Mikel Buesa-La Razón

  • Italia escurre el bulto y España se proclama adalid del viejo orden negando el pan y la sal a sus aliados occidentales

Las campanas repican con lánguido tañido el toque de difuntos. El derecho internacional ha fenecido tras disimulada agonía y la guerra ha regresado por sus pasos: a la antigua vereda nunca olvidada, pero sí ocultada por la ficción de un orden jurídico impuesto por las naciones poderosas entre las que, a pesar de la herencia de los textos de Vitoria y Suárez en la vieja Universidad de Salamanca, hace mucho que dejó de estar la nuestra. Ahora, mientras las plañideras sollozan con lágrimas artificiosas y fingidos lamentos para proclamar su hipócrita añoranza de aquel orden periclitado –como, en España, Sánchez y sus asociados por la izquierda, algunos de los cuales han sido pertrechados por los dineros de Oriente–, aquellos países –Rusia, Estados Unidos, China– han optado por imponer su jerárquico liderazgo mediante la fuerza, por el momento, dentro de las que consideran sus áreas de influencia, respetándose y vigilándose unos a otros. La conflagración global aún parece descartada y el futuro orden internacional queda a la espera de una definición más precisa.

Es en este contexto en el que la vieja Europa se va quedando en los márgenes invocando unos principios jurídicos que ya no volverán. Sin embargo, algunos, tal vez más avisados, empiezan a prepararse para el futuro conflicto: Francia, invocando el poder nuclear; Alemania, con un ambicioso programa de rearme; el Reino Unido, ejerciendo su tradicional pragmatismo en defensa de sus intereses; Polonia, Suecia, Dinamarca y Finlandia, buscando asegurar su frontera oriental; y otros más, como Grecia y los Países Bajos. Sin embargo, en el flanco sur, Italia escurre el bulto y España se proclama adalid del viejo orden negando el pan y la sal a sus aliados occidentales, principalmente a los EEUU, bajo la idea de que, con ello, se refuerza el statu quo político interno, a la espera de los inmediatos procesos electorales. Una maniobra peligrosa y reprobable que aísla al país dejándolo fuera de los circuitos decisorios, de modo que, cuando acabe la guerra, lo mismo que en el pasado tras el Desastre del 98, nos sumiremos en un secular retraso relativo. Y como en el poema de Jotamario Arbeláez, ya no habrá, posiblemente, «amor … con que hacer el amor».