Ignacio Camacho-ABC
- Lo que habría hecho un gobernante digno es convocar hoy mismo en Ceuta un Consejo de Ministros y llamar al Rey para presidirlo
No, no es su derecho. Ante una violación de la integridad nacional –una de las pocas verdades que ha dicho y de la que parece arrepentido– un jefe de Gobierno no tiene derecho a irse de vacaciones. Su sitio, al menos durante los días más críticos, es el puesto de mando, que en agosto estaba en Ceuta, no en Lanzarote. Lo que hubiera hecho un dirigente digno, y todavía está a tiempo, es convocar en la ciudad invadida un Consejo de Ministros presidido por Felipe VI para enviar un mensaje de firmeza a Marruecos. El Rey sí tiene derecho y voluntad de ir, pero no puede hacerlo por su cuenta porque está sujeto al imperativo constitucional del refrendo, y sugerir que no va porque no quiere es otra mentira más de este colosal embustero para camuflar su bochornosa decisión de quitarse de en medio.
La realidad es que Sánchez se ha especializado en largarse por patas de los escenarios conflictivos. Ya es casi un rasgo de estilo. La fuga de Paiporta se convirtió en un símbolo de su verdadero talante político. A las víctimas de Adamuz las dejó plantadas en el funeral por miedo a ser mal recibido, y a las del covid les organizó un homenaje tardío con rigurosa selección de asistentes para evitar reproches intempestivos. En Ceuta se dignó personarse durante ochenta minutos en una escala del viaje hacia su lugar de retiro –podía haber dejado los motores del Falcon encendidos– y cuidando de que no pudieran aproximársele los vecinos. Ése es su grado de empatía. El de la frase «son las cinco y no he comido».
Ahora vuelve moreno y se supone que descansado para anunciar que todo está bajo control y exonerar a Marruecos, «el socio necesario», de cualquier tipo de responsabilidad en el asalto. La entrevista en la Ser fue un resumen del guion que va a desarrollar en el próximo debate parlamentario: que la invasión la promovió la internacional reaccionaria, que los servicios de inteligencia no estaban al tanto, que los socios europeos no han sido solidarios, que la normalidad se está recuperando y que la devolución de los ocupantes –enredados a esa misma hora a palos con la Policía– se agilizará «al máximo». Además de sacar a relucir el ático de Ayuso, faltaría más, y defender de paso la inocencia de su esposa y de su hermano.
Para la Moncloa, a la crisis le queda una semana. Ayer era un día de mucho ruido porque los programas de radio y televisión estrenaban temporada; mañana habrá manifestaciones de alta repercusión mediática y el jueves la oposición intentará pintarle al presidente la cara, pero si no ocurre nada más grave la actualidad irá pasando página y la población caballa tendrán que aviárselas sola para adaptar su vida cotidiana a las circunstancias de una perturbación enquistada. Ése es el plan, dejar que el tiempo apague el eco de este verano de incuria y en el peor de los casos aferrarse al relato de la tragedia humanitaria. Y puede dar resultado si el resto de España afloja los lazos de amparo moral que han estrechado la distancia con los conciudadanos del norte de África.