Antonio Rivera-El Correo
La noticia de que una Inteligencia Artificial descontrolada podría acabar con el género humano antes de acabar la década debiera habernos convulsionado. No lo ha hecho. Preferimos abordar problemas de menor rango y echarnos los definitivos a la espalda para no verlos. La declaración de ejecutivos e investigadores de esas tecnologías era sospechosa e intencionada, pero sus amenazas están a la vista. Las guerras híbridas o los ataques informáticos a centros neurálgicos de los países se han producido ya, no son una especulación. Sin deberse a uno de ellos, el apagón de hace dos abriles o antes la pandemia del covid-19 nos colocó por unas horas o por unos meses ante esa realidad y comprobamos lo desarmados que nos deja.
En esa tesitura, ¿estamos preparados para abordar esas crisis como Estado y como ciudadanía? La cuestión ceutí lo expresa bien. Más allá del desastre de gestión gubernamental del primer mes, estamos ya en la fase de ir arreglando el desafuero. ¿Con qué recursos se cuenta? Los del Estado, que no son pocos, se demuestran tardíos, escasos, lentos e ineficaces; costará meses volver a una cierta normalidad. Los de la trama institucional, nuestro ‘tetris autonómico’ –y Ceuta es el interlocutor más sencillo por endeble–, reportan más dificultades que posibilidades. Cada paso hacia la colaboración acaba en oídos sordos y problemas, y la cosa consiste en reprocharse mutuamente las inacciones. A ello se suman agentes tóxicos, empeñados en complicarlo aún más judicializándolo todo. Y resta la clase política, dedicada a despeñar al partido gobernante dificultando las soluciones. Enfrente, el que hace, invoca respuestas tímidas que enervan a los afectados: los recién llegados desasistidos y los originarios distorsionados.
Es lugar común preguntarse si la democracia es eficaz para gestionar el mundo presente. Si es tan rápida, resolutiva o contundente como nuestros problemas o como la exhibición pública de estos. Los ‘líderes fuertes’ tipo Trump prosperan tramposamente porque anteponen esa supuesta eficacia al derecho. Gobernantes y ciudadanos dudan de que la democracia liberal siga siendo la panacea anterior y sus críticos se inventan lo de iliberales. El capitalismo también cuestiona el axioma originario de que la libertad de elección económica solo existe donde hay otra similar política; ahora parece prescindible esta segunda. Tampoco la democracia asegura la justicia social cuando los gobiernos que se legitiman con ella son más débiles que las fuerzas privadas a que se enfrentan. En esa tesitura, hay quien prefiere poder comer todos los días antes que tener derechos, aunque la historia ha demostrado su falsedad: se pierden las dos cosas a un tiempo.
Mucho tendría que cambiar todo para que las generaciones que no han conocido la guerra se alistaran a una de ellas. No entra en nuestras previsiones. No tenemos cuerpo ni para aguantar las incomodidades materiales y de las otras de una crisis de las que se reiteran. Sin tener que ponernos a prueba en un extremo fatal, bien haríamos en dejarnos de tanta exquisitez cuando abordamos nuestras crisis y mejor si arrimamos el hombro antes que seguir sumando dificultades para su arreglo.