GABRIEL ALBIAC-EL DEBATE
  • Hay en este libro recogidos materiales que nunca creímos poder llegar a conocer. Baste con aludir, entre ellos, al primer documento constitutivo de lo que muchos años más tarde acabaría por llamarse GAL

Trocado en leyenda –dorada o sombría, nada cambia–, el casi medio siglo que cubre en España el régimen del general Franco sigue nublando el presente de una tierra que vive, en buena parte, aún bajo los entusiasmos y los odios que deja en herencia todo caudillismo. No pienso que sea aún el momento de historiar fríamente esos treinta y nueve años de pleno poder personal, de los cuales ha salido la España presente. Con sus modernidades, tan aparentemente extremas. Con sus anacronismos, tan silenciados.

En mi restringidísima disciplina académica, la historia de la filosofía, traté de hacer entender, en su momento, a mis alumnos que no se historia a menos de tres siglos de distancia. Porque, aun en la lejanía de esos trescientos años, resuenan los afectos que contaminan la comprensión. Y el historiador debe ser sentimentalmente indiferente a aquello que analiza; tanto cuando deba serlo el cirujano a la masa cancerosa que debe extirpar sin que temblor o querencia lo alteren. Tal es la grandeza –y, no nos engañemos, la miseria– del historiador. Y quien no se sepa capaz de soportar ambas –la miseria exactamente igual que la grandeza–, es mucho más razonable, y mucho más digno, que se dedique a otra cosa.
¿Exigiría ello de nosotros un completo silencio acerca de todo cuanto atravesó esos tres siglos que nos precedieron? Naturalmente que no. Exige, eso sí, que sepamos qué es lo que elaboramos. Y que tengamos claro que ese algo no es historia. Todavía. Es acopio de datos y narraciones que atesoren lo sucedido, para que, en la medida de lo posible, el tiempo –ese asesino– no los borre. En suma, esos tres siglos los ocuparía la paciente acumulación de archivos, relatos, crónicas, sin los cuales el historiador, ya exento de afectos positivos o negativos hacia el objeto que reposa en la mesa de disección que debe de ser su escritorio, no podría recomponer una nebulosa de determinaciones que en el tiempo presente nos aparece siempre camuflada bajo la tan engañosa sencillez de un dato.
La tarea es, en el caso de esos treinta y nueve años de poder personal que van de 1936 a 1975, particularmente apremiante. A diferencia de lo que ha sucedido en el resto de Europa, los archivos españoles del siglo XX están cruelmente desguazados. Sé, por experiencia personal y familiar, hasta qué punto su contenido fue diezmado en los años de la transición, mediante acuerdo que compartieron todos: la destrucción de cuantos papeles pudieran ser comprometidos para los protagonistas principales de ese tránsito. A uno como a otro lado. Óscar Alzaga contó, en su día, el abracadabrante pacto entre Santiago Carrillo y Martín Villa para que fuera incinerado todo cuanto en los archivos de la DGS pudiera cuestionar la inmaculada pulcritud de alguno de ellos.
Pero la propia diversidad de los archivos tuvo también efectos saludables. La centralización archivera, bien regulada, puede favorecer la rápida reducción a ceniza de lo incómodo. La dispersión deja un margen a lo imprevisto, en el cual pueden –podrán– los investigadores bucear datos de los cuales ningún archivo oficial permitió conservar huella. Y ese será un material precioso, a la hora de ir llenando las grietas narrativas de unos años que son, para nosotros, aún demasiado nuestros como para que nada que digamos pueda tener más peso que el de nuestros privados dolores o alegrías.
Es el caso de un libro asombroso, que acaba de poner en distribución la editorial «La Esfera». Lleva el enigmático título de «La segunda guerra civil de Franco». Su autor, el general Rafael Dávila, ha tenido la inmensa fortuna de ser propietario del esencial archivo familiar acumulado por tres generaciones de altos mandos del Ejército. Y la serena inteligencia de ir dando a la luz esos papeles, interfiriendo en su literalidad lo menos posible; dándonos una serie de instantáneas de lo que fueron los años–Franco, en sus instancias menos públicas, más de juego de cruzados poderes en las sombras.
Lo que resulta es un libro que hace saltar nuestra visión «legendaria» de un franquismo homogéneo. Y, desde el título, marcar aquellos que a sí mismos se llamaron «años de paz» con el sello, siempre oculto, de los vectores de lucha por el poder que no cesaron en el entorno del general entre 1939 y 1978.
Hay en este libro recogidos materiales que nunca creímos poder llegar a conocer. Baste con aludir, entre ellos, al primer documento constitutivo de lo que muchos años más tarde acabaría por llamarse GAL. Y, por supuesto, todos los laberintos conspirativos que, desde la primigenia Falange hasta buena parte de los antiguos camaradas de milicia de Franco, trataron de moverle la silla y fracasaron. La red enmarañada de los juegos internacionales que siguieron a la segunda guerra mundial…
Dávila cierra, muy adecuadamente su libro con un homenaje spinoziano, que da cuenta de su envite. «Quisiera terminar este libro con el recuerdo a Baruch de Spinoza, y vivir como él: ‘He cuidado atentamente de no burlarme de las acciones humanas, no deplorarlas, no detestarlas, sino entenderlas’ ». Y sí, acierta el autor al señalar el punto ciego al cual han de enfrentarse los analistas de ese largo período de nuestra historia reciente: en 1939, «se apagó el ruido de los cañones y, con ello, aparentemente la guerra había terminado». Era mentira. «Porque ésta es una feroz nación a la que le gusta vivir con armas, como Tito Livio nos acusó».