- Entre Meloni y las melonadas de Sánchez, la casa sin barrer, Ceuta sin defender y todos en España cegados por el eclipse. Ponga un eclipse en su vida para eclipsar lo que importa
«El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás». Pues nada, esa popular canción infantil es el compendio más exacto de lo que es hoy la Unión Europea. Veintisiete países que se conjuraron en 1958 –con la creación de la Comunidad Económica, entonces más reducida– para coordinarse y mejorar la vida de sus ciudadanos y hoy dos de las grandes potencias de ese club de naciones están inmersas en una guerra de adolescentes –bueno, si fuera de adolescentes sería más madura–, donde solo les queda decir: «Señorita, señorita, que Giorgia me ha puesto policías en la frontera» o, a sensu contrario: «Señorita, señorita, que Pedro está castigando a mis ciudadanos por lo que ha hecho él mal en Ceuta». El caso es que España e Italia, ésta con la ayuda de la socialdemócrata danesa, extremo importante que tiene su propia música, se pelean para ver quién es más populista de los dos. No hay canales diplomáticos para entenderse, ni embajadores que medien, ni sentido de Estado para evitar dar una munición inmejorable a los europeos que ya no saben dónde meterse con la UE que les ha quedado, en manos de ventajistas que solo miran sus intereses electorales, que ofrecen las mejores balas a los malos que nos rodean: ¿Qué estará pensando Putin, o Xi Jinping, o Mohamed VI, sobre esta guardería en que se ha convertido la Unión? Yo sé lo que pensará Trump: os lo dije, los europeos están para descambiarlos. Y tendrá razón.
Más allá de Ceuta y de la intolerable invasión marroquí, más allá de la desastrosa, si no dolosa, gestión del gobierno antes, durante y después de la violación de nuestra frontera, más allá de los enfrentamientos diplomáticos con Italia y de la carta de los 22 países de la UE destapando la irresponsabilidad de España en política migratoria, más allá de la instrumentalización de la izquierda de las tensiones entre PP y Vox por los menores no acompañados que tenemos que atender en España, algún día tendremos que ir al fondo de la cuestión. Cuando entramos en el euro en 1998, España tenía solo un 1,5 por ciento de su población de procedencia extranjera; diez años después, ese número llegó al 11,3 por ciento. Hoy nuestro país roza ya los cincuenta millones de habitantes y más del 20 por ciento han nacido fuera de nuestro territorio. Colombianos, venezolanos y –atención– marroquíes son las principales nacionalidades de los nuevos inmigrantes que copan la mayor parte de los empleos que se crean. Porque tenemos 2,3 millones de parados y, sin embargo, falta mano de obra que solo ocupan los nacidos fuera de estas fronteras tan mal vigiladas. Igual, cuando unos vuelvan de La Mareta, otros dejen de tuitear e insultar a diestro y siniestro –sobre todo a diestro–, cuando nuestro canciller deje de retar a un país aliado como Italia y de pasarle la mano por el lomo a la satrapía alauita, alguien podría sentarse en el rincón de pensar sobre esto qué nos pasa y qué va a más.
Gestionar lo llamábamos no hace tanto. Este es debate de calado, vital para el futuro de los Veintisiete. Europa lleva años intentando aclararse y establecer un modelo en la política migratoria. En julio se aprobó un pacto sobre inmigración y asilo que endurece el control fronterizo, flexibiliza las deportaciones y se impone un sistema de solidaridad entre Estados, además de establecer la posibilidad de externalizar el servicio. Palos de ciego que ni siquiera se han implementado. Como siempre, el lío de Europa se resume en un bloqueo político que se traduce en no hacer nada y cada Estado a su bola, mirando a su calendario electoral y no a sus ciudadanos.
Lo primero que hay que hacer es normalizar la situación en Ceuta, que está muy lejos de conseguirse, a pesar del goteo de ministros para hacerse una foto. Miles de personas siguen durmiendo en las calles, en las playas y en los polígonos, fundamentalmente menores. No hay recursos para atenderlos. Los ceutíes siguen quejándose porque los servicios públicos –la sanidad de la ausente Mónica García, especialmente– están colapsados y sufren la inseguridad que la situación genera. Ellos no tienen que ser los que actúen ante la inacción del Gobierno, que no ha asumido el mando único, a pesar de que el presidente caballa, Juan Vivas, se lo ha pedido. Bastante tiene con hacer la rosca a Mohamed VI. No sé cómo van a devolver a los menores –como promete ahora el ministro Albares– si ni siquiera el Gobierno sabe cuántos deambulan por las calles.
Entre Meloni y las melonadas de Sánchez, la casa sin barrer, Ceuta sin defender y todos en España cegados por el eclipse. Ponga un eclipse en su vida para eclipsar lo que importa.