Rebeca Argudo-ABC
- Tras la flotilla aquella que, hizo tierra tarde, con mareos y sin ayuda humanitaria, para salvar a los palestinos, urgía ahora el ‘remake’ rumbo a Cuba
Aquello de «todo por el pueblo pero sin el pueblo» se ha convertido, versión posmoderna y tropical, en el nuevo mantra de la habitual cáfila de activistas profesionales. Por eso ahora, tras más de 60 años de dictadura, organizan una excursión desde sus respectivas democracias para, todos juntos, explicar a los cubanos, a ritmo de guantanamera, lo bueno que es el socialismo. Van a defender al pueblo cubano del propio pueblo cubano, que no acaba de entender que, si le oprimen, es por su propio bien. Y entonces no es opresión: es libertad. La libertad de no ser libre por motivos excelsos. ¿Acaso no es mejor apagón con los Castro que luz del Imperio? ¿No es mejor hambre socialista que abundancia ultraderechista? ¿No es el comunismo un regalo de Dios? Por eso ahora han inventado el turismo moral: billete de ida y vuelta (sobre todo, de vuelta) para conocer de primera mano, en hotel cinco estrellas y todo incluido, el paraíso del socialismo que resiste. «Pa lo que sea, Fidel, pa lo que sea». Por eso, tras la flotilla aquella que, entre parada y parada en todos los puertos con ‘chill outs’, ‘sky lounges’ y ‘sunsent sessions’, hizo tierra tarde, con mareos y sin ayuda humanitaria, para salvar a los palestinos, urgía ahora el ‘remake’ rumbo a Cuba. Y así, como si fuera sicodélica hibridación entre vieja canción de Sabina e índice ilustrado de la Agenda 2030, desfilaban por La Habana ‘influencers’ concienciados disfrazados del Che, eurodiputadas pijas con pasado ecologista, exvicepresidentes cuartos (o quintos) devenidos en taberneros, nepobabies hiperconcienciados, sindicalistas racializados que odian a los tecnooligarcas, raperos irlandeses, tardoadolescentes con pancarta, propagandistas putinescos con remeritas rosadas, caraduras, obsesos, gualtrapas, lameculos (estaban todos menos tú). Como si no tuvieran ya bastante los cubanos con lo suyo, tenían además que aguantar que, desde sus autocares de lujo y sus iPhone último modelo, les hicieran fotos que enseñar a su vuelta. «Mira qué felices se les ve», «no necesitan tanto como nosotros para disfrutar de la vida», «yo es que si pudiera me iba mañana mismo, pero no puedo, que si pudiera». Les recibieron con boato las autoridades pertinentes (las buenas, no las otras), les organizaron un concierto (mientras la población disfrutaba de sus habituales apagones), les pasearon arriba y abajo. Solo les faltaba una pulserita de todo incluido, flores al cuello y que Silvio Rodríguez disparase con su nuevo fusil una salva al aire para recibir el nuevo advenimiento de la ideología correcta y los buenos deseos. Esos que no dan de comer ni alumbran la noche, pero quedan pintones en la biografía de aquellos a los que no les pasa factura sostener ideas lujosas que, en su nombre, pagan otros lejos de su vista. El despotismo desilustrado, señores.