Editorial-El Correo
Con su dramático anuncio de que se someterá el día 8 a una cuestión de confianza, el primer ministro francés, François Bayrou, pretende llevar la iniciativa en la grave crisis política y económica que aqueja al país vecino en los últimos catorce meses. El periodo transcurrido desde la decisión de Emmanuel Macron de llamar a elecciones anticipadas en julio de 2024 puede considerarse un precioso tiempo perdido. Si el presidente creyó inevitables aquellos comicios para neutralizar el auge de la ultraderecha, su gestión de los resultados, con la bendición de un Gobierno conservador en minoría, entregó a Marine Le Pen la llave de la gobernabilidad. La líder de Reagrupación Nacional tardó tres meses en dejar caer a Michel Barnier. Y en el último medio año salvó a Bayrou de ocho mociones de censura. Todo indica que no volverá a hacerlo.
A través de su primer ministro, Macron, en el poder desde 2017, insiste en trasladar a la oposición de izquierda y de derecha la responsabilidad de resolver la complicada situación financiera de la segunda economía del euro: una deuda del 114% del PIB, solo superada en nuestro ámbito por Grecia e Italia, y un déficit del 5,4%, casi el doble del que exige la UE. Pretende que el conjunto del espectro político otorgue la confianza a Bayrou para, después, «negociar» los Presupuestos para 2026. Unas Cuentas que incluirían un ahorro de 40.000 millones en gasto público, sumado a recortes de otros 35.000 millones en los capítulos social y sanitario, la congelación de las pensiones o la supresión de dos festivos. Los socialistas, que respaldaron al Gobierno este año en el trance presupuestario, desconfían de que ahora haya margen para discutir quién soportará la mayor carga del hachazo. Por más que un Ejecutivo con 22 de sus 36 ministros millonarios se diga «abierto a la contribución de los más ricos» al esfuerzo.
Si, como parece previsible, Bayrou cae, Macron puede nombrar otro ‘premier’, pero solo para ganar tiempo. También disolver la Asamblea Nacional y llamar a elecciones, la salida preferida por los ciudadanos según las encuestas; y por Le Pen, aunque no lograría la mayoría. Y tiene la opción de abrirse a un diálogo real con las fuerzas que le reclaman otras formas de hacer política para salir del atolladero. Antes de que la convocatoria a ‘Bloquearlo todo’ el día 10 y las protestas sindicales agraven desde las calles el crepúsculo francés.