Rosario Morejón Sabio-El Correo

  • EE UU e Israel lanzaron el ataque contra Irán con la amenaza inventada de la bomba nuclear. Ahora lidian con su inmenso arsenal balístico

La República islámica de Irán quería ‘la bomba’ para protegerse; su obstinada cruzada por el arma atómica podría significar su ruina. El proyecto nuclear de Teherán debía ser un seguro de vida; ahora puede provocar la caída de la teocracia militarizada que reina sobre el país desde hace 47 años. Todavía nada se ha logrado. El régimen es más sólido que lo imaginado en Washington. La siembra del caos en la orilla árabe del golfo Pérsico, sorprendiendo a las petromomarquías con una agresividad que cierra el estrecho de Ormuz hasta descompensar la economía mundial, es algo más que un ‘no a la guerra’.

El conflicto que arrasa Oriente Medio desde el 28 de febrero es una decisión conjunta de Estados Unidos e Israel. Sin autorización del Congreso, justificada con una mentira, la de «amenazas inminentes» hacia los intereses estadounidenses, esta guerra se transforma en una carrera de velocidad para Donald Trump. El presidente es consciente de la hostilidad de su opinión pública a cualquier riesgo de empantanamiento mediooriental. De vuelta al poder en 2025, prometió en su investidura que su éxito se mediría por «las guerras que Estados Unidos impediría y más aún por las guerras que Estados Unidos no empezaría».

Trump no ha resistido los cantos de sirena de Netanyahu. En su soberbia, es duro reconocer que el primer ministro hebreo le arrastra. No existía ningún peligro inminente. Hace menos de un año, la CIA, al establecer el listado de amenazas sobre EE UU y aliados, escribía que Irán de ninguna manera estaba en el umbral del ingenio nuclear. Ningún peligro cuando el estadounidense interrumpe las negociaciones con Teherán en Ginebra. La poderosa mano de Israel sí teme el eterno propósito iraní de borrar su Estado del mapa. Actúa en consecuencia. El 7 de octubre de 2023 es una herida sin cerrar para el Gobierno de Netanyahu; las doce incursiones de junio sobre los enclaves nucleares cesaron a su pesar por exigencias de un Trump temeroso de su electorado. El de ahora es el asalto definitivo para los hebreos, la oportunidad de rediseñar la región a su conveniencia.

El programa nuclear iraní es la clave de bóveda de la furibunda arremetida israelo-estadounidense. La república islámica siempre ha sido ambigua al respecto. Desde principios de los 70, Irán se unió al Tratado sobre no proliferación de armas nucleares (TNP), que le prohíbe acceder a ‘la bomba’ pero le abre las puertas del programa nuclear civil. Favorecedor de estatus y poder, lo atómico llegó a otorgárselos al régimen de los ayatolás ante sus vecinos árabes e Israel. El país dejaba entender que podía convertirse en una potencia llamada ‘del umbral’, capaz de montar en pocos meses su artefacto.

Nacido bajo el antiguo régimen de Reza Pahlavi, el programa atómico resurge durante el conflicto desencadenado por Irak de 1980 a 1988 contra la república islámica. Es la respuesta al empleo masivo de gases por Sadam Hussein. Irán adopta una estrategia tríptica: misiles, milicias para constituir en tierra árabe una primera línea de defensa y, tercero, el programa nuclear. La invasión de Irak por EE UU en 2003 confirmará a los iraníes en sus convicciones: si Sadam hubiese dispuesto de un arma nuclear, Washington no habría atacado. Proclamando fidelidad al TNP, la república islámica nunca ha abandonado el desarrollo de su bomba.

En esta guerra asimétrica, los ayatolás eligen el ‘tiempo largo’ para debilitar al enemigo. Los dos países agresores creían garantizada una victoria en el corto plazo. Para el régimen iraní, la apuesta es prolongar la guerra para quebrantar el turismo en Oriente Medio, romper los precios de la energía, el tráfico marítimo, confundir a los políticos europeos acerca de qué es atacar y defender… La nueva cúpula iraní usa el inmenso arsenal balístico del que Occidente sospechaba sobre Tel Aviv, Jordania, Irak, Emiratos, Catar, Arabia Saudí, y no duda en servirse de las milicias chiíes en los países claves de la región. Los milicianos de Hezbolá pasan a la ofensiva en Líbano, donde Israel consuma ya otro frente atroz.

En este contexto geopolítico, reaparece Ucrania. Los drones kamikazes ‘Shaheed’ que destrozan las capitales árabes son los mismos que atacan ciudades e infraestructuras ucranianas. A petición deWashington y países europeos, el presidente Zelenski brinda la maestría de sus drones a los aliados. Es el dominio adquirido durante cuatro años de guerra frente a los ingenios iraníes proporcionados a los rusos. Son drones interceptores de misiles con bajo coste. Estadounidenses e israelíes no consiguen contener las salvas de ‘Shaheed’ de Teherán. Los Estados del Golfo han empleado, sin demasiado éxito, misiles extremadamente costosos (de 3,5 a 5 millones de euros) contra unos artefactos iraníes que se resisten a ser neutralizados. Zelenski propone un intercambio de servicios. Quizá Trump comprenda quiénes son sus socios y a qué juega Rusia con el país que él ataca hoy.