Pedro J. Ramírez-El Español

Dos políticos que lo fueron todo, que usaron y abusaron del poder en las formas más reprobables, contemplan estupefactos desde sendas cárceles separadas por un océano la promoción de Delcy Rodríguez a la presidencia de Venezuela bajo la autoridad de Trump.

Se llaman Nicolás Maduro y José Luis Ábalos.

Entre tanto, otro gobernante, aun nominalmente en ejercicio, sobreactúa desde su palacio hueco cual chulapo con parpusa. Pretende salir en la foto como mediador y a la vez liderar un movimiento mundial de repudio a la intervención militar en Venezuela. En realidad, trata de ocultar su propia culpa al motivarla.

Se llama Pedro Sánchez.

El destino de los tres se entrecruzó una intempestiva noche de enero de 2020 cuando Delcy aterrizó en Barajas como la visita que no tocó el timbre. Tenía prohibida su entrada en la UE, pero Sánchez había autorizado subrepticiamente el viaje.

El destino de los tres se entrecruzó una intempestiva noche de enero de 2020, cuando Delcy aterrizó en Barajas como la visita que no tocó el timbre. Tenía prohibida su entrada en la UE, pero Sánchez había autorizado subrepticiamente el viaje.

Todo el foco del llamado Delcygate se había centrado hasta ahora en las sospechas de financiación espuria del PSOE y la Internacional Socialista, a través de chanchullos con crudo venezolano como los que motivaron la condena del embajador Morodo y su hijo.

También en el enigma del contenido de las maletas —¿billetes o lingotes?— que Delcy dejó en Barajas, ante la mirada atónita de dos testigos tan inesperables como el jefe de gabinete Koldo y el intermediario Aldama.

Ha sido tras la caída de Maduro, cuando EL ESPAÑOL ha podido averiguar que el asunto que más interesaba a Delcy, durante esa misteriosa estancia, era la suerte del exjefe del espionaje chavista, conocido como el Pollo Carvajal, entonces escondido en España.

De los mensajes que Delcy envió pocos meses después a Ábalos —vía Aldama— se desprenden dos cosas aparentemente contradictorias. Por un lado, su empeño por ridiculizar al fugado, llamándole “psicópata” y tildando cuanto dijera de “conspiradera”.

Por el otro, su obsesión de que nuestro Gobierno le tuviera controlado, sin necesidad de “escalar” la cuestión, es decir, sin que interviniera Maduro ante Sánchez y pusiera otras bazas sobre la mesa.

En ese contexto, es de una gravedad extraordinaria que el “jefe” de Aldama, es decir Ábalos, comunicara a Delcy que “el CNI tiene en vigilancia” al huido de la justicia española y norteamericana. Y que, a continuación, se ofreciera para “cualquier cosa que creas necesaria”, respecto a esa “patata caliente”.

Es obvio que Ábalos no habría tenido esa información de un organismo que no dependía de su ministerio, ni menos aun habría podido hacerla llegar a Delcy, sin la autorización expresa de Sánchez.

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La primera pretensión del chavismo era que España le devolviera a Carvajal empaquetado para disponer de él a su gusto. Y la segunda opción que permaneciera “vigilado” en España, fuera del alcance de los Estados Unidos.

Todo indica que Sánchez mantenía abiertos todos los escenarios. De ahí que Interior tardara casi dos años en detenerlo. Ni siquiera lo hizo cuando la DEA norteamericana informó a la Policía en junio del 21 de que se ocultaba en un “tercer o cuarto piso de la zona de Arturo Soria” junto a su novia Astrid Carolina.

Quedaba la batalla judicial contra la extradición, pero Sánchez ya no tenía margen de maniobra sin enfrentarse a la administración Biden pues la doctrina de la fiscalía era rotunda

Tuvieron que transcurrir otros tres meses, hasta que los agentes de Washington poco menos que guiaran a la UDYCO hasta la puerta del inmueble, para que la detención se consumara. En una respuesta parlamentaria, el Gobierno justificó la tardanza, alegando que “no se había podido centrar con exactitud el domicilio”.

Quedaba la batalla judicial contra la extradición, pero Sánchez ya no tenía margen de maniobra sin enfrentarse a la administración Biden, pues la doctrina de la Fiscalía era rotunda. Como gesto compensatorio, dejó de apoyar al “presidente encargado” Guaidó y apenas un mes después de la detención de Carvajal reanudó las relaciones diplomáticas con el chavismo enviando a Ramón Santos a Caracas.

A continuación, en noviembre de ese mismo año y ya entrado 2022, se producen los dos sorprendentes viajes de Koldo a Caracas. Delcy recibe en su despacho oficial a quien teóricamente ya no era sino el compañero de infortunio de un ídolo caído como Ábalos.

