Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • Cuando un periódico nos dice un disparate como el que la líder de un partido está en contra de todos los de su misma condición ¿cómo creerte nada de lo que dice ese medio

No me cansaré de decir que me niego a llamar ultraderecha a partidos como Vox, Hermanos de Italia, Agrupación Nacional o Alternativa para Alemania mientras no se llame ultraizquierda a Sumar, Francia Insumisa o Die Linke por poner algunos ejemplos. Es un hecho que Europa se ha polarizado y en este momento son muchos los países en que los partidos populistas de la derecha tienen muchas posibilidades de gobernar. Es el caso de Francia, donde Le Pen es cada vez más probable que se convierta en la próxima presidente de la República. Y es el caso en el Reino Unido dónde Nigel Farage marcha imparable hacia el 10 de Downing Street.

No parece que la ultraizquierda vaya por el mismo camino de éxito electoral, pero es evidente que su auge contribuye a empujar una alternativa igual de radical, pero con un programa muy diferente. Hace unos días me preguntaban cómo es posible que Colombia haya pasado de un presidente de extrema izquierda a uno de extrema derecha. Y yo creo que el caso colombiano es un perfecto ejemplo de cómo la respuesta a un populismo casi nunca llega desde la moderación, sino que el electorado acaba buscándola en los extremismos opuestos.

En España esa polarización tiene un matiz importante. Vemos como Sánchez se ha polarizado asumiendo casi todas las ideas de la extrema izquierda a la que ha dejado sin terreno de juego. Frente a eso hay un constante crecimiento de Vox, que es el partido antitético de la extrema izquierda. Pero aquí todos los sondeos de opinión (salvo el CIS-Tezanos) coinciden en que el partido con mayor intención de voto es el Partido Popular. Al que desde Vox se acusa de ser como el PSOE y desde el PSOE se acusa de ser igual que Vox.

Como es lógico, se puede y debe criticar lo que promueven los partidos cuando no se está de acuerdo con ello. Pero conviene no traspasar la línea del ridículo. El pasado lunes leí en El País una crónica de su corresponsal en Berlín, Cristian Segura, titulada Alemania afronta dividida las propuestas para ilegalizar AfD y en un extenso texto se habla de la posición de diversos juristas sobre esa posible ilegalización de un partido que ya es favorito para ganar en septiembre las elecciones en Alta Sajonia, donde puede lograr mayoría absoluta y ese mismo mes puede vencer en los comicios de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. El SPD que está en el Gobierno federal en coalición con CDU y CSU, promueve la ilegalización de la AfD. Como ya se demostró en Austria donde un cuarto de siglo de gobiernos de gran coalición entre socialistas y populares, acabó con un gran auge de la derecha populista del Partido de la Libertad que pasaría a gobernar con los populares austriacos.

Lo que me pasma es el intento de descalificar a esos partidos populistas con mentiras flagrantes. En la citada crónica de El País se decía que la ONG Sociedad para los Derechos de Libertad recogió 2.500 pruebas de que la AfD «es un partido que trabaja premeditadamente para acabar con el orden democrático liberal» y según la crónica «AfD ha explicitado en múltiples mensajes que, de llegar al poder, perseguirá a opositores políticos, a la población musulmana, a alemanes con raíces extranjeras y al colectivo LGTBIQ+».

Si esto fuera cierto, la derecha populista de AfD sería la más rara del mundo. Porque su líder, Alice Weidel, es abiertamente lesbiana, tiene una relación estable con Sarah Bossard, una mujer nacida en Sri Lanka y con la que está criando los dos hijos de ésta. A esto le llamo yo demonizar a la derecha populista. Cuando un periódico nos dice un disparate como el que la líder de un partido está en contra de todos los de su misma condición ¿cómo creerte nada de lo que dice ese medio?