Ignacio Camacho-ABC
- El encierro en una cápsula de autoprotección es la única respuesta de los partidos sistémicos ante la crisis del fuego
El ciudadano español debe saber que si una catástrofe derriba, inunda o quema su casa le espera un páramo de soledad y olvido al otro lado de las primeras reacciones de solidaridad entusiasta. Lo han comprobado ya los afectados por la dana: diez meses después el Gobierno sólo ha liberado una tercera parte de las ayudas aprobadas. El resto permanece atascado en el laberinto de una compleja tramitación burocrática mientras los dirigentes se ufanan ante la opinión pública de sus rápidas decisiones presupuestarias. Es fácil imaginar la suerte de las víctimas de los incendios del verano cuando se apaguen las llamas y el debate nacional pase página; el siguiente escándalo alejará el foco de su drama y nadie se acordará de ellas en el fragor de la nueva batalla de propaganda. A efectos políticos, las emergencias sólo sirven para desatar una campaña de reproches sobre las responsabilidades derivadas, con la vista fija en las encuestas inmediatas.
El aspecto más desalentador de esta insensibilidad institucional es su nulo efecto incluso sobre el fin buscado, que es el desgaste del adversario. Los dos partidos de poder se neutralizan mutuamente en su enfrentamiento desalmado en beneficio de un tercero que se limita a contemplar el espectáculo a la espera de que los votos del malestar caigan en sus manos. El sentimiento de orfandad provoca sacudidas de rechazo en un cuerpo social que tiende a buscar otro amparo de un modo natural, instintivo, espontáneo. Pero ese proceso de desplazamiento tiene un coste muy caro y es una pérdida masiva de confianza en la eficacia del Estado y –una deriva más peligrosa– en la utilidad del sistema democrático, incapaz de superar la prueba de cualquier emergencia que haga crujir los engranajes de un aparato administrativo hipertrofiado. La irrupción de los populismos es siempre consecuencia de un fracaso de los mecanismos de respuesta ordinarios.
Les da igual. El PP y el PSOE viven en una cápsula de ensimismamiento que ha anulado los últimos atisbos de su ya escaso sentido estratégico. Se han acostumbrado a un estatus de dominancia estructural que consideran inmutable, eterno, sin percibir la profundidad y la velocidad de los cambios sociológicos de este tiempo. No se dan cuenta, porque se han vuelto voluntariamente ciegos, de que el modelo surgido de la Transición ya no garantiza por sí mismo el equilibrio sistémico, sobre todo si la confrontación perpetua quiebra el consenso sobre sus fundamentos. Alrededor del muro cismático levantado por el sanchismo combaten creyéndose inmunes al desafecto, y esa arrogancia resulta letal en un momento de crisis global de conceptos. Y si alguna vez llegan a entender, por la fuerza de los hechos, que han dejado de ser garantía de estabilidad y que lo que está ocurriendo es un problema de representación, de crédito, será tarde para ponerle remedio. Lo pagaremos.