- Uclés, ese campesino español, denuncia haber sido «defenestrado» por Pérez-Reverte, aunque habría quedado más épico si hubiera dicho por Alatriste.
Uno avanza por el comunicado de David Uclés y se tropieza con las comas, como quien choca contra un mueble mal colocado y se hace daño en la espinilla.
Esto, en sí, debería resultar sorprendente, porque David Uclés es un escritor reconocido por la crítica y el mundo editorial: acaba de obtener nada menos que el premio Nadal.
Pero el uso alternativo que Uclés hace de las comas ya no nos sorprende tanto, porque La península de las casas vacías, novela de la que ha vendido 275.000 ejemplares, fue concienzudamente diseccionada por el perfil de X @wasipz.
Así pudimos saber que dicho uso corre paralelo a un desprecio olímpico por el diccionario (aparentemente no sabe lo que es una aspillera o qué significa blandir), que la crítica ha decidido calificar como «nuevo realismo mágico».
Por su parte, Alberto Olmos, que es más austero, tituló así la vivisección que practicó sobre el escritor: Cuando escribir no es lo tuyo.
En su torturado comunicado, Uclés se felicita por lo que para él supone «una victoria y una reparación».
Hay que investigar QUIÉN ha escrito el libro «de» Uclés
No sabe ni escribir ni hablar pic.twitter.com/wOUjNJBkGA— Tarsicia (@Tarsicia) January 29, 2026
Con la victoria se refiere a la cancelación de la undécima edición de Letras en Sevilla.
Consistía en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez-Reverte para hablar de la Guerra Civil bajo el título 1936: ¿la guerra que todos perdimos?
Allí estaba invitada gente de todo tipo, desde intelectuales como Andrés Trapiello y Manuel Álvarez Tardío, hasta gente de la farándula como Alejandro Amenábar y Félix Bolaños.
Solo habían rechazado su asistencia Vox y Gabriel Rufián, este último quizá porque sin el atrezzo que suele llevar al Congreso pierde mucho.
También estaba invitado el propio Uclés, e incluso había confirmado su asistencia.
Pero, de repente, decidió escandalizarse porque también estaba prevista la participación de Iván Espinosa de los Monteros y de José María Aznar.
Eso hizo que anunciara su retirada para evitar «blanquear el franquismo y el fascismo», y este fue el pistoletazo de salida de una campaña organizada desde Podemos y sus medios, a la que se incorporó Luis García Montero.
Finalmente, ante la posibilidad de sufrir actos violentos, se decidió cancelar el evento.
El caso es que La península de las casas vacías es un libro sobre la Guerra Civil, de la que Uclés parece saber poco. Hace un par de días, Pedro Corral (que sí sabe) enmendó educadamente algunas de sus afirmaciones.
El brutal grado de sectarismo de David Uclés
Un cóctel de extremismo, desinformación y odio pic.twitter.com/C0j9To1XAC
— Edurne Uriarte (@EdurneUriarte) January 26, 2026
Por ejemplo, Uclés dice que Azaña «salvó a los monjes agustinos de su colegio en El Escorial nada más estallar el conflicto», y Corral le recuerda que de ellos solo se salvó uno; los sesenta y cinco restantes fueron fusilados en Paracuellos sin que Azaña moviera un dedo.
Es tentador, por tanto, considerar la posibilidad de que la presencia realmente inquietante para el escritor no fuera Aznar sino Trapiello, y que la verdadera razón para eludir el acto haya sido no quedar como un ignorante.
Decía que uno de los invitados era Manuel Álvarez Tardío, que, junto con Fernando del Río, ha escrito un libro imprescindible: Fuego cruzado. La primavera de 1936.
El libro demuestra que la Segunda República, frecuentemente idealizada por la izquierda, padecía una severa afección antidemocrática: la creencia de que se debía expulsar de ella a la derecha.
Este convencimiento estaba tan arraigado que la entrada en el Gobierno de un partido de derechas, que había ganado las elecciones de 1933, justificó que el Partido Socialista organizara una revolución en 1934.
Esta exhibición desenfadada de intolerancia, que niega la legitimidad democrática del adversario político y que creíamos superada, ha vuelto a surgir (fomentada por Pedro Sánchez) y ahora la vemos materializada en Uclés.
Pero en su comunicado no solo habla de victoria moral, sino también de «reparación».
¿A qué se refiere? Cuando su libro fue destripado sin piedad en X, Uclés denunció una persecución de la ultraderecha, con amenazas tan graves que lo habían llevado a abandonar la red social.
Lo hizo con mucho ruido y pirotecnia, porque tal vez Uclés no sea un gran escritor, pero ha conseguido al menos crear un personaje exitoso: el suyo propio. Por eso aparece siempre ataviado con una boina y con los pantalones sujetos con un cordel, como si el Réquiem por un campesino español se refiriera específicamente a él y estuviera a punto de ser fusilado por algún franquista.
También se parece un poco, la verdad, al personaje Agamenón del extinto tebeo Tío Vivo (si usted es boomer se acordará, y, si no, piense en el muñeco Macario de José Luis Moreno).
Ahora este campesino español denuncia haber sido «defenestrado» por Pérez-Reverte, aunque habría quedado más épico si hubiera dicho por Alatriste.
Así pues, Uclés, escritor mimado por el mundo literario (y todo esto nos demuestra lo descacharrado que está este canal de prescripción), se presenta como víctima y se sube a un podio moral desde el que celebra que unos energúmenos de su tribu obliguen, con la amenaza de la violencia, a cancelar un debate.
A estas alturas, la combinación de victimismo y postureo moral debería hacer saltar todas nuestras alarmas, porque ya hemos comprobado empíricamente (concretamente desde la aparición de Podemos) que los que más moralizan y nos regañan desde el escaño son los moralmente más chungos.