- «La Renaixença» no fue nada que no se viviera en gran parte de Europa con el advenimiento del Romanticismo, tan fértil en la poesía y la pintura y tan letal en su traducción política. Si eso fuera el catalanismo político hoy, yo podría ser tildado de catalanista: gozo de la poesía catalana como cochinillo en una charca
Del mismo modo que la tragedia de la dana no mereció suspender un pleno porque era más importante para el país que se nombrara a los nuevos consejeros de RTVE (promoción de la mamandurria gorda), las buenas formas parlamentarias y el reconocimiento de la singularidad catalana exigen que el día de la derrota de los austracistas no se celebre pleno. Ya se sabe que «los catalanes» —que es como llaman en la burbuja político-mediática madrileña a los separatistas censados en Cataluña— se ofenden con facilidad. Aunque sea por causas que les son del todo ajenas. Por ejemplo, tú observas a las típicas locas antisionistas (o sea, antisemitas), y siempre están muy ofendidas. Bueno, el woke siempre se siente ofendido, pero cuando se trata de acusar de genocida al pueblo que ha sufrido un genocidio, sus expresiones de ofensa recuerdan al cine mudo, donde lo verbal se suplía con la exageración gestual. A lo que iba: tú coges a las típicas locas judeófobas de izquierdas, las clasificas por origen (principal parámetro en esta era identitaria) y «las catalanas» (ya saben) siempre son las ofendidas entre ofendidas, las zaheridas entre zaheridas, las vulneradas como el ciervo espiritual.
Sin pleno pues, dada la facilidad de «los catalanes» para tomárselo todo a mal, dada su susceptibilidad enfermiza. Máxime tratándose de la derrota de los austracistas, hecho gratuitamente central en la vertiente nacionalista de la reinventada historia de España. El otro día oí a alguien sostener que el nacionalismo se inventó como baza de la burguesía catalana ante el perjuicio económico ocasionado por la pérdida de Cuba cuando el Gran Desastre. Y tenía bastante razón el tipo. De hecho, tenía toda la razón si excluimos del nacionalismo catalán lo que debe ser excluido porque en su momento no lo era: el renacimiento literario en catalán y el artístico en Cataluña. De Aribau en adelante. Aribau, contra lo que pueda pensar el actual nacionalista medio —que solo sabe algo de fútbol, y hasta en eso se equivoca— no empezó siendo una calle. Antes fue un señor que a inicios de la década de los años treinta del siglo XIX escribió en Madrid un poema en catalán sin título para un amigo. El título con el que viene (Oda a la Pàtria) se lo puso una editorial a partir del invento de un periódico, que le había puesto La pàtria.
La Renaixença (renacimiento, literalmente) no fue nada que no se viviera en gran parte de Europa con el advenimiento del Romanticismo, tan fértil en la poesía y la pintura y tan letal en su traducción política. Si eso fuera el catalanismo político hoy, yo podría ser tildado de catalanista, puesto que gozo de la poesía catalana como un cochinillo en una charca. Pero no tiene nada que ver. Pregunten los diputados de la España de segunda a sus colegas «los catalanes» por literatura catalana, por arquitectura, por escultura, por su maravillosa pintura. Ni repajolera idea tienen. Pero luego, salvo Rufián, siempre están ofendidos.