Rebeca Argudo-ABC
- La Factoría de Ideas Geniales de Moncloa no midió bien las fuerzas
A Pedro Sánchez le preocupaba mucho cómo pasará a la historia. Lo contaba Máximo Huerta, el efímero primer ministro de Cultura de la Era Sánchez y del que todos nos acordamos cada vez que debería haber dimisiones, por motivos mucho más justificados que la suya, y no las hay. Seguro que en sus apuestas (las de Sánchez, no las de Huerta) sobre cómo sería recordado en el futuro no entraba el mundialmente célebre ‘Dirty Sánchez’ de los últimos días. Y es que parece que en la Factoría de Ideas Geniales de Moncloa, esa especie de fábrica de Willy Wonka desde la que, fantaseo, a cada amenazante crisis se lanza una ocurrencia que distraiga al respetable (con la inestimable ayuda del habitual orfeón sincrónico de entusiastas Oompa Loompas mediáticos), no se midieron bien las fuerzas en esta ocasión. Venían creciditos por las cosas chulísimas de las cartas a la ciudadanía, el reconocimiento del Estado de Palestina, el anuncio periódico de cientos de miles de viviendas, el rechazó a la exigencia de la OTAN de elevar el gasto militar al 5 por ciento del PIB, la regularización de 500.000 inmigrantes. Y, claro, después de todo eso ya solo cabía algo epiquísimo. Algo que apuntalase al ‘puto amo’ como el gran salvador de las democracias occidentales, al héroe capaz de enfrentarse a cualquiera, sin miedo y con arrojo, por muy poderoso que sea. Una suerte de David contra Goliat posmoderno, una epopeya que pueda transmitirse de padres a hijos y a nietos. Y qué mejor que enfrentarse a los tecnoligarcas, que suena muy a antagonista ideal para un héroe arquetípico, que es como se autopercibe Sánchez, líder indiscutible de la resistencia internacional (qué digo internacional: interestelar) frente a la malvada ultraderecha. Y para defender a las democracias ante ese «salvaje Oeste digital» de las redes, ese «universo tóxico e impune», y reivindicar la necesidad de combatirlas «con toda la fuerza del Estado», lo mejor que se les ocurrió en Ideas Chachis S.L., lo más coherente, fue proclamarlo desde Dubái, donde impera una sana y ejemplar democracia sin elecciones, ni partidos políticos, donde las libertades individuales están fuertemente restringidas y gobierna una monarquía absoluta federal. Pintiparado. Pero aquí vino la sorpresa, el fleco inesperado (o mal calculado). Y es que por eso tan caprichoso que es el azar, un par de tecnoligarcas, como si Polifemo hubiese abierto el ojo a tiempo, estuvieron al quite y respondieron al héroe. Incluso Elon Musk, dueño de Twitter, le bautizaba con ese apodo, que no es solo ‘Sánchez el Sucio’ sino que, en inglés, tiene una connotación sexual especialmente ofensiva. En menos de 24 horas, multitud de cuentas en redes sociales, algunas con cientos de miles de seguidores, se hacían eco de la polémica y, de paso, de las causas judiciales que acechan a su círculo más próximo y los escándalos de corrupción que enfrenta su Gobierno, poniendo el foco internacional sobre aspectos que, quizá, no son los que más gustaría en Moncloa que se conociesen. Y así, más o menos, es como se pasa de Mr. Handsome a Dirty Sánchez sin apenas darse uno cuenta.