Isaac Blasco-Vozpópuli

  • Durante años, España ha incorporado la peripecia venezolana como un asunto doméstico sobre el que se han vertido las obsesiones políticas propias

Una de las personas de mayor solvencia intelectual que conozco define la observación desde España sobre Venezuela como si la imagen del país caribeño nos llegara proyectada por esos espejos cóncavos y convexos en el Callejón del Gato de ‘Luces de Bohemia‘. Deformada. Durante veintiséis años de chavismo, la política española ha incorporado la peripecia venezolana como un asunto doméstico, ideologizado al máximo, sobre el que se han vertido las obsesiones  propias que inevitablemente enlazan con posturas distintivas de una sociedad cada vez más polarizada.

El sesgo grotesco de una realidad compleja ha orillado el análisis argumentado para primar el de trazo grueso, dirigido a dirimir querellas maniqueas en las que o bien el régimen de aquel país era puesto por unos como paradigma de ese populismo infumable hacia el que nos despeñábamos sin solución de continuidad o, en el otro extremo, se le referenciaba como un santuario de la izquierda idealizada de los pueblos.

En ese tipo de valoraciones, el chavismo ha sido reducido a una camarilla, pasando por alto que algo más de un cuarto de siglo es tiempo del todo suficiente para sistematizar un modelo que se asienta sobre una enorme madeja burocrática y un ejército plagado de generales, y que presenta sobre todo una estructura sólida, capaz de soportar los embates de la aceptación popular.

En el lado opuesto, desde ciertos criterios partidarios, la poliédrica oposición al régimen ha sido objeto de un proceso naíf de sublimación que ignora la heterogeneidad del antichavismo y lo dispar de los intereses de aquellas corrientes que lo conforman. La conmovedora diáspora venezolana asoma como el gran oprobio para la que ha sido una dictadura tan atroz como respaldada por una parte importante de la población. Y en ningún caso un frente de resistencia tan fracturado podía contribuir de forma efectiva a revertir una situación tan paradójica.

Ni Delcy Rodríguez acabará consolidándose en Miraflores ni José Luis Rodríguez Zapatero tomará parte en un proceso en el que el expresidente español no solo no cabe, sino que es considerado un bulto sospechoso en esa trama de intereses globales que explica más de cinco lustros de dictadura en Venezuela

Por encima de la ‘extracción’ de Maduro y señora, lo cierto es que los pilares del régimen han superado la prueba de resistencia con una reconfiguración interna ornamentada por la renovación exprés de la Asamblea Nacional. Con ella, se pretende difundir un mensaje de continuismo institucional superador de cualquier conmoción representada por la captura de un Maduro que, para bien o para mal, no asoma como una pieza esencial en la imbricada maquinaria  bolivariana.

Los resortes del chavismo, revestidos de apariencia democrática con su inclusión en la Constitución del país, prevén que si, como es el caso, la ausencia del presidente es forzada no sea preceptiva la convocatoria de elecciones en el plazo de los treinta días que la norma marca para otros supuestos. El control de los tiempos, por tanto, continúa en manos de los mismos.

Pero, aunque no lo parezca, EE.UU. tiene un plan para Venezuela: el suyo. Este consiste en ser el único hilo al que la ‘nomenklatura’ chavista podrá agarrarse para ejercer el poder, si bien de un modo muy diferente, el que pasa por la transformación impuesta en algo así como una revolución institucionalizada y, por tanto, manejable.

El desmontaje de la órbita de asistencia remota del chavismo, aquella que ha buscado la homologación democrática de una cúpula de sátrapas mediante una labor de persuasión amparada en el presunto prestigio político-legal de sus artífices, forma parte del objetivo inicial del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, alguien que conoce el paño y alberga además ambiciosos anhelos de futuro en la política de EE.UU.

Ni Delcy Rodríguez acabará consolidándose en Miraflores ni José Luis Rodríguez Zapatero tomará parte en un proceso en el que el expresidente español no solo no cabe, sino que es considerado un bulto sospechoso en esa trama de intereses globales que explica más de cinco lustros de dictadura en Venezuela.