Manfred Nolte-El Correo

Cada mes de enero, desde hace más de medio siglo, una pequeña localidad alpina se convierte en el escenario donde políticos, empresarios, académicos y dirigentes sociales se reúnen para hablar del estado del mundo. El Foro Económico Mundial nació en 1971, en otro momento de tensión transatlántica, cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro y los europeos descubrieron, súbitamente, que el orden monetario que creían inmutable se había desvanecido. Desde entonces, Davos ha funcionado como el gran conciliábulo del consenso global: el lugar donde el mundo se repetía a sí mismo que, pese a los problemas, existía un marco común de cooperación, reglas compartidas y confianza básica entre aliados.

El lema del Foro, ‘Comprometidos con mejorar el estado del mundo’, resumía ese espíritu. Davos no era un lugar para tomar decisiones sino para escenificar la vigencia de un orden internacional consensuado. Allí se convenía, con la elegancia de los ricos, que el mundo iba bien.

Este año ha ocurrido algo radicalmente distinto. A media semana, el Palacio de Congresos dio la palabra a un político incontinente. Trump devoró el protagonismo del día eclipsando el resto del programa semanal. El auditorio, con capacidad para unas mil personas, estaba rebosante mucho antes de comenzar el discurso del presidente de los Estados Unidos. Asistentes de pie en los pasillos y colas en las entradas, dibujaban un festival de rock antes que un foro económico.

Nunca un discurso había tenido allí un preludio tan expectante. Nada de tecleo de ordenadores ni del murmullo habitual de las salas. Los asistentes dejaron de tomar notas. No había citas que recoger ni matices que analizar. Lo que se escuchaba allí no era un planteamiento político más, sino un dictado entre amenazas y descalificaciones, de que su país ya no se sentía vinculado por el orden que durante décadas había contribuido a sostener. Durante una hora el público escuchó en un silencio denso. Los aplausos, cuando llegaron, fueron breves y poco entusiastas.

En los pasillos, los asistentes lamentaban con gestos escuetos haber asistido a un acto penosamente trascendental: la reiteración inequívoca de que la América que había garantizado el orden de la posguerra había dejado definitivamente de existir.

Por su parte, el Foro Económico Mundial difundía su comunicado bajo el lema de ‘A Spirit of Dialogue’, insistiendo en la necesidad de reconstruir la confianza, fortalecer la cooperación y preservar los mecanismos multilaterales. El contraste resultaba irónico. En los mensajes oficiales se hablaba de diálogo y entendimiento. En el auditorio, los líderes mundiales se rendían a la convicción de que la palabra cooperación se había roto en mil pedazos.

En medio de esa atmósfera de desconcierto, la intervención del primer ministro canadiense, Mark Carney, fue largamente aplaudida como algo más que un discurso. Sonó a proclamación. No ofrecía consuelo ni apelaba a la nostalgia del orden perdido, sino que asumía, sin rodeos, que la esperanza de restaurarlo había terminado y que los países amenazados debían fijar su posición en un escenario geopolítico radicalmente más áspero y realista. Carney fue despiadado: «No estamos ante una transición, sino ante una ruptura», afirmó.

Para explicarlo recurrió a una metáfora del disidente checo Václav Havel: la del tendero que coloca cada día en su escaparate un cartel en cuyo texto no cree, simplemente para evitar problemas y aparentar conformidad con el statu quo. Durante décadas, muchos países, especialmente las potencias medias, participaron en un ritual del orden internacional basado en normas, sabiendo que su aplicación era desigual y que los más fuertes se reservaban sus excepciones para cuando les conviniese. Esa ficción fue útil mientras funcionó. Ahora había dejado de hacerlo. Cuando las reglas ya no protegen, cada país debe protegerse por sí mismo. Y eso cambia la naturaleza de la soberanía.

En Davos se escuchó con nitidez un mensaje renovador: la soberanía ya solo se entiende como capacidad. Capacidad industrial, energética y tecnológica. Capacidad para asegurar cadenas de suministro, minerales críticos y resiliencia económica. Capacidad, también, para tejer alianzas entre países de tamaño medio que ya no pueden esperar que el sistema actúe como antes.

Davos ha dejado de ser este año el lugar donde el mundo convenía en cómo y cuánto cooperar. Ha sido, más bien, el lugar donde el mundo dejó de fingir que podía hacerlo.