Luis Ventoso-El Debate
  • No nos despistemos, porque no es ninguna de las que más están dando que hablar, aunque también son muy serias, en especial la guerra sucia política

Si la corrupción del sanchismo fuese radiactividad, los contadores Geiger reventarían con tanto calentón. El aluvión de inmundicia es tal que empieza a necesitarse un plano del estercolero político para no perderse en las diversas cochiqueras.

Por intentar aclararnos, el Caso Sánchez, que así debe ser denominado, pues al final todo linda con él, presenta cuatro formas de corrupción:

1.- Los casos de nepotismo relacionados con su familia. Sánchez enchufó a su mujer en la Complutense, donde además ella se enredó en negocietes privados, y a su hermano en la Diputación de Badajoz, donde ni se molestaba en fingir que iba a trabajar y engañaba a Hacienda haciéndose pasar por contribuyente en Portugal. La importante universidad y la Diputación no habrían reparado en Begoña Gómez, sin título universitario, y en David Sánchez, un músico en paro que se había pasado ocho años estudiando en Rusia, de no ser por los cargos en la alta política de su familiar.

2.-La corrupción del caso de Zapatero, en el que Sánchez se ve triplemente salpicado: A.- Porque se sirvió de él para las relaciones de España con la narcodictadura venezolana. B.- Porque a pesar de todas las sospechas que se cernían sobre Zapatero, lo recuperó para la vida pública de manera estelar, convirtiéndolo en una especie de consejero áulico, en embajador ante el separatismo y en mascota para los mítines del PSOE. C.- Porque al menos una de las mordidas de Zapatero, la del caso Plus Ultra, solo fue posible gracias a que Sánchez la aprobó contra toda lógica en el Consejo de Ministros.

3.- La corrupción de choriceo puro de Ábalos y Koldo –un trinque en el propio corazón del Gobierno que presidía Sánchez– y las comisiones de Cerdán desde su poltrona en Ferraz, para la que lo eligió… Sánchez.

4.- La corrupción de la guerra sucia política, los dos Watergates de Sánchez, que son el caso del fiscal Ortiz trabajando para desacreditar a Ayuso de manera ilegal, por lo que ya ha sido condenado, y el de Cerdán y Leire intrigando de manera organizada para entorpecer la labor de los fiscales, jueces y agentes que investigaban los casos de la familia del presidente.

En una democracia cualquiera de las cuatro citadas le cuesta el puesto al presidente. La peor de ellas es la corrupción de la guerra sucia política, cuya X jerárquica resulta evidente y acabará siendo algún día denominada por su nombre (con las consecuencias penales pertinentes).

Pero ninguna de esas cuatro formas de podredumbre es la más grave de las que ha propiciado Sánchez. La más trascendente, la de auténtico calado para España, es la que menos llama la atención del público: la corrupción política para ganarse el favor del separatismo a fin de que lo sostenga en el poder sin haber ganado en las urnas.

Sánchez compró escaños con una amnistía que vulnera la igualdad de los españoles ante la ley. Además negoció en el extranjero con un fugitivo de justicia al que como presidente del Gobierno tenía el deber de intentar detener; es decir, una prevaricación de libro. Sánchez compró los escaños de Bildu, el partido de ETA, comprometiéndose a liberar a sus más sádicos asesinos. Sánchez compró el apoyo de ERC a Illa comprometiéndose a un cuponazo fiscal para Cataluña y prometiendo romper la caja única de Hacienda en favor de una suerte de miniestado catalán. Sánchez cerró un pacto con el conjunto del separatismo por el que se ha comprometido a dar pasos hacia la creación de un Estado «plurinacional» que, de culminar, daría pie a una Ex España.

Las joyas y trinques de Zapatero y las zapaterillas prodigiosas, las mordidas de Ábalos y sus expansiones putañeras, las aventuras de la catedrática extraordinaria y el maestro Azagra, los casos de guerra sucia de Ortiz y de Leire y Cerdán… Todo es muy serio y vistoso para el gran show de las televisiones. Pero la justicia y las policías están actuando contra esos casos, hay cirugía del Estado de derecho.

Lo realmente problemático a largo plazo, lo que va al corazón mismo de la nación, es la felonía de la gran corrupción política de Sánchez: soltar los hilvanes de España y cambiar por la puerta de atrás su orden constitucional para comprar votos para un PSOE anémico en las urnas. El gran espectáculo del choriceo no debe distraernos del quid de la cuestión.