Aunque los negocios a través del petróleo vuelven a dominar esos encuentros, es imposible que los dados que de nuevo rodaban en la Audiencia Nacional no merecieran la atención de la vicepresidenta.

El forcejeo legal duró casi dos años más, con el propio Tribunal de Estrasburgo de por medio. Al final sucedió lo inevitable y en julio de 2023 el Pollo Carvajal fue puesto a disposición en Nueva York del ya nonagenario juez Hellerstein, ante el que ahora ha comparecido también Maduro.

Se declaró no culpable de todo lo que se le acusaba y entró en el negro túnel del sistema penitenciario norteamericano.

En España, entre tanto, a Frankenstein I le sucedía Frankenstein II. Con Puigdemont pavoneándose de tener la llave de la mayoría, pero con Podemos, Sumar, Bildu, el BNG, Esquerra o Compromís más fuertes que nunca.

Todos amigos del chavismo. Como Zapatero y una parte importante del entorno de Sánchez.

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La hora de la verdad llegó con las elecciones presidenciales del 24 de julio de 2024. El oficialismo proclamó vencedor a Maduro con el 51% de los votos, sin ser capaz de presentar ningún recuento que lo acreditara.

En cambio, las actas exhibidas por la oposición y todos los observadores independientes, incluida la Fundación Carter, otorgaban a Edmundo González y María Corina Machado una contundente victoria con entre el 60 y más del 70% de los votos.

Pero Sánchez se arrugó y esquivó su responsabilidad en beneficio del chavismo. El gobierno no reconoció la victoria de Maduro, pero tampoco la de Edmundo y María Corina

Las democracias tenían que impedir que se consumara la usurpación del poder en Caracas y a España, puente entre Iberoamérica y Europa, le tocaba liderar la aplicación del orden legal internacional.

Pero Sánchez se arrugó y esquivó su responsabilidad en beneficio del chavismo. El gobierno no reconoció la victoria de Maduro, pero tampoco la de Edmundo y María Corina.

Estados Unidos, las democracias liberales de América Latina e Italia —para doble vergüenza nuestra— sí lo hicieron.

Aún resuena la requisitoria de la diputada Cayetana Álvarez de Toledo al escurridizo ministro Albares: “Entonces, ¿quién ha ganado las elecciones?”

Entre tanto, la equidistancia de Sánchez entre la dictadura derrotada en las urnas y los demócratas a los que se privaba de la victoria por la fuerza se convirtió en complicidad infame.

La embajada de España, en la que se había refugiado Edmundo González, sirvió de marco a la coacción de Jorge Rodríguez, no sólo hermano sino alter ego de Delcy, para que el vencedor pasara por el aro de rubricar que la mentira era la verdad. Sólo así pudo reunirse con su familia en Madrid.

El Nóbel de la Paz fue la merecida corona de laurel a esa resistencia heroica. Era otra ocasión para definirse y Sánchez volvió a faltar a la cita de los demócratas

María Corina resistió en la clandestinidad. Hablar con ella por teléfono durante esos meses fue para mí la constatación de que en Venezuela había alguien dispuesto a jugársela en defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

El Nóbel de la Paz fue la merecida corona de laurel a esa resistencia heroica. Era otra ocasión para definirse y Sánchez volvió a faltar a la cita de los demócratas. El y sus socios, en sintonía con Zapatero, apostaban por una transición concertada por el propio chavismo y la oposición asilvestrada, en la que María Corina era un obstáculo.

Ese silencio tan inconcebible como ominoso quedará como uno de los mayores baldones en la trayectoria de degradación ética del actual líder del PSOE.

Su análisis, vacío de todo idealismo, era el mismo que abrió el camino a que Trump aplicara la receta a su manera. Si alguien no tiene autoridad moral alguna para criticar ahora lo sucedido es quien por activa y por pasiva más lo ha propiciado.

Delcy era la candidata de Sánchez y Zapatero para una transición en la que los perdedores de las elecciones decidieran a quiénes de los vencedores se les podía dar un papel subalterno, bajo la tutela de Cuba, China, Rusia, el grupo de Puebla y toda la izquierda radical española.

Lo primero lo han conseguido: Delcy se sienta en el palacio de Miraflores, junto al patio de la fuente del pez que escupe agua, bajo los retratos de Chávez y Bolívar. Pero lo hace como dócil marioneta de Trump y el petróleo venezolano se reparte, como botín de guerra, en la Casa Blanca.

Por eso Josu Jon Imaz es el único español que pinta hoy algo en todo esto.

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Ni Sánchez, ni Zapatero, ni Maduro entendieron que la victoria de Trump lo cambiaba todo. Que la condescendencia española y por ende europea ante el inmovilismo del régimen chavista se convertía en la más peligrosa de las opciones.

