- No se trata de arreglos sobre el papel, de superar el trámite; se trata de asegurar la adecuada calidad de los materiales, de atajar corrupciones, de remover irresponsables
La fatiga de los materiales institucionales es un hecho. Cerrar los ojos, o mirar hacia otro lado, no hace, sino precipitar las catástrofes. Al final nos encontramos un sistema inviable (impracticable, imposible). Las instituciones estaban diseñadas para circular sobre vías en buen estado. Sin ellas, solo son pesados artefactos inservibles. El sistema solo puede cumplir sus cometidos y durar indefinidamente sobre la base de una observancia permanente, de su puesta al día por órganos vigilantes a los que atienden con prioridad los decisores últimos. No es que deban hacer caso a los informes que advierten de deterioros aquí y allá, de los peligros subsiguientes; es que obligan a postergar todo lo demás, pues nada tendrá sentido ni función sin monitorización constante y reparación inmediata. No se trata de arreglos sobre el papel, de superar el trámite; se trata de asegurar la adecuada calidad de los materiales, de atajar corrupciones, de remover irresponsables. Sabiendo que a la primera microfractura volverán a acudir los especialistas encargados del funcionamiento estable del sistema.
Hasta aquí el deber ser. Ahora el ser. La fatiga de los materiales, premisa que solo puede desconocer o desatender una banda de corruptos, ignorantes y temerarios, ha hecho lo suyo. Ha precipitado las catástrofes, nos ha colocado ante la inviabilidad –por desidia, por insaciable expolio de lo público– de este modelo político. Se había diseñado el TC para ser el guardián de la Constitución, no el blanqueador de sus violaciones en manada. Se había diseñado una Justicia independiente. Confiábamos, al principio ciegamente, en la existencia de mecanismos de control suficiente entre instituciones. Las fracturas en algunas vías se descubrieron pronto, pero una gran parte de los responsables las desmintió. Luego, insistir en la denuncia pasó a estar muy mal visto. Cosas de aguafiestas y, en última instancia, de enemigos de la democracia.
Tengamos en cuenta que el diseño original del modelo tampoco era una maravilla. El Título VIII de la Constitución, por ejemplo, nos condenaba a largo plazo, pues el futuro de todos reposaba en la lealtad de agentes a la vez incentivados para la deslealtad. El diseño del poder territorial era defectuoso. Luego estaba la vis expansiva de los poderes subestatales y supra estatales. Contrarrestar las fuerzas que vacían el Estado por abajo y por arriba se considera ultraderechista. Un disparate, sí, pero fue eficaz durante la mayor parte de la historia de nuestra democracia. La pérdida, por abuso, de las connotaciones negativas del vocablo es reciente. La evolución política, como la de las especies, es «punteada»: cambios súbitos, breves y profundos alteran los habituales escenarios de estabilidad donde nada diferente surge. Las nuevas especies nacen de esas crisis repentinas. Sobre el arcano tejido de la realidad se han superpuesto demasiados abusos, arbitrariedades, autoritarismos y mentiras. De repente vemos la ruina del sistema. Está todo inservible y hay que repararlo a fondo, desde cero, con una enorme inversión de energía. Se acabaron las componendas, la comodidad de cubrir el expediente con demagogia, con amenazas, con palabras mordaza.