con Abascal, Ortega Smith y Carla Toscano en el Consejo de Ministros. Y si entramos en una nueva fase de consolidación fiscal, con la Unión Europea y los mercados apostando por las políticas de ajustes y el recorte del gasto social, todo puede ponerse bocabajo en menos que canta un gallo. Un nuevo amanecer para la humanidad, alborearía en España.

Pero sin Vox, Podemos no sería nada. Se quedaría sin enemigo que odiar, sin peligro que combatir, sin motivación existencial, en suma.

Y lo más fascinante es que este esquema también tiene su lectura inversa, de forma que la semana pasada, en pleno desvarío de «las Melli» con la Ley Trans, la prohibición de matar ratas en tu casa o la preocupación de Pam por el número de chicas que prefieren ser penetradas por varones antes que por vibradores, yo podría haber titulado: «Crece la preocupación en Vox por el ridículo de Podemos».

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En realidad, el verdadero fantasma que se cierne simultáneamente sobre Vox, Podemos y los separatistas, es la actual fórmula de gobierno «a la andaluza» encarnada por Juanma Moreno. E incluso la solución madrileña, tal y como a la postre termina ejecutándola Ayuso.

El uno con mayoría absoluta, la otra cada vez más cerca de lograrla, según los sondeos. Pero lo esencial no son los números sino el proyecto y el talante.

De hecho, esta semana ha quedado caracterizada en Andalucía por el histórico acuerdo con los sindicatos y la patronal, en torno a políticas sociales y sanitarias evaluadas en 9.000 millones. Al mismo tiempo, el gobierno de Madrid cerraba el enconado conflicto sanitario con subidas razonables a los médicos.

El 28-M se votará en ambas comunidades en un entorno de paz social y reivindicación del centro liberal como fuente de bienestar. De hecho, si el socialista Antonio Muñoz tiene bastantes posibilidades de repetir como alcalde de Sevilla es porque su estilo es muy similar al del propio Juanma Moreno: ni ofende a nadie, ni amenaza a nadie.

[Editorial: Andalucía marca el camino al resto de España]

Feijóo no pudo decirlo mejor en su importante discurso al constituir la Fundación Reformismo 21: quien gobierne deberá «concentrarse en lo que nos importa a todos, tratando de conciliar distintos puntos de vista», porque «si queremos que nuestro país tenga futuro, es necesario cerrar el capítulo de la confrontación y entrar en una nueva fase de cooperación».

¿Cuál es la traducción electoral? Pues que a menos Vox, menos Podemos. Y a menos Podemos, menos Vox. Y por ambos caminos, mejor España.