Anna Grau-El Español
  • Las feroces élites extractivas y supremacistas catalanas han hecho de la lengua catalana su látigo y convertido la lengua castellana en una espalda que azotar hasta que sangre.

Con franqueza, ahora que no nos oye nadie. Esto de que te llamen «constitucionalista» no sólo no es nada sexy, sino que suena hasta feo. ¿Por qué tengo que ser constitucionalista yo, cuando lo que realmente pasa es que los demás son unos frikis?

No todos los demás, se entiende. Ni siquiera todos los independentistas. Simplemente, aquellos que creen que es legítimo imponer su independentismo por las malas a nadie, y arrasar con la lengua del prójimo sin atender a leyes ni razones.

Yo no tengo nada en contra de ser «constitucionalista», excepto que me parece obvio y redundante. Es como si digo que soy terrícola o que tengo los ojos azules. Pues muy bien. Vivimos en una monarquía parlamentaria cuya Carta Magna es la Constitución, que además sucede que en Cataluña se aprobó con un apoyo popular particularmente abrumador, ¿correcto?

Entonces, ¿dónde está lo noticiable, lo reseñable de ser «constitucionalista»?

Ser «constitucionalista» es ser normal. Y lo anómalo, lo que nada contracorriente de la razón, es no serlo.

«La democracia catalana y española no será perfecta. Pero funcionaba y funciona mucho mejor cuando los ‘anticonstitucionalistas’ no meten sus sucias manos en ella»

¿Adónde quiero ir a parar? Se puede estar en contra de un modelo constitucional, pero estaría bien ofrecer una alternativa mejor a cambio. Ahí es donde falla clamorosamente todo esto del independentismo catalán, por no hablar de los partidos y los Gobiernos españoles que les jalean, les indultan, les ríen la gracia y les apoyan para «volverlo a hacer».

La democracia catalana y española no será perfecta. Pero funcionaba y funciona mucho mejor cuando los «anticonstitucionalistas» no meten sus sucias manos en ella.

Este domingo, 18 de septiembre, a las 12:30, Escuela de Todos, que aglutina a quince entidades civiles que luchan a favor de la libertad de lenguas en la escuela catalana, y que ha recogido las firmas de 1.600 familias para reclamar la ejecución de la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que exige ¡por lo menos! un 25% de español en las aulas para que el bilingüismo no sea una burla, nos llama a todos a participar en una manifestación pública y pacífica, pero contundente.

La cita es frente al Arco de Triunfo de Barcelona. Mucha gente que quiero y admiro irá. Ojalá vaya toda. Toda la que quiero y admiro y toda la que me queda por conocer, querer y admirar a lo largo de mi vida.

Los que iremos somos mayormente «constitucionalistas». Pero esto es una manera como cualquier otra de decir que tenemos alma, corazón y vida.

Es que si entras en el bucle indepe te puedes llegar a convencer de que sólo tienen sentimientos los «catalanes» (es decir, los independentistas que se apropian del topónimo como si fuese sólo suyo: lo mismito que hacen con el dinero público, las subvenciones, la publicidad institucional y las «embajadas») y que el resto somos robots jurídicos y políticos. Agentes de Matrix con pinganillo en la oreja, obsesionados con cumplir al pie de la letra lo que dicen fríos tribunales.

Ojalá.

Somos más bien aquellos que nos creímos lo de ser libres e iguales. Lo de un ciudadano, un voto. Lo de que esto es un país libre (o casi) en el que se hace un constante y sincero esfuerzo para que todos seamos iguales ante la ley. No porque sí ni por fastidiar a nadie. Sino porque es eso o la ley del más fuerte.

Es decir, la barbarie.

En Cataluña estamos a un paso de eso, por no decir que estamos metidos en ello de hoz y coz. En la barbarie institucional, digo. En que quienes deben hacer guardar las gallinas sean los que se las comen y nos arrojan huesos pelados a todos los demás.

«Si la experiencia prueba algo es que las lenguas son más resistentes de lo que parece. Aguantan franquismos e independentismos enteros»

En Cataluña, miles de familias, de docentes, de periodistas, de abogados, de escritores, de tenderos, de cocineros, de repartidores de pizza y etcétera llevan la intemerata sufriendo el acoso y derribo de unas feroces élites extractivas y supremacistas que hacen de la lengua catalana su látigo y que han convertido la lengua castellana en una espalda que azotar hasta que sangre.

Y se aferran a la excusa de que si el catalán lo habla menos gente, que si es una lengua minorizada, que si todo vale porque podría llegar a desaparecer. Que no lo hará. No desaparecerá. Pero si llegara a acercarse a ello, sería por su culpa.

Por su inconmensurable y rabiosa futilidad.

Si la experiencia prueba algo es que las lenguas son más resistentes de lo que parece. Aguantan franquismos e independentismos enteros. No así las personas que las hablan y las quieren aprender, que son las que sufren por cada abuso de poder, por cada crueldad, por cada niño humillado o espiado en el patio del colegio, por cada familia acosada.

Todos los que alguna vez se distinguieron en la defensa del catalán ante los excesos de la dictadura deberían salir en masa este domingo 18 de septiembre a defender el español en Cataluña exactamente por lo mismo.

Y porque no sólo es cuestión de hacer cumplir las leyes. Es cuestión, sobre todo, insisto, de cumplir y de hacer cumplir el alma. La de todos y cada uno.

*** Anna Grau es escritora, periodista y diputada de Ciudadanos en Cataluña.