Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • La gran incógnita es cómo soportará el cambio el sistema político de una Constitución diseñada a medida del bipartidismo imperfecto

La fábula de Pedro y el lobo expone las consecuencias del exceso de irresponsabilidad, mentiras y charlatanería: Pedro, el pastor que anunciaba todos los días a grandes voces la falsa llegada del lobo para reírse de los vecinos, acabó perdiendo su rebaño el día que el lobo llegó, porque nadie podía creerle. Más o menos es lo que va a pasarle a otro Pedro, el presidente Sánchez. Y su némesis lobuna será esa “ultraderecha” imaginaria que él y los secuaces llevan anunciando desde que asaltaron la política, convertida en abuso sistemático y corrupción ilimitada. Porque no falta mucho para que Vox supere al PSOE como segundo partido nacional.

Los buenos análisis demoscópicos ponen cifras a las percepciones cualitativas, y los recientes resultados electorales y sondeos coinciden en confirmar la tendencia: aumento del voto a la derecha, con PP y Vox sumando cerca del 60%, como en Extremadura. Pero hay que distinguir el estancamiento del PP del auge de Vox. Es un proceso análogo al de otros países que, a falta de algo mejor, es llamado “derechización”: un fuerte giro hacia el orden y cohesión social, con una cultura compartida más sólida y nutritiva que el insípido, duro y agotado chicle posmoderno.

La derechización a la española

Naturalmente, cada país se derechiza con sus peculiaridades y ritmos. Pero lo común es el agotamiento del sistema de partidos de la guerra fría, con dos grandes bloques alternantes, la izquierda moderada o socialdemocracia y la derecha conservadora, más partidos bisagra al estilo de los liberales y verdes nórdicos o los nacionalistas periféricos españoles, y algún extremista testimonial. Ha durado casi 75 años, que no es poca cosa. Nuestro bipartidismo imperfecto nació en 1978-1981 y aún colea, pero con poco tiempo por delante.

La peculiaridad española es que la crisis se precipita por la insondable corrupción sanchista, que nos arrastra a la decadencia y el aislamiento, según certifica la exclusión de España de las reuniones donde se aborda realmente el futuro del mundo. Aun representando a la cuarta economía europea y decimosegunda mundial, nadie quiere cerca a Sánchez si se tratan temas de adultos. La sociedad española despierta poco a poco de la gran estafa del “gobierno de progreso”; se nota en el descrédito de la izquierda entre los jóvenes, y en el abandono de las clases de rentas bajas que padecen creciente desigualdad, escasez, abuso fiscal y abandono de los servicios públicos.

Pero el PP no se beneficia de esta caída con rasgos de debacle que comenzó en Madrid y Andalucía, y sólo ha comprendido a fondo Isabel Díaz Ayuso. La razón es que el núcleo duro no entiende ni quiere el fin del bipartidismo del 81; sigue enredado en deseos inmovilistas: quimérico adecentamiento del PSOE, separatistas milagrosos con quienes pueda pactar, y la ilusión de que Vox fuera un fenómeno pasajero. No han entendido ni aprendido nada nuevo desde el primer gobierno de Rajoy, y por eso fallan en atraer nuevos votos suficientes mientras provocan la fuga a Vox de los muchos hostiles a un Rajoy Segunda Temporada donde todo vuelva a depender del chantaje de PNV y Junts, y deje intacto el tinglado sanchista por miedo a la izquierda. Consecuencia, estancamiento y gracias.

Meloni, líder de Europa

Pero vayamos a Sánchez y a sus errores. Ha sido común atribuirle inteligencia política, pero lo suyo sólo es falta absoluta de escrúpulos con oportunismo infinito, sin ideas y condenado a agotarse cuando, como ahora, desaparecen las oportunidades. El error principal ha sido creer en la eterna eficacia de la simpleza de llamar facha a cualquier oposición, ahondar la bipolarización identitaria izquierda-derecha y suponer que la “alarma antifascista” eternizaría la coalición Frankenstein. Porque, aunque los analistas rutinarios no los vean, hay vasos comunicantes entre los extremos ideológicos, como el populismo de subsidios y protección de un Gobierno autoritario. Que los decepcionados con la izquierda busquen eso mismo en Vox era cosa de tiempo, según se ha visto en Francia, Italia o Portugal.

A base de anunciar el fantasmagórico ataque de un fascismo solo creído por la charocracia y los beodos de la taberna Garibaldi, Sánchez ha conseguido normalizar la sedicente extrema derecha sin que Vox haya necesitado hacer nada para conseguirlo. En Italia, Meloni ha tenido que gobernar para dejar el sambenito de heredera de Mussolini y consolidarse como líder europea muy respetada. Aquí el trabajo lo hacen Sánchez y los suyos; incluso el manifiesto blando, tecnocrático y nostálgico de Jordi Sevilla, Socialdemocracia 21, incurre en el error de mentar al lobo: “Pedimos un cambio del rumbo político en nuestro partido dado que el actual nos ha conducido a un auge de la extrema derecha”. No sólo andan perdidos en la calle Génova.

La ceguera de la izquierda

La ceguera de la izquierda es global, encerrada en el búnker de sus mitos, prejuicios y políticas absurdas de reforma legal de los tapones de plástico y expulsión del automóvil privado de los pobres del centro de las ciudades, que además han contagiado a la derecha tradicional. Es la actitud que ha desarmado a la Unión Europea y dejado las manos libres en todo el mundo a Trump y su repelente estilo autoritario, deliberadamente agresivo y vulgar. Está muy bien representada por la estupidez del laborismo australiano convirtiendo cualquier crítica a musulmanes en delito de islamofobia, como sus homólogos británicos: ¡quizás los manifestantes iraníes también serían encerrados en Australia o el Reino Unido, si de los laboristas depende!

La antigua socialdemocracia no ha comprendido que su mismo éxito agotaba su proyecto (también les pasó a los liberales decimonónicos), porque el estado de bienestar es ahora el modelo democrático europeo, no su patrimonio. Vox, y las nuevas derechas conservadoras (según ellos, patriotas), sólo cuestionan que ese bienestar atraiga y beneficie a inmigrantes y extranjeros; por cierto, los socialdemócratas nórdicos se han subido a ese carro, y en Dinamarca han emprendido políticas de exigencias culturales a inmigrantes, y expulsión de los que no quieran -o sepan- asimilarse.

La partida que jugaba el sanchismo está agotada; comenzamos otra donde será Vox quien disputará la primacía al PP, y también alguna vez acabará ganando. La gran incógnita es cómo soportará el cambio el sistema político de una Constitución diseñada a medida del bipartidismo imperfecto que ahora naufraga, y tan favorable a gobiernos abusivos. Qué pasará, por ejemplo, con el separatismo, o si en España también arraigará el debate sobre la prohibición de partidos comunistas decidida en Polonia y Chequia, y debatida en Francia. No va a ser aburrido, desde luego.