José Alejandro Vara-Vospópuli

  • Ministros a la greña, decisiones improvisadas sobre Ceuta, ofensas a la Corona, Sánchez displicente y ruido por la sucesión

Mientras ‘la pájara’ Margarita Robles amanecía enfundada en su uniforme dispuesta a españolear en el Congreso y a sacudirle estopa a Marlaska (así lo hizo), Carlos Cuerpo emergió súbitamente de su escondite veraniego, como esos personajes que irrumpen en el tercer acto y nadie sabe qué pintan en la función. Una presencia sobrevenida y algo ortopédica. Casi una sorpresa. Cuerpo ejerce de ministro técnico y aséptico, le da grima parecer un político aunque a veces se le olvida que es el vicepresidente primero del Gobierno, lo que no es detalle menor. Ahora por ejemplo, Sánchez le ha extraído de su relajo vacacional y le ha puesto al frente de apaciguar la desesperación ceutí con un plan de medidas económicas, así, de sopetón, un mes después de la marabunta y sin haber tenido tiempo apenas de enterarse por dónde cae esa ciudad. “Carlos, pregúntale a Mohamed”, le diría Bolaños, el chistoso de la pandi.

Prometer ayudas es una de las aficiones favoritas de Sánchez. Y luego tirarlas al tacho. Todavía se esperan algunos compromisos en La Palma, cinco años después de la erupción del volcán. En la Dana se ha cerrado tan solo el 43 por ciento de las ayudas prometidas, ah pero ‘El Ventorro’. Los agricultores y demás víctimas de los incendios forestales padecen la misma enfermedad del olvido gubernamental por no hablar del drama de Adamuz, que exigía una revisión general de las estructuras ferroviarias y, de momento, lo único que se ha hecho ha sido echarle el freno a la Alta Velocidad.

Cuerpo (45, Badajoz) es un técnico comercial del Estado, con frondosos estudios en campus de campanillas, crecido en la administración a la sombra de Nadia Calviño,  que le cedió su cartera al dar el salto a Bruselas. No tiene carnet del partido y está bien visto por sus compañeros de Gabinete salvo por la parte de Yolanda Díaz que le llamó ‘mala persona’. Esa santa. Carece de la habilitad dialéctica de los virtuosos de la palabrería vana, tan frecuentes en el entorno de Sánchez, donde todos mienten.  Ensaya el tono irónico y hasta displicente, con Ester Muñoz, en sus duelos parlamentarios, pero no le sale. Le falta el ingenio mordaz que requieren las pugnas en el Hemiciclo y ese empaque de colérico gañán que exhiben algunos de sus compañeros de bancada.

No es el hombre para afrontar el presente curso electoral, signado por las citas electorales, una de ellas decisiva. Ni es mitinero y ni prodiga el grito, pero tiene encargado velar por un flanco clave en la renovación de Sánchez. Es el encargado de vender como éxito el retroceso acelerado de nuestra economía. Cuerpo recita pausadamente sus cifras macro como un benedictino entona las vísperas, sin acentos ni énfasis, en las antípodas del marrullero al uso en la corte del gran narciso. Pero el bolsillo se agrieta, y el personal regresa pelado de estas vacaciones, con pavor al gasto escolar, la reposición de la despensa, la visita al súper, la factura del gas, el subidón de la luz (ojo al disparate del próximo recibo), el puñetazo de la gasolina y todas esas pequeñas cosas que destrozan la tranquilidad cotidiana del pobre contribuyente.

El encargo diabólico

Año negro el que se avecina, anuncian los prospectivos y demás augures de las cosas de la vida. Y Cuerpo, amarradito a sus números intangibles, a sus cifras etéreas, a sus análisis brumosos, se enfrenta a esa encomienda diabólica. Convencer a la gente de que es posible llegar a fin de mes, menuda proeza. Y además, ahora le endilgan lo de Ceuta, ese infierno. Él, que creció en los ilustres ambientes de la Europa econopija, de las aulas selectas, de los despachos brillantosos, ha de hacer frente a la encomienda más esquinada de su desarrollo ministerial. Nunca pensó en un delfinazgo pero hubo quien lo apuntó al ser elevad al número dos del Ejecutivo.

Para no abrasarlo del todo, Sánchez ha nombrado a Ángel Víctor Torres, ministro de la Memoria, señalado en todas las ramas de la corrupción, para que se encargue del mando único de no se sabe bien qué.  Torres es un palanganero de la farsa, un trolero sin más ambición que seguir en el machito, siervo de lealtad menesterosa hacia el líder planetario, a quien trata de príncipe, emperador, césar y otros atributos romanos. Era la pieza que faltaba por encajar en el ofensivo tingladillo que ha montado Sánchez, muy a rastras y mohíno,  para disimular el desastre de Ceuta al menos durante unas semanas. “Las imágenes de miles de negritos deambulando como zombis en las teles de medio mundo nos están matando”, comentaba un algo cargo socialista, posiblemente más alarmado de que en Moncloa, donde pasan.

