- Trump ha cifrado en 350.000 millones la deuda de guerra y está dispuesto a cobrársela, pese a que sea el fin de la viabilidad de Ucrania como estado..
Aunque el Instituto Kiel para la Economía Mundial cifra en 126.000 millones de dólares la ayuda que Ucrania habría recibido de Estados Unidos desde el principio de la guerra, la administración Trump sigue empeñada en triplicar la supuesta deuda. Y eso que es una cantidad algo tramposa, pues gran parte de esa ayuda se ha reinvertido a su vez en la compra de armas a empresas militares estadounidenses. En otras palabras, la administración Biden, de alguna manera, subsidió a sus propias empresas y, en consecuencia, a sus propietarios, trabajadores y accionistas, mediante partidas destinadas a Ucrania.
Eso no lo ha entendido nunca el movimiento MAGA o no lo ha querido entender. Forma parte de su manera de entender el mundo. El propio Donald Trump lleva desde los años 80 asegurando en distintas entrevistas que Estados Unidos está siendo atracado permanentemente por todos sus aliados, desde Francia hasta Japón. Por ello, quiere dar ejemplo con Ucrania. Quiere que le devuelvan cada dólar desembolsado, sin entrar en si ese dólar fue reinvertido en su país o no. De ahí, la última oferta por los minerales raros, que ha derivado en un intento de saqueo de las materias primas ucranianas.
El acuerdo por los minerales ha marcado buena parte de la relación entre la segunda administración Trump y el gobierno de Zelenski. Ucrania es rica en litio y titanio, claves en el desarrollo de nuevas tecnologías, y por lo tanto es un agente que puede ser determinante en la carrera por el desarrollo de la inteligencia artificial. La idea de que estos minerales fueran el método de pago de la deuda fue originalmente de Kiev, pero Trump no ha sabido en ningún momento hacer una oferta mínimamente aceptable.
Mandó a Scott Bessent en febrero, pero se fue con las manos vacías. El borrador del acuerdo fue calificado desde Europa como “peor que el ofrecido a Alemania tras la I Guerra Mundial” y Zelenski no lo firmó entonces, para enorme irritación de Trump, que dio un giro de 180 grados en su posición presuntamente neutral y se lanzó a una deriva prorrusa que no parece tener final.
Ucrania, capital Delaware
Pudo tenerla el 28 de febrero, cuando el propio presidente ucraniano encabezó una delegación de su país para firmar una versión más moderada del acuerdo en la Casa Blanca. Aquello acabó como acabó, con una monumental bronca entre Zelenski, Trump y JD Vance televisada a todo el mundo. La reacción fue instantánea: Trump paralizó toda la ayuda militar y humanitaria a Ucrania como aviso de lo que estaba por llegar. Después, cuando vio posible de nuevo el acuerdo, dio luz verde a la continuidad del apoyo estadounidense.
Lo que pasa es que, de nuevo, Estados Unidos ha perdido la oportunidad de presentar un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Trump no acaba de entender hasta dónde puede llegar y, si no acaba consiguiendo un acuerdo con Zelenski, tendrá que negociar otro con Putin, aceptando unas condiciones mucho menos propicias para su país. A su vez, otros compradores -China se viene a la cabeza, pero también la Unión Europea- llegarán para hacerse con los minerales ucranianos. Desde luego, lo que no va a hacer Kiev es aceptar la nueva oferta estadounidense, que es directamente insultante.
Según el borrador filtrado al Financial Times, EEUU exige que todas las ganancias de las materias primas ucranianas vayan a un fondo gestionado desde Delaware, paraíso fiscal. No sólo los minerales de las tierras raras, sino carreteras, vías férreas, gasoductos, transportes, puertos, refinerías, empresas de extracción de gas natural… Es decir, todo lo que tiene Ucrania pasaría a ser gestionado por Estados Unidos… y la cosa no acaba ahí.
Sin garantías de seguridad
Tres de los cinco miembros del consejo de administración de este fondo serían elegidos por Estados Unidos y tendrían derecho a veto. Asimismo, el acuerdo no podría revocarse sin la autorización de la Casa Blanca. Los primeros 100.000 millones de dólares irían íntegros a Estados Unidos, con un añadido del 4% en intereses. A partir de ahí, se repartirían los beneficios al 50%, con la idea de llegar a los 350.000 dólares que pide Trump como compensación, aunque sin limitarse a esa cifra. Para hacerse una idea, el PIB de Ucrania en 2024 estaba en 184.000 millones. Se le exige, por lo tanto, que devuelva el doble.
No acabaría ahí el control estadounidense sobre los recursos ucranianos. Trump también se reserva el derecho a veto de cualquier acuerdo con terceros países, incluyendo exportaciones de gas y de petróleo, lo que podría afectar dramáticamente a la Unión Europea. También exige tener acceso a las cuentas de todos los ministerios y agencias públicas ucranianas en cualquier momento dentro del horario laborable de las mismas. En definitiva, más que un acuerdo, parece un saqueo.
Por eso, Kiev no lo va a aceptar nunca… Por no ceder, Estados Unidos no cede ni en la petición de garantías de seguridad. Es verdad que están implícitas, porque si Rusia ataca una fábrica ucraniana, la mitad de esa fábrica sería estadounidense y obligaría a Estados Unidos a defenderla, pero la vida da muchas vueltas y esas cosas mejor dejarlas por escrito. El problema es que Zelenski no sabe cómo decirle que no a Trump sin que el multimillonario vuelva a coger una rabieta que ponga en peligro la seguridad nacional.
Lo ha hecho ya dos veces y lo podría hacer más. Su objetivo es someter a Ucrania en todos los aspectos: humillar a sus líderes, a sus ciudadanos y a sus empresarios. Con todo, en lo que Europa se prepara para presentar una alternativa realista, Kiev sigue necesitando a Estados Unidos. Sobre todo, las baterías Patriot de defensa antiaérea y los sistemas de inteligencia. Por eso, en vez de decir “no” directamente, prefieren dar largas y que así nadie se ofenda. Al fin y al cabo, ganar tiempo siempre es mejor que perderlo todo. O eso deben de pensar en Kiev viendo el panorama.