Todo habría sido diferente si un gobierno español con valores democráticos y amplio respaldo parlamentario hubiera encabezado el reconocimiento de Edmundo y María Corina como presidente y vicepresidenta legítimos de Venezuela por parte de la UE. Y si, en consecuencia, se hubieran implementado severas sanciones diplomáticas y económicas contra Maduro.

Si Europa no aprende la lección respecto a Ucrania y Groenlandia, el sistema atlántico que ha unido a las democracias desde la Segunda Guerra Mundial y el propio concepto de ‘mundo occidental’ dejaran de tener sentido en un par de embates más.

En definitiva, se trataba de cuartear el chavismo, aflorar sus contradicciones e influir en el ejército dentro de la legalidad internacional. Si esa operación hubiera estado en marcha, Trump no habría necesitado tirar por la calle de en medio.

Ha sido la abdicación de las democracias, en este caso con Sánchez —cobarde o cómplice— a la cabeza, la que dejó el campo libre a Trump. La que le dio pie a hacer en una noche mucho más que todos los demás en un cuarto de siglo para someter y encadenar al chavismo.

Si Europa no aprende la lección respecto a Ucrania y Groenlandia, el sistema atlántico que ha unido a las democracias desde la Segunda Guerra Mundial y el propio concepto de ‘mundo occidental’ dejarán de tener sentido en un par de embates más.

Lo que tú no hagas dentro de las reglas, lo va a hacer Trump a su manera. Con su “moralidad” —tantas veces contrastada en lo público y en lo privado— como “único límite” ante el uso de la fuerza.

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El que sí se dio cuenta de la que se avecinaba fue el Pollo Carvajal y desde su celda de confinamiento provisional en Brooklin decidió convertirse en parte de la solución para aliviar su problema.

Primero se declaró culpable de varios delitos de narcoterrorismo, castigados con hasta 50 años de cárcel, y comenzó a colaborar con la Fiscalía y con la DEA para obtener una sentencia más benévola.

Su rotundo vuelco quedó constatado en una carta que dirigió al propio Trump el pasado 2 de diciembre en la que se mostraba dispuesto a “expiar” sus delitos, desvelando cuanto sabe de la “estructura narco criminal” instalada en la cúpula del Estado venezolano.

Según ha publicado ahora EL ESPAÑOL, esa colaboración ha incluido las pruebas que implican a Delcy y Jorge Rodríguez en el tráfico de drogas, oro y armas, los datos de sus cuentas en Suiza y los nombres de sus testaferros.

A partir de ahí, cualquiera puede entender el sentido de las amenazas de Trump y por qué, más allá de algún que otro brindis al sol, Delcy se plegará a hacer lo que le manden desde Washington.

Con estos antecedentes, la reacción de Sánchez a la captura de Maduro ha oscilado entre el oportunismo y la desesperación.

En un primer momento, cuando el sometimiento de Delcy y su hermano a los dictados de Washington aún no era patente, Sánchez equiparó la ilegitimidad de Maduro con la intervención de Trump, a quien acusó de “cambiar un gobierno para apropiarse de los recursos naturales”.

Su credibilidad habría sido muy distinta si hubiera podido añadir: “…mientras que nosotros hemos tratado de hacerlo para restablecer la democracia”..

Más allá del carácter autopromocional del gesto, Sánchez sabe por un lado que su propia suerte -y desde luego la de Zapatero- dependen de lo que el Pollo Carvajal y la propia Delcy les cuenten a los norteamericanos

Además, se convirtió en el único líder europeo en sumarse a una dura denuncia de la izquierda latinoamericana contra Washington. Naturalmente, como parte de esa cruzada mundial frente a la “ultraderecha” que le llevará a intentar permanecer trece años en la Moncloa.

Ahora, cuando las cartas han ido quedando sobe la mesa, Sánchez ha tratado de erigirse en mediador entre Delcy y Edmundo, llamándoles a ambos el viernes para promover “una transición dialogada… liderada por los propios venezolanos”.

Fingiendo ignorar el origen del nuevo statu quo que tanto le había alterado tres días antes.

Más allá del carácter autopromocional del gesto, Sánchez sabe por un lado que su propia suerte —y desde luego la de Zapatero— dependen de lo que el Pollo Carvajal y la propia Delcy les cuenten a los norteamericanos.

Y por el otro, que la opinión que de él tiene la oposición venezolana, después de tantos engaños y desaires, la acaba de expresar en El Independiente Omar González, portavoz del partido de Maria Corina: “Es como si Alí Baba fuera a ofrecerse de mediador entre los 40 ladrones y la justicia”.

Además, le llamó “zamuro”. O sea, buitre con gran sentido del olfato. Justo lo que le ha fallado ahora.