José María Ruiz Soroa-El Correo
- Ha sido un calvario para Noelia Castillo, pero al final ha conseguido que se respete su capacidad plena para decidir sobre su propia vida
Ha sido un calvario para ella. Pero al final lo ha conseguido. No ha triunfado la Vida, ni la Medicina, ni la Religión, ni la compasión de muchos. Ha muerto. Y ha conseguido que se respete su autonomía como ser humano individual, es decir, su capacidad plena para decidir su propio plan de vida. O de no vida. Su libertad.
En la fase final de su calvario ha (hemos) tenido que escuchar esa interminable serie de argumentos y pseudoargumentos con que desde muchos púlpitos se pretende hoy, todavía hoy, poner en cuestión el valor supremo de esa cosa tan frágil que se llama libertad. La que de una forma clarividente definió John Stuart Mill como el principio de que nadie, ni la sociedad, ni el Estado, pueden coartar el derecho de una persona a hacer o no hacer algo alegando que es por su bien, que la protegen de sus malas decisiones, que se equivoca, que si conociera de verdad todas las opciones a su alcance no actuaría así. El único límite a la libertad de uno es el causar daño a los otros, el causárselo a sí mismo no lo es, dijo el escocés. Pensar lo contrario es puro paternalismo disfrazado.
Los púlpitos son poderosos, llevan siglos tronando: no sea usted ultraliberal, nos dicen, la libertad personal no es un valor por sí mismo si la abstraemos del contenido decidido, el decidir por decidir no es valor positivo, lo que vale es tomar decisiones correctas, decisiones buenas, decisiones que precisamente nos aporten el plan de vida más valioso para nosotros. La escolástica escolar tenía un motete para los ultraliberales: confunden la libertad con el libertinaje, decían. ¿Les suena a los viejos?
Los púlpitos discrepaban en cuanto a la fuente de la verdadera libertad, la libertad real, la libertad de acertar. Rousseau la ponía en la ‘volonté générale’, la Iglesia… en Dios, los racionalistas… en la verdadera naturaleza de las cosas, los románticos… en la historia; y así. En todo caso, el filtro para saber si aquello era libertad real de la buena, o bien desvío solipsista del individuo, estaba en otro lugar, no en la mente del que decidía sino en la de otro/ otros/muchos/ naturaleza/ convención/ liberación… A los humanos se les podía obligar a ser libres, dijo el ginebrino.
Con los años se incorporó al pulpiterio un nuevo argumento, que rizaba el rizo de lo alambicado. La autonomía del ser humano es lo primero, concedía, pero siempre que las decisiones que tome vayan en la dirección de proporcionarle más autonomía personal. Si lo que decide es objetivamente contrario a su futura autonomía como ser humano libre, se le puede (debe) impedir su acción o inacción. Si la buena mujer se sepulta conscientemente en un burka que la separa de sus semejantes, está decidiendo libremente, sí, pero en contra de su libertad. Si Noelia Castillo decide libremente terminar con su vida está destruyendo cualquier posibilidad futura de ser persona autónoma en otro futuro diverso. Tal cosa no es razonable. Vale más esa posibilidad por remota que sea que su autonomía actual.
Lo que pasa que la clave no está en la racionalidad de la acción, está en el respeto a ella. Respeto a la autonomía que es el núcleo de la dignidad del ser humano. Respeto a las malas decisiones, a las equivocadas, a los errores. Dicho a lo burro, para que se entienda, tal como lo dijo Bentham: «si la libertad no es para hacer el mal, ¿para qué es?».
Pero la caballería vuelve al contraataque rauda: bueno, verá, a los menores de edad les impedimos tomar sus propias decisiones, porque al ser menores no tienen todavía capacidad para distinguir su propio bien. Pues bien, cuando una persona toma una decisión que perjudica patentemente a sus propios intereses podemos decir que es algo así como un menor de edad. Es un ‘incompetente relativo’ en lo que se refiere a su plan de vida, pues no es capaz de ver lo que para todos los demás es obvio. ¡Eureka! Les podemos obligar a abstenerse no por que no nos guste la decisión (como sucede en el fondo), sino porque no son competentes para tomarla. Niños y dementes… ‘no choice’. Personas que optan por morir … incompetentes para decidirlo.
Por este flanco llega de refresco esa potente caballería que es la Medicina. Con mayúscula. Sobre todo, la psiquiátrica. Veamos, cuidado, la persona que quiere morir está enferma, tiene depresión seguramente, o un trastorno compulsivo, o algo que pertenece a mi ‘ciencia’. En realidad, no quiere morir, quiere dejar de sufrir, luego quiere vivir, aunque no lo sepa. No es la persona la que decide, es la enfermedad que habla por ella. De nuevo la conclusión soñada y a escondidas deseada: no es libre porque no es capaz, luego podríamos saltarnos sus deseos expresados, porque, además, como buen argumento circular, cuanto más clame por su libertad de morir más demuestra que está enferma e incapacitada.
Así se lo hicieron durante 601 días a Noelia Castillo. Bienaventurada al final.