Celebración de la República

Pero, al margen de Margarita y Marlaska, en guerra desde las púnicas, no son ni Cuerpo ni Torres los protagonistas del cotilleo en los círculos socialistas. El juego del momento en las casas del pueblo, si queda alguna abierta, consiste hacer cábalas sobre ‘las razones personales’ que esgrimió Óscar Puente al ponerle fecha al mandato de su puto amo. El ministro de Transportes, que amanece cada mañana con  46 muertes a sus espaldas, en vez de dedicarse a lo que se supone es su trabajo, cuestiones elementales y rudimentarias como atender al acelerado hundimiento del ferrocarril español o vigilar el firme de las carreteras, auténticas pistas para entrenamiento de suicidas, se afana en reclamar la pole en la carrera de la sucesión. Ojo, palabra maldita. Sintagma vedado. Nunca ha hablado Sánchez de su sucesión. Ni siquiera menciona la posibilidad de marcharse.  Insiste en que seguirá más allá del 27 y presidir así las celebraciones del centenario de la Tercera República, tal y como comenta en privado con el alegre tintineo del gintónic como telón de fondo.

Cuando Puente, ese rostro ceñudo y desapacible, desliza lo de ‘razones personales’ desata todo tipo de versiones, cábalas, adivinanzas. Y algún interrogante. ¿Tiene Sánchez problemas personales que le impiden seguir en tan adorado sillón? Su única ambición personal es mantenerse en La Moncloa porque fuera de ella es un piernas. Sin Falcon, sin palacios, sin lanchas de buceo, sin ochocientos asesores, sin chóferes, sin helicópteros, secretarias, más policía personal que el Papa y más medidas de seguridad de Trump, con todos los gastos pagados ni otro oficio que la política, resulta impensable imaginarlo en otro escenario. ¿De qué razones personales  habla Puente? ¿En su atropellada verborrea se le escapó la frase fatídica?

Agobiante horizonte judicial

Que haya trascendido, el único motivo personal al que podría referirse Puente sería al tratamiento médico que el aludido recibe, supuestamente, en un centro hospitalario madrileño como en su día publicó Libertad Digital. Por entonces aparecía escuálido, demacrado, ojeroso, encorvado, macilento, mirada apagada y un rictus sombrío en la expresión, como si atravesara momentos complicados tanto de psique como de body. Pero no iba de eso. Puente posiblemente insinuaba lo muy jorobado del horizonte judicial que se le viene encima. Su hermano acaba de ser condenado a inhabilitación por nueve años. ¿Dónde encontrará es genio de la batuta acomodo fuera del enchufe en lo público? El juicio con jurado a Begoña Gómez arranca pronto y no resultará precisamente agradable para su esposo, por más que apriete el maxilar e intente el imposible disimulo. La causa por posible financiación irregular del PSOE avanza sin pausa y no ha de olvidarse que Sánchez sigue siendo su secretario general y alguna responsabilidad, incluso penal, podría rozarle. ¿Hablaba Puente de estos ‘asuntos’ relacionados con la corrupción, que forzarían la imprevisible retirada del faro del progreso?

Las bases le jalean

El hotentote pucelano acaba de lanzar su candidatura al trono, que luego matizó con bromitas sobre Angelina Jolie, consciente de que estas chanzas no le agradan al number One, quien, precisamente, jamás pensaría en él como su delfín. Pero sí es el favorito de la banda socialista, que disfruta con sus berridos, con sus jaculatorias incendiarias contra la Corona, su agresividad de perro rabioso, fanfarrona y orillera. Esas bases que encaramaron a Sánchez a la secretaría general después de que intentara dos pucherazos en la sede misma del Ferraz.

Las puñadas entre Robles y Marlaska evidencian el nivel de degradación del régimen sanchista. Los responsables de la Defensa y la Seguridad del Estado, lejos de trabajar unidos para afrontar la crisis de soberanía más severa vivida desde el golpe separatista del 17, se dedican a arrojarse acusaciones en público como si fuera un matrimonio vejancón lanzándose orinales a la cabeza. Sánchez calificó la invasión de Ceuta como “violación de la integridad territorial” de España. Y se fue a la tumbona. A su vuelta, no ha sido capaz todavía de abrir la boca para asumir el error, tranquilizar al país, pararle los pies a Mohamed y anunciar el plan puesto en marcha para solucionar el cataclismo. Su única respuesta ha sido convocar el Consejo de Seguridad Nacional para excluir al Rey, situar al abrasado Ángel Víctor al frente del mando único, enviar a Cuerpo a repartir caramelitos por Ceuta, anunciar reformas de la ley de Extranjería y contemplar con satisfacción nerónica la gresca entre los críos que dirigen de Defensa e Interior. Ante este daguerrotipo del hundimiento, no es de extrañar que Puente se levante y recuerde que el líder tiene fecha de caducidad y que ahí está él para hacerse cargo, tanto del Vaticano como de Ferraz.